Para mí, la vida es Cristo

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XIII Domingo del Tiempo Ordinario. 29 de junio solemnidad de San Pedro y San Pablo

Dos grandes evangelizadores, columnas de la Iglesia de Roma; dos personas que se convencieron del proyecto de Jesús y lucharon por anunciarlo hasta la muerte; esa sangre que fue la savia de tantas conversiones a Jesús. Dos hombres que a pesar de sus debilidades, se entregaron al servicio del Reino; la fuerza de Dios se mostró en su debilidad. Esos hombres que supieron soportar la persecución con valentía y en plena libertad entregaron su vida. Sabemos que para los cristianos, perder la vida al servicio del Reino, es ganarla para la eternidad.

Hoy escuchamos parte del Evangelio del domingo pasado, sobre la pregunta de Jesús acerca de su identidad, pero ahora el Evangelio es de San Mateo, en lo que sigue a la confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; Jesús le dijo entonces: “Y yo te digo a ti, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”. “Te daré las llaves…” antes que un poder, las llaves son un servicio. Nos pueden venir muchas imágenes de Pedro, ese Pedro imprudente que quiso caminar al encuentro de Jesús sobre las aguas; ese Pedro que afirmó que lo seguiría hasta la muerte y después lo negó tres veces. A ese Pedro frágil, Jesús lo coloca como roca y fundamento que sostiene a la Iglesia visible, esa Iglesia formada por todos los bautizados; pero no podemos olvidar que, el fundamento primero y último es el mismo Jesús. Mientras Pedro experimenta su fragilidad, le viene la fortaleza de Jesús, es decir, la Iglesia es sostenida por el mismo Jesús y por la fuerza del Espíritu Santo.

Es verdad que Pedro en medio de su fragilidad negó a Jesús, pero también es verdad que, sin Jesús se sentía perdido, un día dijo: “Señor a quién iremos, sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Pedro tuvo una gran misión en la Iglesia naciente: “confirmar a sus hermanos”; Jesús le promete que hará oración por él para que su fe no desfallezca.

Hermanos, era necesario que existiera alguien al frente de la Iglesia naciente; que existiera una figura que diera unidad; recordemos que Jesús le encargó a Pedro cuidar y apacentar a sus ovejas. Después de Pedro hemos tenido 267 sucesores suyos que cuentan con la fuerza del Espíritu Santo para seguir sosteniendo a la Iglesia en medio de tantas tormentas.

Recordemos que el ministerio del PAPA es, ante todo, el ministerio de un Padre que vela por sus hijos. Es el Pastor de la Iglesia que la dirige y la mantiene unida. La misión del Papa no es nada sencilla, ya que, la barca de Pedro sigue siendo azotada por vientos contrarios. Cada sucesor de Pedro ha enfrentado distintas situaciones, tanto hacia el interno de la Iglesia, como hacia el exterior, es decir, en el mundo y su cultura. El Papa es la roca, muestra firmeza en su enseñanza doctrinal; guía a una Iglesia formada por hombres y mujeres débiles y tocados por el pecado, de allí que muestre comprensión, pero no pierde la meta hacia donde quiere conducir a la barca, a la Iglesia. El Papa necesita de la oración de todos los bautizados.

El Papa León XIV, en su primer discurso mencionó la inteligencia artificial como un nuevo desafío. Podemos decir que la Iglesia, con el Papa a la cabeza, se enfrenta a nuevos desafíos que le presenta el mundo actual; debemos estar unidos como Iglesia y no permitir que la enseñanza dejada por Nuestro Señor Jesucristo, se distorsione o la dulcifiquemos para no molestar al mundo actual. Recordemos que la enseñanza de Jesús es áspera y raspa, quiero decir que, molesta y nos incomoda, pero debemos mostrar el Evangelio como es.

En esta festividad de Pedro y Pablo, roca y fuego, dos grandes evangelizadores, tenemos dos grandes ejemplos a seguir: La figura del Apóstol Pedro, pronto fue cobrando un lugar importante en las primeras comunidades. Seguir a Jesús y sentir a Dios como Padre, son la clave para llevar a cabo una nueva misión en su vida: liderar, como lo hiciera Jesús, a las comunidades; incluso, dando la vida por ellas. Así se constituyó en una sólida columna para la Iglesia y modelo de liderazgo. Igualmente el Apóstol Pablo: es admirable su lucha por abrir el cristianismo naciente a nuevas culturas y formas de pensar, para que todas las personas hagan la experiencia gozosa de Dios Padre y desde ahí vivan como verdaderos hermanos y hermanas. Su lucha no permitió que el cristianismo se quedara como un grupo judío más, sino que, también con sus reflexiones teológicas, ayudó a construir nuestra siempre nueva identidad.

Es importante celebrar estos dos santos, para darnos cuenta que, el seguimiento de Jesús implica sus riesgos, hasta dar la vida. Pero también para que oremos por el Papa que es el sucesor directo de San Pedro y que sigue esforzándose para mantener a la Iglesia unida y a través del anuncio del Evangelio contribuir a la construcción de un mundo más humano.

El servicio de Pedro de fidelidad al Señor y de comunión con Él y entre cuantos creemos en su nombre, y el ímpetu evangelizador de Pablo, infatigable hasta desgastarse por Cristo, sean para nosotros, dos grandes acicates en nuestro compromiso cristiano. Pensemos, ¿qué me enseñan Pedro y Pablo en mi seguimiento de Jesús?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan