Orar siempre y sin desfallecer

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús el Maestro orante, aquel que día y noche está unido al Padre, nos enseña en este texto el secreto para estar unidos con Dios: Orar sin desfallecer. En el Evangelio de hoy, Jesús desea dejarnos claro la necesidad que tenemos de orar siempre y sin desfallecer; esto significa que no sólo haya momentos exclusivos para orar, sino que la oración debe ser la vida misma. Ser conscientes de que el Señor está siempre con nosotros, que está atento a lo que nos pasa y que, así mismo, debemos establecer un diálogo constante con Él. Estar permanentemente en su presencia es orar sin desanimarse; descubrir que su mirada es de amor y, que más que un juez, es el Padre de Misericordia, el dador de todo bien. Y para esto el Señor nos narra una parábola breve y bien entendida, donde aparecen dos personajes que viven en la misma ciudad:

1°- Un juez: Al que le faltan dos actitudes esenciales para llegar a ser un ser humano: “no teme a Dios”, le falta el temor de Dios y “no le importan las personas”, es decir, es un hombre narcisista que sólo piensa en él. Es sordo a la voz de Dios y es indiferente ante el sufrimiento ajeno; es descreído y alérgico a cumplir con su deber; no se deja iluminar por Dios y no escucha a su conciencia. No tenía miramientos con nadie, no respetaba a nadie, era una persona cerrada en su egoísmo. Tenía una coraza donde todo rebotaba.

2°- Una viuda: Es una mujer sola, privada de un esposo que la proteja; recordemos que las viudas eran el símbolo de las personas más indefensas. Es la imagen de la debilidad desarmada; estaba privada de apoyos, de recomendaciones; no puede pagarse un abogado que la defienda. La batalla de entrada parece perdida. Esa mujer lo que puede hacer es sólo exigir sus derechos, sin resignarse a los abusos de su adversario y a la indiferencia de aquel juez. Su vida se convierte en un grito: “Hazme justicia”.

El Evangelio de Lucas, sigue mostrando su sensibilidad con los problemas de los pobres y los sencillos. Aquella mujer no se rinde, acude al juez, una, diez, veinte veces; no se cansa ante los desplantes del magistrado; ella intuye que el juez tiene un punto débil y éste es su egoísmo. De allí que insiste sin desfallecer.

Durante un tiempo aquel juez no reacciona, no se deja conmover, hace oídos sordos ante aquel grito; pero ante tanta insistencia, llega el día en que reflexiona y decide actuar, no por compasión o justicia, sino para evitar esa molestia que le causa la viuda. La parábola encierra un mensaje de confianza, quiere decirnos que los pobres no están abandonados a su suerte, Dios no es sordo a sus gritos; de allí la invitación a confiar en Dios, debemos invocarlo de manera constante y sin desanimarnos, hemos de gritarle que haga justicia.

Jesús con esta parábola nos deja una gran enseñanza, ya que vivimos en una cultura donde queremos las cosas rápidas y al gusto; se vive con mucha prisa y nos cansan las demoras, sentimos que perdemos el tiempo. Estamos en una cultura donde vale lo que se produce, aquello que causa efecto pronto, de lo contrario se cae en el desánimo y se cambia o se buscan otras

opciones. Así como queremos las cosas humanas, así deseamos que Dios actúe, “rápido y como lo deseamos”. Pasa con frecuencia que vivimos alejados de Dios y el día que necesitamos algo, deseamos que con un rezo o una visita al Santísimo se solucionen los problemas. Muchas veces deseamos comprar a Dios con alguna promesa o encendiendo una veladora. Nos hemos ido creando un “dios” a nuestro gusto, como si Dios fuera un gurú que utiliza su magia para servirnos en el momento que lo necesitemos y deseamos que actúe a nuestro favor y pronto.

Esta parábola nos recuerda tantas injusticias que se cometen en nuestra sociedad; tantos jueces que hacen balancear la justicia para el lado del que puede pagar sus servicios; tantos gritos de personas indefensas que se pierden en el vacío o parece que son escuchados por oídos sordos. Indirectamente se hace una crítica de los que tienen en sus manos las leyes y las ponen al amparo de los poderosos e insaciables. De esto sabe mucho la historia actual y pasada de nuestro México.

Desde el punto de vista humano, esta parábola lastima, ya que toca la realidad cruda. Tantos gritos de personas para aquellos que están encargados de salvaguardar las vidas y mantener el orden y hacen caso omiso o son indiferentes a los gritos. Tantos gritos también a Dios, y pareciera que Dios calla, ese silencio de Dios lastima, ese silencio es incomprendido por los creyentes; muchas personas o dudan o se alejan. Ante la insistencia de aquella viuda, no olvidemos que la debilidad ha prevalecido ante la fuerza; a la persona indefensa le ha dado la razón el poder arrogante.

Hermanos, hay que señalar y luchar por las personas a quienes se les están violando sus derechos, aunque originen molestias al sistema, y no hay que perder la esperanza de que finalmente sea Dios el que haga justicia definitivamente. La esperanza no está reñida con el compromiso social de nuestra fe. Es el momento de apoyar a los campesinos del País cuyos productos no tienen precio, es una grande injusticia, que repercute en los bolsillos de los más pobres.

Les invito a reflexionar en estas dos cosas:

1ª- Dios nos escucha sin duda alguna, pero muchas veces retrasa su intervención, quizá para probar nuestra constancia, nuestra fe. Debemos orar con perseverancia, confiando siempre en la respuesta de Dios, aunque a veces no la veamos de inmediato. El Señor sí nos escucha. El acercarnos a Él, no sólo sea para pedirle, sino también para alabarlo, para agradecerle. Quizá también, no todo lo que pedimos es correcto para nuestras vidas. Dios desea que insistamos en la oración, sin olvidar que nos toca poner nuestro granito de arena. Ante las cosas que estamos convencidos que valen la pena, debemos insistir en la plegaria y esforzarnos para lograrlas.

2ª- Así como queremos que Dios nos escuche y los demás también, pensemos en nosotros mismos: ¿Somos capaces de escuchar los gritos de los demás? Como padres de familia, ¿ustedes escuchan los gritos de sus hijos? Esos gritos que se convierten en actitudes, esos berrinches para llamar la atención. Como hijos, ¿ustedes escuchan la voz de sus papás? No seamos sordos a la voz del que nos habla, nos solicita algo. Luchemos para escuchar el susurro de Dios, y pensemos: ¿Dios qué me está pidiendo en el momento presente?

No olvidemos que la parábola nos sigue interpelando a todos, ¿hacemos caso omiso como el juez? ¿somos insistentes como la viuda?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan