Este sábado celebramos la solemnidad de “Todos los Santos”, y el domingo hacemos memoria de “Todos los difuntos”. Todos hemos conocido a personas que destacaron en su vida por una especial bondad, a las que no dudamos de calificar como santas, aunque no hayan sido propuestas para una causa de beatificación y canonización. Estas personas pertenecen al grupo amplio de las que el papa Francisco denominaba, los santos de la puerta de al lado. Todavía cabría encontrarlos en alguna habitación del propio domicilio, sin que la familia se diera cuenta de su presencia. Son personas que hablan poco, procuran un cierto recogimiento en lo posible y gustan de practicar sus devociones, que les trasmiten paz interior. Son una fuente de bendición para el hogar que las atiende y su presencia ocupa un espacio que se nota de forma especial cuando ya no están, porque el SEÑOR se las llevado de este mundo. La Iglesia Católica tiene reconocidos unos miles de santos canonizados. En los últimos años los papas han beatificado a un gran número de cristianos. El papa Juan Pablo II beatificó a más de mil trescientos cristianos, Benedicto XVI a más de ochocientos, y el papa Francisco a más de mil cuatrocientos. En el transcurso de los pontificados algunos de los beatos fueron canonizados como santos, y por tanto propuestos para el culto y veneración general en toda la Iglesia Católica. El número de santos y beatos es difícil de precisar, pero tiene una importancia menor. Tendremos que considerar, además de los beatos y santos, a los que por una Gracia especial dan el paso de esta vida a la otra con una muerte santa. Estas personas son las que pudiendo haber llevado una vida con fallos o pecados notorios, pasan por un proceso final de purificación en el que ven su vida a la luz del Amor de DIOS y se arrepienten profundamente del mal ocasionado y de no haber agradado o correspondido al Amor del SEÑOR. Estas personas reciben los últimos sacramentos y mueren en el ardiente deseo de unirse para siempre con el SEÑOR. Este grupo de personas, que nunca serán beatificadas, pertenecen a los que Dimas, el ladrón arrepentido, podrá representar. Dimas recibe el perdón de todos sus pecados y la solemne promesa de estar ese día con el SEÑOR en el Paraíso, porque lo reconoció como el INOCENTE, mientras él y su compañero de patíbulo estaban recibiendo el castigo adecuado por sus maldades (Cf. Lc 23,41-42). Es muy nuestro pretender indagar, o querer saber, si se salva mucha gente o se condenan muchos o pocos. Al tiempo que hablamos del Cielo y la Salvación, hay que hacer una mención a la decisión libre de negarse a una eternidad con DIOS, aunque esto a una persona mínimamente creyente le produzca escalofríos. Las posturas oscilan como el péndulo: tenemos la opinión de que no se condena nadie y el infierno está vacío, mientras que otros opinan que deslizarse hacia la condenación es fácil. A JESÚS también le preguntaron: “¿serán pocos los que se salven?; y JESÚS les contestó, esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque ancho es el camino y amplia la puerta que conduce a la perdición; y estrecho es el camino y angosta la puerta que conducen a la Vida” (Cf. Mt 7,13-14). San Mateo dispone esta aclaración del SEÑOR al final del Sermón de la Montaña donde se recoge las nuevas cláusulas del Nuevo Pacto que DIOS establece con los hombres. Recordamos que el corazón del discípulo de JESÚS ha de estar modelado por las Bienaventuranzas, que sirven de pórtico a todo el Sermón de la Montaña. Además de proponer el perdón incondicional, hasta el punto de “poner la otra mejilla” y procurar la reconciliación con el enemigo. JESÚS en este Sermón de la Montaña dice también que no sólo cuentan las acciones externas, sino que se debe vigilar el movimiento interior del corazón con sus deseos e intenciones. El corazón violento, lujurioso, soberbio, mentiroso o taimado, aparta de DIOS y hace inútil la Gracia. DIOS nos mira con infinita Misericordia a través de lo dispuesto en el Sermón de la Montaña, del que no rebaja ni una tilde, y nos concede el don del arrepentimiento si es que nos hemos distanciado de su camino de perfección. DIOS espera siempre nuestra vuelta y está dispuesto a prestarnos toda la ayuda, si queremos aceptarla. Así el vidente ve el resultado final como una gran asamblea alrededor del trono de DIOS con un número de redimidos o salvados, que nadie podía contar: “después miré y vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar de toda nación, razas, pueblos y lenguas, delate del Trono de DIOS y del CORDERO, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos…” (Cf. Ap 7,9) Esta cita da razón del número incontable al referido versículo de los doce mil que entran por cada una de las puertas de la Nueva Jerusalén. Sabemos que algunos hicieron de los ciento cuarenta y cuatro mil una lectura restrictiva de los que podían salvarse, pero el propio texto se encarga de esclarecer el sentido alegórico de esa cifra. Todos estamos destinados a entrar en la Nueva Jerusalén, porque DIOS “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva” (Cf. Ez 33,11). Esta afirmación de la Escritura ha de llenarnos de una confianza total en la Divina Misericordia, pero sin caer en un optimismo radical que niegue la existencia del infierno, pues tal cosa sería negar la propia palabra de JESÚS y la libertad personal del hombre que, como dice san Agustín, DIOS no te salvará sin ti.
- La antesala del Cielo
- Primera lectura
- Desolación personal
- Las fuerzas personales se desvanecen
- La amargura del sufrimiento
- Del abatimiento a la compasión
- DIOS viene cada día
- Espera paciente
- Los discípulos se desconciertan
- De nuevo la Fe
- El Cielo
- Estar con CRISTO
- Sabemos el Camino
- JESÚS de Nazaret no tiene sustitutos
- La muerte de JESÚS
- Una vida nueva
- El Bautismo nos acredita para la Resurrección
- Es posible la respuesta personal positiva
- El señorío de CRISTO
- Una sola vez
La antesala del Cielo
Aunque sea Domingo el Día de Difuntos, la Iglesia antepone la conmemoración de los difuntos a la liturgia propia del domingo correspondiente. Es una disposición que pone en primer lugar la Caridad dentro de la Comunión de los Santos, pues prioriza la petición al SEÑOR por los difuntos que dejado este mundo todavía permanecen en los estadios de purificación antes de encontrar la bienaventuranza definitiva. El Catecismo de la Iglesia Católica (n.1030-1032) ratifica la doctrina del Purgatorio, que encuentra su apoyo en la misma Escritura. Recordamos el testimonio de Judas Macabeo, que realiza sacrificios de expiación y oraciones en el Templo por aquellos compañeros muertos en batalla, y fueron encontrados con amuletos, cosa que reprueba enérgicamente la Biblia (Cf. 2Mac 12,38-40). Todavía no se ha producido la Revelación del Nuevo Testamento, pero desde el siglo segundo, que se datan los libros de los Macabeos, se tiene conciencia de la resurrección de los muertos como muestra la heroica madre que ve morir a sus siete hijos y los reafirma en la seguridad de la Resurrección (Cf. 2Mac 7,1-42). Lo mismo que la doctrina de la Resurrección se esclarece en el Nuevo Testamento, también lo referente al Purgatorio resulta más integrado en el proceso de Salvación. JESÚS avisa: “mientras vas de camino, reconcíliate con tu hermano, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro, que no saldrás allí, hasta que hayas pagado hasta el último cuarto” (Cf. Lc 12,58-59). El camino por este mundo es el tiempo de prueba exigido para adquirir conocimiento y sabiduría. Desde el momento en el que hemos sido concebidos entramos en una existencia que no acaba. Impropiamente hablamos de esta vida y de la otra, pero en realidad tenemos una vida con este preámbulo temporal que disponemos como tiempo de elección. Mientras vamos de camino por este mundo tenemos la oportunidad de recibir el perdón sincero de aquellas personas a las que hemos perjudicado o defraudado. Dice san Pedro, que “la Caridad cubre un sinfín de pecados” (Cf. 1Pe 4,8). La Caridad da Vida a la Comunión de los Santos y permite la reconciliación, la intercesión unos por otros, la expiación o carga vicaria de cargas ajenas. La Caridad es el verdadero vínculo de la unidad entre los hermanos y de cada uno con DIOS. El origen de la Caridad está en la misma persona del ESPÍRITU SANTO, porque “el Amor de DIOS ha sido derramado en nuestros corazones por el ESPÍRITU SANTO que nos ha sido dado” (Cf. Rm 5,5). La sentencia anterior de JESÚS deja abierta la salida de ese estado de prisión después de un tiempo que da la impresión de prolongarse hasta que la última minucia de la deuda sea cubierta y liquidada. Parece abocar a un proceso lento, que podría ser acelerado por la intercesión realizada dentro de la Comunión de los Santos. Dice Santiago en su carta, que “mucho puede hacer la oración del justo” (Cf. St 5,16). Oramos los unos por los otros, y una eficacia especial adquiere la oración de la persona pobre de espíritu, misericordiosa o limpia de corazón. Cobra, entonces, especial importancia la Santa Misa como ofrecimiento al PADRE del sacrificio por AMOR del único JUSTO, JESUCRISTO. Nada puede igualar al máximo sacrificio del Sumo y Eterno SACERDOTE, JESUCRISTO, al que unimos nuestras plegarias, limosnas y ayunos por los hermanos difuntos. Las palabras de JESÚS en la sinagoga de Nazaret sobre el texto de Isaías, no son una mera verbalización de lo escrito, sino un anuncio del VERBO de DIOS que pronuncia un mensaje con alcance universal: “el ESPÍRITU del SEÑOR está sobre MÍ, porque ÉL me ha ungido; para anunciar a los pobres la Buena Nueva. Me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, y a dar la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos; y proclamar el Año de Gracia del SEÑOR” (Cf. Lc 4,18-19). Nos cuenta la segunda carta de san Pedro, que JESÚS fue a evangelizar también a los que moraban en el Sheol: “CRISTO muerto en la carne y vivificado en el ESPÍRITU; en el ESPÍRITU fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando los esperaba la paciencia de DIOS” (Cf. 1Pe 3,18). JESÚS viene para liberar a todos los espíritus encarcelados en la ignorancia, el pecado o la ausencia de DIOS. JESÚS viene a tender su mano a todos los que estén dispuestos para salir de sus oscuras mazmorras. Así se expresa san Pablo en la carta a los Efesios, repitiendo las palabras de un anónimo del siglo primero (Oficio de lectura, del Sábado Santo, lectura patrística) : “despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y CRISTO será tu LUZ” (Cf. Ef 5,14). No sólo Adán todavía en su prisión espiritual recibe estas consoladoras palabras, sino todos los encarcelados en sus prisiones espirituales, según nos dice el testimonio de san Pedro en su carta. San Pablo cuenta otras formas de llegar a los que aún no han alcanzado la Bienaventuranza Eterna o la liberación en CRISTO. Dentro de la Comunión de los Santos, y en virtud de la Resurrección de JESUCRISTO es posible “el bautismo por los muertos” (Cf. 1Cor 15,29). Los que no están en la contemplación de DIOS esperan algo eficaz de la acción redentora de CRISTO, que puede llegar hasta ellos mediante nuestra intercesión. De toda esta serie de medios extraordinarios dispone la Iglesia Católica y por eso decimos que en la Iglesia Católica se encuentra la plenitud de la Gracia, pero en muchas ocasiones queda paralizada por falta de colaboración humana. Otro gran medio en favor de las almas del Purgatorio son las indulgencias, probablemente en algún momento de la historia mal enfocadas, pero no dejan de ser un medio especial de la Gracia en favor de las almas que se están purificando.
Primera lectura
Está seleccionada para la primera lectura el texto de Lamentaciones, capítulo tres, versículos diecisiete al veintiséis. Se atribuye este escrito al profeta Baruc, secretario del profeta Jeremías, que escribe ocho elegías sobre Jerusalén, en cinco capítulos. Baruc expresa el gran dolor que surge al contemplar la ruina y destrucción de Jerusalén y el Templo. A la destrucción de la Ciudad Santa, hay que añadir la deportación, muerte y desolación, que motivan el dolor y sufrimiento más intenso. El profeta asume que todas aquellas desgracias vienen directamente de la mano de DIOS, aunque el instrumento de toda aquella desolación fuera Nabuconodosor, el rey de Babilonia, que arrasa Jerusalén y somete a sus habitantes al despojo de todos sus bienes. Es el año quinientos ochenta y siete (a.C.), y la reforma religiosa que había emprendido el rey Josías unos años antes no se sostuvo en el tiempo, las desviaciones morales y espirituales persistieron, y los resultados en forma de catástrofe aparecieron. Baruc declara a lo largo de sus elegías, o poemas de duelo, que las calamidades sufridas no son tanto el resultado de la crueldad del invasor, como la acción purificadora del mismo YAHVEH, que corrige así a su Pueblo; por tanto la desgracia es está directamente en manos de DIOS, compasivo y misericordioso, y en cualquier momento puede rehabilitar a su Pueblo caído en desgracia. No es Nabuconodosor quien tiene la última palabra en todos aquellos sucesos. Baruc termina sus poemas con una apelación a la Esperanza: “está dolorido nuestro corazón y se nublan nuestros ojos por la destrucción del Monte Síon, pues las babosas merodean en él. Pero TÚ SEÑOR para siempre te sientas, tu Trono de generación en generación. ¿Por qué has de olvidarnos para siempre? ¿Por qué toda la vida abandonados? Haznos volver a ti, YAHVEH, y volveremos. Renueva nuestros días como antaño; si es que no nos has desechado totalmente, irritado contra nosotros sin medida” (Cf. Lm 5,17-22). Baruc entiende con el autor sagrado del libro de Job que “el SEÑOR hiere y venda la herida” (Cf. Jb 5,18).
Desolación personal
“Mi alma está alejada de la paz, he olvidado la dicha” (v.17). Todas las calamidades que afectan a Israel en su conjunto afectan al individuo en particular. Nos damos cuenta, entonces, que la dicha o felicidad es un estado personal compartido con otras personas. La paz interior es un don de DIOS, pero al mismo tiempo ha de reposar en el conjunto de la asamblea -Iglesia- o comunidad. En cierta medida el camino de la vida se va fraguando en medio de estructuras complejas y renovadas. Muy pocos son los que verdaderamente están capacitados para una vida solitaria, dedicada a la contemplación e intercesión por el resto de los semejantes. Estas personas, de poder hacerlo, dan muestras de una madurez humana y espiritual muy por encima de lo común. El dolor y el sufrimiento sin DIOS desestructuran y devuelven al individuo al caos, salvo que se produzca una renovación de la Gracia. Por un poco de tiempo, DIOS puede permitir que una persona pase por un periodo de turbulencia interior, pero pronto ha de ser rescatada de un estado de desolación.
Las fuerzas personales se desvanecen
“Ha fenecido mi vigor y la Esperanza que me venía de YAHVEH” (v.18). Todos tenemos conciencia, en circunstancias normales, de lo escasas que son nuestras fuerzas físicas y psíquicas. La falta de alimento por un tiempo mínimamente prolongado nos deja inoperantes, y cualquier cosa resulta inabordable. Somos especialmente vulnerables, y nos rompemos con facilidad. Pocas personas mantienen las rutinas adaptadas a su ritmo personal, que le permiten un equilibrio físico y psíquico. De nuevo las circunstancias ambientales influyen y afectan, y la falta de control sobre ellas debe ser compensado con una cierta autodisciplina, pero en último término nada está garantizado por nuestras propias fuerzas y estrategias. De nuevo el control de nuestra vida debemos ponerlo en manos de DIOS que sabe lo que nos conviene en todo tiempo. La noche oscura ha llegado y la Esperanza no aparece, provocando momentos de profunda tristeza, que consumen las pocas energías disponibles. Parece que tocamos fondo, y más debilitados no podemos estar, pero tampoco sobre eso tenemos una apreciación correcta.
La amargura del sufrimiento
“Recuerda mi miseria y vida errante, es ajenjo y amargor” (v.19). El ajenjo concentrado resulta tóxico, lo mismo que el sufrimiento en gran intensidad también mata, pues no somos máquinas, sino que nuestra alma mantiene vivas conexiones con el organismo físico, dando como resultado una unidad. A determinadas edades, cuando el decaimiento se ha producido un sufrimiento intenso por la pérdida de un ser querido, una enfermedad grave o un fracaso profesional, pueden acabar con la vida de una persona. Misteriosamente se da el caso de algunos que parecen vivir para sufrir, y se cumple en ellos lo manifestado en este versículo. Aquí el autor sagrado parece no conocer las razones o causas que lo han conducido a ese estado de amargura, y eso mismo agrava la situación. Por otra parte, cuando el dolor intenso se prolonga, tendemos a no encontrar razones para el mismo, y nos resulta absurdo e inhumano. Llegados a ese punto le pedimos cuentas a DIOS de lo que nos está pasando.
Del abatimiento a la compasión
“No hago más que pensar en ello (aflicción y amargura), y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da Esperanza: que la Misericordia del SEÑOR no termina, y no se acaba su compasión” (v.20-22). El recuerdo del pasado, la memoria de lo vivido gira sobre sí mismo en el corazón del hombre frustrado por los acontecimientos. El abatimiento llega cuando las consideraciones negativas, aunque constaten la realidad, quedan sobredimensionadas. Los acontecimientos pasados y determinadas experiencias adquieren de nuevo vida propia, con el riesgo de perder el control sobre ellas. El que declara estas cosas mantiene un fondo religioso, que lo propone como persona salvable, pues guarda en su corazón un recinto que acredita la Misericordia de DIOS. ÉL es radicalmente compasivo. Si DIOS corrige, en determinado momento, es por su cercanía: ÉL no habita en una trascendencia ajena a la vida de sus hijos. Cuando la filosofía habla de DIOS lo sitúa en una trascendencia incomunicable; sin embargo, la Biblia propone la mirada hacia DIOS tan próximo que comparte su vida con el hombre sin dejar en absoluto su santidad y radical diferencia. El vacío y soledad que podamos experimentar no significa lejanía o ausencia de DIOS en realidad. La apreciación subjetiva sigue una línea que en este caso no corresponde con la realidad de los hechos. DIOS, en la Cruz de JESÚS está unido a la soledad de su HIJO: “¡DIOS mío, DIOS mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Cf. Mc 15,34). DIOS tiene infinita compasión hacia todos nosotros y se acerca en la persona de su HIJO: “tanto amó DIOS al mundo, que envió a su HIJO, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por ÉL” (Cf. Jn 3,16). El envío del HIJO fue una entrega sometida a todos los riesgos de la historia de los hombres. San Pablo quiere entrañablemente a los de Filipo “en el Corazón de CRISTO” (Cf. Flp 1,7-8). El PADRE no es ajeno a los sentimientos de su HIJO, y el ESPÍRITU SANTO nos reviste de los sentimientos de CRISTO como aparece testimoniado a lo largo de los escritos del Nuevo Testamento. Con toda propiedad, DIOS nos humaniza: ÉL nos ha pensado desde siempre para que adquiramos la imagen de su HIJO JESUCRISTO (Cf. Rm 8,29). Tenemos capacidad para la compasión, porque DIOS es compasivo, y damos con cierta facilidad con la fuente de toda compasión que está en ÉL.
DIOS viene cada día
“Cada mañana se renueva, grande es tu lealtad. Mi porción es YAHVEH, por eso en ÉL espero” (v.23-24). Los israelitas para acomodarse al lugar donde son deportados tienen que pasar por el duelo correspondiente, pues todo lo que poseían quedó destruido, y es posible que algún familiar acabase en régimen de esclavitud. El duelo templa el alma para afrontar la nueva situación. No se pueden formular vanos proyectos, sino acoger con agradecimiento el despertar de cada día. Los acontecimientos traumáticos van poniendo las cosas en su sitio paradójicamente y YAHVEH es la alternativa para seguir viviendo. Ya no hay posesiones y la indigencia queda como recurso; entonces YAHVEH aparece siendo la única herencia, o propiedad. ÉL quiere ser el motivo fundamental para despertar cada día y dar comienzo a la actividad. DIOS renueva cada día su Presencia, es fiel a sus promesas, “porque grande es su lealtad”. El Pueblo empieza a salvarse en la medida que afirma la fidelidad de DIOS, que mantiene sus promesas y guarda la Alianza establecida con los antepasados. En este momento aparece el punto al que se ha de orientar cualquier acto de memoria o recuerdo. En medio de todo el dolor por las pérdidas ocasionadas, reaparece la Presencia del SEÑOR, que se renueva cada día. Durante setenta años los israelitas necesitarán de una fuerza interior especial para permanecer como el Pueblo elegido de YAHVEH. La Escritura da razón de un resto fiel, que mantiene la antorcha de la Fe y cree en las promesas. El Pueblo fiel, no sólo conoce y cumple preceptos, sino que mantiene vivas las promesas, porque el SEÑOR así lo quiere. No sólo se cree en DIOS, sino también en lo que ÉL dice que sucederá y completará nuestras existencias. Nuestra heredad es DIOS mismo y las promesas dadas de forma inapelable.
Espera paciente
“Bueno es esperar en silencio la Salvación de YAHVEH” (v.26). Un corazón quebrantado y humillado (Cf. Slm 50,19) busca el silencio con el fin de sanar heridas y recuperarse de los golpes recibidos. La recompensa llega, nos dice JESÚS, cuando entramos en el recinto privado de nuestro interior después de haber cerrado las distintas puertas de las distracciones y reclamos externos. El encuentro con el SEÑOR es a solas con ÉL, aunque estemos rodeados de una multitud. En medio del sufrimiento se puede percibir una imagen dura y hostil del SEÑOR, que se empieza a disipar en la medida que esa situación se transforma en búsqueda: “bueno es YAHVEH para el alma que en ÉL espera, para el alma que lo busca” (v.25). Quien sigue la senda de la vía sacra está buscando al SEÑOR que la ha trazado. El camino de la prueba es la senda estrecha, que nos conduce a la PUERTA que es CRISTO. Evitar todo dolor y sufrimiento es de necios. Aceptar el sufrimiento y dolor inevitables nos mantiene en el camino.
Los discípulos se desconciertan
Las palabras de JESÚS en la Última Cena causan incertidumbre y temor a los discípulos. JESÚS en el tono más entrañable les dice: “hijos míos, poco tiempo me queda de estar con vosotros. Vosotros me buscaréis y, lo mismo que dije a los judíos, vosotros no podéis venir” (Cf. Jn 13,33). JESÚS les habla de separación y ausencia, y ellos lo habían dejado todo por seguir a su MAESTRO. Ahora sin saber muy bien las razones, aunque JESÚS se hubiera manifestado en más de una ocasión, sin embargo las cosas no estaban encajando en la apreciación de los discípulos. Se entiende, por tanto, que el capítulo catorce se inicie con unas palabras de ánimo por parte de JESÚS: “no se turbe vuestro corazón” (Cf. Jn 14,1a). Se avecinan unas horas muy intensas, en las que la sensación de haberlo perdido todo cobró su protagonismo. JESÚS prepara a sus discípulos que se muestran hondamente intrigados: “Simón Pedro pregunta, SEÑOR, ¿a dónde vas? JESÚS le respondió: a donde YO voy no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde…” (Cf. Jn 13,36). Al primero dentro del grupo de los Apóstoles se le designa aquí con su nombre familiar, Simón, y con el nombre dado por JESÚS, indicando que el que está formulando la pregunta todavía debe verificar una cierta transformación. Cierto que Pedro no seguirá el destino inmediato de JESÚS, pero las horas desde la muerte hasta la Resurrección del MAESTRO serán un crisol purificador, que dispondrá Pedro y al conjunto de sus compañeros para emprender la gran misión de extender el Evangelio. JESÚS va a morir en la Cruz, pero la muerte no sabe que no puede exterminar la Vida que late en JESÚS; y, por tanto, la propia muerte queda vencida y se abisma en su destino. Esta es la victoria de JESÚS, que nos permite a sus seguidores, unidos a ÉL, vencer a la muerte, pues ha perdido su dominio. Pedro es sincero cuando dice: “daré, SEÑOR, mi vida por ti” (Cf. Jn 13,37), pero el Apóstol desconoce la fragilidad de su arrogancia. Ofrecer la propia vida al SEÑOR es un don de su Amor.
De nuevo la Fe
“No se turbe vuestro corazón, creed en DIOS y creed también en MÍ” (v.1). En este capítulo catorce, JESÚS pide a sus discípulos que depositen en ÉL la misma confianza que puedan tener en el PADRE, del que JESÚS les habló repetidamente. ÉL es el HIJO, que sigue la senda del Siervo de YAHVEH, y sus horas llegan a su término. JESÚS se va, y a diferencia del capítulo anterior, su destino ahora está lleno de Esperanza y cumplimiento de todas las promesas, que están cifradas en la Vida Eterna. También al hablar de estas cosas van a surgir perplejidades. JESÚS tiene todas las prerrogativas del SEÑOR y DIOS, pero se comporta como el Siervo de YAHVEH hasta el último momento. En este punto tiene que centrarse la Fe de los discípulos, a los que encarece que crean en ÉL lo mismo que creen en DIOS.
El Cielo
“En la Casa de mi PADRE hay muchas mansiones, si no os lo habría dicho” (v.2). La breve indicación de JESÚS abre un sinfín de posibilidades, pero todas ellas alrededor de la Vida Bienaventurada para siempre. DIOS nos ha pensado y llamado a la existencia para morar con ÉL en compañía de todos los hermanos unidos en la misma Caridad. Estas moradas eternas se abren definitivamente en el momento de la Resurrección que certifica la victoria absoluta de JESÚS sobre las consecuencias del pecado, el fracaso del hombre y la acción diabólica. Negar o desconfiar de la Vida Eterna es dar por estéril la Palabra del SEÑOR y su obra de Redención. JESÚS, el HIJO de DIOS, no vino a este mundo para mejorar las cosas socialmente y proporcionar una salvación política, sino que su objetivo prioritario ha sido y es la transformación del corazón de cada persona para hacerlo morador de la estancia eterna correspondiente. San Pablo dirá: “aspirad a los bienes de allá arriba, donde mora CRISTO; porque vuestra verdadera Vida está con CRISTO escondida en DIOS” (Cf. Col 3,2-3). Ahora estamos en una existencia que no tiene fin. La vida en este mundo se prolonga de otra forma en la Eternidad, y DIOS nos quiere dispuestos a recibir el don gratuito e inmerecido de una estancia en las moradas eternas.
Estar con CRISTO
“Cuando haya ido y preparado un lugar, volveré y os llevaré CONMIGO, para que donde YO esté, estéis también vosotros” (v.3). Lo mismo que para san Pablo, san Juan da a conocer las palabras de JESÚS sobre la Vida Eterna: el lugar en el Cielo es “estar con CRISTO” (Cf. Flp 1,21-23). JESUCRISTO es el Hombre Perfecto que nos ofrece la realización plena a cada uno en particular: “ESTE mismo que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. ÉL dio a unos ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos, para la edificación del Cuerpo de CRISTO, hasta que lleguemos todos a la unidad de la Fe y del conocimiento pleno del HIJO de DIOS, al estado de Hombre Perfecto, a la madurez de CRISTO” (Cf. Ef 4,10-13). Nuestro perfeccionamiento obedece al modelo dado en el Hombre Perfecto, en el HIJO de DIOS que se hizo hombre y cuenta con nosotros para crear la unidad orgánica de su cuerpo que es la Iglesia o Nueva Jerusalén, en la que existen innumerables moradas. Las realidades presentes constituyen el inicio de las futuras, donde lo que se inició aquí por la Gracia y la Fe, sea manifestado en la plena visión, conocimiento y Amor. Todavía para nosotros permanece oculta nuestra propia identidad: dice san Juan, en su primera carta: “queridos, ahora somos hijos de DIOS, y aún no se ha manifestado lo que lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a ÉL, porque lo veremos tal cual es” (Cf. 1Jn 3,2). Moraremos en el cielo en relación con lo que lleguemos a ser por la proximidad e identificación con el Hombre Perfecto, JESUCRISTO. Con todo es JESÚS quien nos lleva a la plenitud de la Salvación, que no coincide con la estancia asignada en el Cielo. Tras un largo periplo para nosotros somos llevados por JESÚS para ser presentados ante el PADRE, que nos estaba esperando desde siempre. Por la Redención de JESÚS el PADRE nos reconoce como hijos suyos llegados de la gran tribulación (Cf. Ap 7,14-17).
