Una oración que se vive con el corazón

A veces sientes que rezas sin fuerza como si las palabras no tocaran a Dios. Tal vez repites fórmulas, pero el alma se te queda quieta. También te pasa a ti. También les pasó a los discípulos. Veían a Jesús orar con una paz y una intimidad que les conmovía. Y un día uno de ellos se atrevió a decir lo que quizá tú también quisieras decirle a Jesús, “Señor, enséñame a orar”.

Y Jesús no te da un sermón, te respondió con una oración, pero no con cualquiera, te entregó la más perfecta, la más completa, la que lo resume todo, el Padre nuestro. No para que solo la recites de memoria, sino para que la vivas con el corazón. Es mucho más que una oración, es un camino para volver a Dios, para reencontrarte contigo mismo, para restaurar tus relaciones rotas.

Jesús te enseña a llamar a Dios Padre y eso lo cambia todo. Dios no es un poder lejano ni un vigilante severo, es tu Padre y aún más nuestro Padre porque nadie va al cielo solo. Rezar el Padre nuestro es reconocer que tienes hermanos, que no eres el hijo único, que no puedes amar a Dios si desprecias al prójimo.

Después le pides que su nombre sea santificado, ¿Qué significa esto? Ponerlo en el centro, que no vivas con Dios en los márgenes de tu vida, sino en el corazón de cada decisión, de cada día  y le pides que venga su reino, no el reino de tus planes, de tu poder, de tu egoísmo, sino el reino de la paz, del perdón, de la justicia.

¿Cuántas veces te esfuerzas por levantar tu propio reino y no el de Dios? Luego dices, danos hoy nuestro pan de cada día, no pides para todo el mes, solo para hoy porque confiar en Dios es vivir con la serenidad del que sabe que no está solo. ¿Agradeces a Dios tu trabajo, tu alimento, tu casa o solo te quejas por lo que te falta?

Después viene lo más difícil y más liberador: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Jesús pone el perdón de Dios en tus manos, ¿has pensado en eso? No se trata solo de decirlo, sino de vivirlo. ¿A quién necesitas perdonar para volver a respirar con el alma libre? El resentimiento no solo rompe relaciones, envenena tu corazón.

Y finalmente, le pides ser liberado del mal porque sabes que hay fuerzas que te arrastran, tentaciones que superan tu voluntad. No puedes solo, Jesús lo sabe, y por eso te invita a pedir ayuda. La gracia de Dios es real y actúa en ti cuando te abres con humildad.

Querido hermano, esta semana no reces el Padre nuestro con prisa, detente, una frase por día, vívela. Te propongo esta tarea espiritual para los próximos días. El lunes, repite Padre nuestro, ¿cómo está tu relación con Él? El martes, venga tu reino, ¿en qué parte de tu vida aún Dios no reina? El miércoles, danos hoy nuestro pan, ¿agradeces lo que tienes, lo que Dios te da? El jueves, perdona nuestras ofensas, ¿a quién debes llamar o abrazar? El viernes, líbranos del mal, ¿de qué necesitas ser liberado? ¿qué tentación te acecha? El sábado, hágase tu voluntad, ¿qué planes necesitas soltar? ¿en qué necesitas confiar en Dios para que se haga su voluntad? Y el domingo, vuelve a empezar, pero no sólo con los labios, sino con todo tu corazón porque el Padre nuestro no es una oración que se dice, es una vida que se vive.

¡Feliz domingo, Dios te bendiga!

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