¿Alguna vez has sentido que Jesús te exige demasiado, que te pide un amor que parece incluso exagerado? Tal vez lo has pensado al escuchar frases como “si alguno viene a mí y no me prefiere a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, no puede ser mi discípulo”. Y uno se pregunta, ¿no es eso injusto? ¿no es egoísta? Pero Jesús no habla desde el ego, ni desde el capricho. No se dirige a las multitudes para ganar popularidad, sino para revelar el camino real del discipulado.
Jesús nos pone una condición clara, no se puede de verdad amar a nadie si antes no se le ama a él por encima de todo. No porque quiera robarnos el corazón, apropiarse de él, sino porque sólo desde el amor a él, que es perfecto, puro y total, aprendemos a amar bien a los demás. El que ama a Jesús sobre todas las cosas, es el único capaz de cargar su cruz y seguirlo de verdad.
La exigencia de Jesús es total porque él te amó primero, porque dio su vida en la cruz por ti. Su amor a tu persona no ha sido marginal, sino pleno. Y sólo quien ha amado de manera absoluta tiene el derecho a pedir un amor pleno.
Como puedes ver, su exigencia no es injusta, sino proporcionada. Pero aún así, nunca, ni de lejos, se puede comparar tu amor con el de Jesús. Tú sabes lo difícil que puede ser amar cuando estás herido, cuando tienes miedo de perder, cuando te aferras a personas o cosas buscando seguridad. ¿Cómo amar al cónyuge cuando hay resentimientos. Cómo perdonar a un hijo que se ha alejado o te ha ofendido. Cómo ser fiel cuando hay tantas tentaciones?
Jesús no te pide amar menos a los tuyos. Al contrario, te enseña a amar bien, con libertad, sin egoísmos. Sólo si lo amas primero a él, puedes amar a tu familia sin hacerla ídolo ni prisión.
Su amor te libera para amar con madurez y autenticidad. Por eso, hoy te pregunto, ¿a quién o qué amas más que Jesús? ¿Qué relaciones, apegos o miedos ocupan el lugar de Dios en tu corazón? No tengas miedo de poner a Jesús en el centro. Él no quita nada, pero lo ordena todo.
Hoy es el día para decirle, “Señor, te prefiero a ti”. Renuncia a los amores tibios, posesivos o dependientes y entrégale tu corazón entero. Amar a Jesús no es despreciar a los demás. Es la única forma de amarlos bien.
Esta semana, haz dos cosas. Primero, repite cada día esta oración, Señor Jesús, enséñame a amarte por encima de todo. Segundo, elige una relación importante en tu vida, tu pareja, un hijo, un amigo y pregunta, ¿lo estoy amando desde Jesús o desde mi necesidad?
Recuerda, quien ama a Jesús sobre todas las cosas puede cargar su cruz, puede amar sin cadenas, puede incluso perdonar y amar a sus enemigos.
“Señor Jesús, pides todo mi amor, pero tú me amaste primero. Me pides la vida, pero tú me la diste primero.
Me pides cargar la cruz, pero tú la llevas conmigo. Sabes que mi mayor pobreza es no saber amar. Enséñame a amar.
Dame un corazón semejante al tuyo para entonces poder amar verdaderamente a mis hermanos, sin egoísmos y con mucha paz”.
Feliz domingo. Dios te bendiga.