Sabemos el Camino
“A donde YO voy ya sabéis el camino. Le dice Tomás: SEÑOR no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? (v.4-5). Todavía los discípulos están en periodo de aprendizaje, y el modo de enseñarles por parte del MAESTRO es del todo singular. Los discípulos tienen que aprender aspectos de los cuales ya poseen indicios claros en su corazón. Los discípulos pueden certificar que JESÚS es perfectamente hombre, pero al mismo tiempo son testigos de la condición divina, que lo sitúa en la esfera de DIOS mismo. Sin una total claridad del hecho, los discípulos saben que JESÚS se irá, tiene las horas contadas, y en ellos empieza a gestarse la conciencia sobre el PADRE, dando lugar a la concepción trinitaria del monoteísmo incuestionable. Los discípulos empiezan a saber algo de todas estas cosas que formarán el núcleo de su predicación. El Camino a seguir es el mismo que iniciaron tres años antes: la vinculación con el propio JESÚS. Cambiará la manera de estar el MAESTRO, pero no existe otro Camino para una verdadera transformación personal y una Vida Eterna en comunión con la santa TRINIDAD y todos los bienaventurados.
JESÚS de Nazaret no tiene sustitutos
“JESÚS contesta a Tomás: YO SOY el Camino, la Verdad, y la Vida. Nadie va al PADRE, si no es por MÍ (v.6). En esta revelación que hace JESÚS se fija el porqué ÉL es Camino: el PADRE es la meta de todo y sólo JESÚS posee el encargo y el Poder para realizar el proceso de sometimiento de todas las cosas: “todos revivirán en CRISTO pero cada cual en su rango: CRISTO como primicias; luego, los de CRISTO en su venida. Luego, el fin, cuando entregue a DIOS PADRE el Reino, después de haber destruido todo principado, dominación y potestad; porque ÉL debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos como estrado de sus pies. El último enemigo vencido será la muerte; porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies, pero cuando dice que todo le está sometido excluye a AQUEL que ha sometido a ÉL todas las cosas, entonces también el HIJO se someterá a AQUEL que ha sometido a ÉL todas las cosas, para que DIOS sea todo en todo” (Cf. 1Cor 15,23-28). Todo ha de pasar por la regeneración de la Redención llevada a cabo por CRISTO y entregada al PADRE, y DIOS lo sea todo en todas las cosas. Esta obra de cristificación sólo es realizable por JESÚS el CRISTO, que es el único Camino del hombre y de toda la Creación que llega al PADRE. Los miles de millones de años de los procesos cósmicos son un instante con respecto a la eternidad. Lo existente sigue las etapas del crecimiento después de surgir, la maduración y el tramo final que cierra la muerte a la existencia en este mundo. Todo está envuelto en la transformación que recapitula todas las cosas en CRISTO (Cf. Ef 1,10). Sometidas a CRISTO Cabeza todas las cosas serán entregadas al PADRE, para que DIOS lo sea todo en todo. La Revelación nos muestra estas cosas como promesas firmes por parte de DIOS, a las que nos pide asentimiento, pues DIOS las ha certificado y sellado con la sangre de su propio HIJO, JESUCRISTO. La Revelación del Plan de DIOS concluye con la Segunda Venida del SEÑOR, y a partir de ese momento otras páginas de Verdad y Vida se escribirán en una Eternidad a la que no podemos poner figura. Entramos en la Vida verdadera en un “para-siempre” con la TRINIDAD y en comunión con todos los bienaventurados.
San Pablo, carta a los Romanos 6,3-9
El ritual del Sacramento del Bautismo recoge este texto de san Pablo como primera lectura opcional. En la conmemoración de “Todos los Difuntos” procede recordar de forma especial el Sacramento del Bautismo recibido como inicio de la Vida en Gracia. Los que nacimos en una familia cristiana con sus aciertos y equivocaciones, hemos podido recibir los efectos del crecimiento de la Gracia en los primeros años de la infancia, que con una atención mínima, en otros tiempos, crecía de forma espontánea. Ahora, dadas las características de las uniones conyugales y la mentalidad progresista el Sacramento del Bautismo empieza a ser minoritario en nuestras sociedades occidentales. El Sacramento del Bautismo nos hace partícipes de los efectos espirituales de la muerte de CRISTO y de su Resurrección, de tal forma que por pura Gracia se abren para el bautizado las puertas del Cielo. El niño recién bautizado, mientras el pecado personal no haga presa en él, lo consideramos verdaderamente santo, por estar santificado por la unión espiritual con CRISTO. Hacían muy bien los padres que daban en herencia la Fe a sus hijos mediante el Bautismo comprometiéndose a una educación cristiana según sus posibilidades.
