¿Para qué buscas a Dios?

Este domingo la Iglesia celebra la Epifanía del Señor, es decir, el día que se manifestó a todas las naciones, no sólo a Israel, el pueblo de las promesas, sino que en los magos que vienen de oriente y lo adoran, se da a conocer a todos los pueblos de la tierra.

Tú y yo, que no pertenecemos al pueblo judío, podemos decir que es nuestra fiesta porque como los magos que llegan a Belén, hemos llegado también nosotros a adorarlo. Hemos visto su gloria y nos hemos llenado de inmensa alegría.

Dime con honestidad, ¿para qué buscas a Dios? ¿Lo buscas para que te resuelva problemas, para que te proteja, para que te vaya mejor o lo buscas simplemente para adorarlo? Porque no es lo mismo buscar a Dios por conveniencia que buscarlo por amor. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, cambia por completo el rumbo de tu vida.

El Evangelio de hoy es muy claro. Los magos llegan a Jerusalén y dicen una sola cosa decisiva. Hemos visto su estrella y hemos venido a adorarlo. No dicen hemos venido a pedir, ni hemos venido a pedir protección, ni hemos venido a entenderlo todo.

Han visto un signo, la estrella, y no se quedan quietos. Dios toma la iniciativa poniendo la estrella en el cielo y ellos responden poniéndose en camino. Así funciona siempre la fe. Dios llama primero, pero tú decides si caminas o te quedas sentado.

Herodes y Jerusalén también saben, conocen las Escrituras. Pueden decir dónde nacerá el Mesías, pero no caminan. El poder se inquieta, el poder se paraliza. Dice el Evangelio que Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él, pero sólo los que buscan con el corazón se ponen en marcha.

Y cuando los magos llegan a Belén, no encuentran un palacio, sino un niño. No encuentran poder, sino pequeñez. Y allí, sin palabras, se postran y lo adoran.

Tú también has visto estrellas en tu vida, momentos, personas, crisis, preguntas interiores que te han inquietado, pero la pregunta es esta, ¿qué haces cuando Dios te da una señal? Muchas veces sabes mucho de Dios. Participas, escuchas, conoces la fe, pero no siempre te pones en camino. Otras veces buscas a Dios sólo para que te cuide, para que te dé seguridad, para que solucione lo que tú no puedes controlar.

El Evangelio te confronta hoy con una verdad fuerte. Cuando quitas a Dios del centro, te pones tú en su lugar y entonces dejas de adorarlo y comienzas a usarlo. Por eso la fe se vuelve pesada, la oración se enfría y el corazón se divide.

Hoy el Señor te llama a una conversión concreta, volver a poner a Dios en el centro. Adorar no es sólo rezar, es reconocer que Dios es Dios y que tú no lo eres. Es amar a Dios más que a ti mismo, más que a tus seguridades, más que a tus afectos, más que a tus planes.

Jesús lo dijo con claridad. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente’. De ese amor nace el amor verdadero al prójimo.

Por eso hoy el Señor te dice: “búscame, no por lo que te doy, sino por quien soy. No te obsesiones con tus necesidades. Yo las conozco y te daré lo que te hace falta a su debido tiempo”.

Esta semana te propongo dos compromisos sencillos. Uno, dedica cada día un momento breve de adoración verdadera en silencio, diciéndole a Dios, Señor no vengo a pedirte nada, vengo a adorarte porque tú eres mi Dios. Dos, antes de tomar una decisión importante, pregúntate, ¿esto pone a Dios en el centro o me pone a mí? Los magos después de encontrarse con el Señor regresaron por otro camino.

Ese es el signo de una fe auténtica. No puedes volver igual. Que hoy puedas decir con verdad, “he venido a adorarte, Señor” y que esta adoración cambie tu camino, tu corazón y tu vida.

Feliz domingo. Dios te bendiga.