La muerte de JESÚS
“¿Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en CRISTO JESÚS, fuimos bautizados en su muerte? (v.3). El Sacramento del Bautismo es la aplicación espiritual del acontecimiento de la muerte y Resurrección de JESÚS, que es crucificado, en tiempo de Poncio Pilato, y al tercer día del hecho JESÚS resucitó. El ESPÍRITU SANTO el gran TESTIGO de lo que allí sucedió aplica a cada uno de los nuevos discípulos de CRISTO la eficacia espiritual de ese acontecimiento. JESÚS muere, no porque tenga algún pecado, sino porque carga con los pecados de todos los hombres; y la muerte que lo había aprisionado no puede retenerlo: en ÉL no hay culpa y la misma muerte ha sido vencida. La muerte física era y es un final temporal de nuestro cuerpo que tiene su reloj biológico, pero el alma desencarnada permanecía en regiones más o menos sombrías, mientras que tras la Resurrección de JESÚS las almas liberadas de la muerte espiritual se disponen para alcanzar la Bienaventuranza Eterna.
Una vida nueva
“Fuimos, pues, sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que CRISTO fue resucitado de entre los muertos por medio de la Gloria del PADRE, así también nosotros vivamos una vida nueva” (v.4). La nueva vida comienza aquí, en este mundo, para el bautizado; porque nuevas bendiciones y dones de la Gracia son dispensados a todos los que reciben la unión bautismal. En el Sacramento del Bautismo recibimos las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, somos marcados con una vocación específica, que debiéramos descubrir en el tiempo oportuno; recibimos los dones y carismas para realizar la vocación a la que hemos sido llamados y las funciones a las que vayamos a prestar colaboración. Los tesoros de Gracia de la Redención se abren en el Bautismo, y si mantenemos abierta la puerta de la Gracia los dones irán llegando para modelar nuestra vida cristiana.
El Bautismo nos acredita para la Resurrección
“Si nos hemos hecho una sola cosa por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante” (v.5). En otra parte nos dirá san Pablo que poseemos el mismo ESPÍRITU que resucitó a JESUS de entre los muertos; por lo que participando de la misma muerte que JESÚS, también el ESPÍRITU SANTO nos hará partícipes de una Resurrección como la de JESÚS, a la que estamos asociados (Cf. Rm 8,11). Todas estas cosas no vienen por méritos personales, sino por la sola gracia del RESUCITADO. A cada uno de nosotros sólo se nos pide la colaboración o correspondencia a la Gracia.
Es posible la respuesta personal positiva
“Sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con ÉL, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y fuéramos esclavos del pecado” (v.6). La Gracia con sus dones y bendiciones se hace operativa y produce sus frutos, de los cuales también nos habla san Pablo (Cf. Gal 5,22-23). El cambio de vida proviene de un nuevo revestimiento de Hábitos o virtudes como los mencionados en la carta a los Efesios (Cf. Ef 4,1-16). Se repite un programa similar en la carta a los colosenses (Cf. Col 3,12-13). Antes de ofrecer el himno cristológico de la carta a los Filipenses, san Pablo dice: “tened los mismos sentimientos de CRISTO” (Cf. Flp 2,5). El comportamiento del hombre viejo fue crucificado con CRISTO. En la Cruz vence de forma especial la Caridad, o el Amor de DIOS por todos los hombres y se abre la fuente del Amor fraterno para desterrar el odio y cualquier manifestación del Mal.
El señorío de CRISTO
“El que está muerto queda liberado del pecado. Si hemos muerto con CRISTO, también creemos que viviremos con ÉL” (v.7-8). Todo obtuvo un nuevo comienzo desde que se produjo la muerte de JESÚS en el Gólgota. Un breve paréntesis de unas horas, en las que los conspiradores contra JESÚS les pareció que podían descansar, pues habían resuelto el problema. La cosa no fue así, pues JESÚS el NAZARENO pasó a ser el RESUCITADO y está vivo y es la fuente de la vida para todos los que creen en ÉL. El dolor y sufrimiento no van a secar esta fuente de Vida, tampoco lo va a conseguir el pecado, aunque es posible que haya aumentado de forma exponencial en dos mil años, pero aún así: “donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia” (Cf. Rm 5,20). Es un seguro para toda la humanidad la presencia de cristianos dispuestos a dar la vida por JESUCRISTO. Puede ser el caso de los numerosos mártires del momento presente, pero también se puede dar la vida de forma discreta y silenciosa. JESÚS es el SEÑOR también de las pequeñas cosas y contrariedades de los últimos de su Pueblo.
Una sola vez
“Sabiendo que CRISTO una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más y la muerte ya no tiene dominio sobre ÉL” (v.9). JESÚS resucita una sola vez, porque nace y muere una sola vez, pues la reencarnación no existe. Dice la carta a los Hebreos: “el destino del hombre es morir una sola vez y después de la muere el juicio” (Cf. Hb 9,27). Los hombres no tenemos capacidad para calibrar el verdadero efecto destructor del pecado; vemos, en todo caso, algunas de sus consecuencias. La desgracia moral y espiritual que nos viene aquejando por el pecado provoca en parte la escasa valoración del mismo. Ha sido JESÚS quien podía traernos la verdadera liberación y lo hizo, librándonos del Mal fundamental, aunque persistan distintas consecuencias. El señorío sobre los hombres cambió de signo y para siempre: JESÚS es el CRISTO y SEÑOR.


