El Evangelio de este domingo nos cuenta que Jesús, aparte de los doce, formó un grupo de setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos a anunciar el Evangelio, la buena noticia de salvación. Jesús no les hace un proyecto, no hace con ellos una estrategia, no se pone objetivos ni plazos. La Palabra de Dios tiene su propia fuerza y eficacia.
Lo único que deben hacer es confiar en la providencia divina. La palabra providencia es muy bella. Significa que Dios provee, que si nosotros nos ocupamos de Él, Él se preocupa de nosotros, de nuestras necesidades. hasta las más insignificantes.
Por eso les pide a los discípulos ir de dos en dos sin llevar provisiones, confiados únicamente en la providencia de Dios. Los setenta y dos regresan muy contentos. Le dicen a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” y Jesús les responde: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para vencer toda la fuerza del enemigo y nada les podrá hacer daño”.
Esta es una verdad. A quienes son de Jesús, a quienes confían en Él, nadie les puede hacer daño. Y no me refiero al daño inmediato porque de ese pueden hacernos mucho nuestros enemigos, sino a un daño que pierda al creyente, que sea la perdición de su alma. Por eso Jesús también advertía: “No teman a los que matan el cuerpo, sino a los que pueden matar el alma”.
Así, por ejemplo, quienes han matado a los cristianos por ser fieles a Jesús, han pensado que al asesinarlos les hacían el mayor mal posible, un daño irreversible, pero lo que no entendían es que al darles muerte los hacían mártires y al perder esta vida terrena por Cristo, ganaban la inmortalidad, la vida eterna. No les hacían un mal, sino el mejor bien posible.
Jesús da a sus discípulos la capacidad no sólo de combatir el mal, sino de vencerlo. El día que te bautizaron, te ungieron con el aceite sagrado en el pecho y el sacerdote te dijo: Recibe la fuerza de Cristo, el Salvador, es decir, el Señor te dio la fuerza para vencer el mal y el pecado, para que lo sometas, para que seas libre de su esclavitud.
Todos los bautizados hemos recibido esta fuerza. Esto quiere decir que estás capacitado para vencer tu mal, tu pecado, que el Señor te ayuda si tú lo dejas a fin de que puedas vencer a Satanás y sus obras. No puedes rendirte y resignarte a ser esclavo del pecado, de tus vicios, a derrotarte desanimado antes de dar la batalla. La vida del cristiano es una pelea y Jesús dice que sólo los esforzados entrarán en el reino de Dios. Así pues, no dudes en dar la batalla. Tienes garantizada la victoria porque Cristo te sostiene y te da la fuerza.
Nunca digas ante un pecado o un vicio, ‘no puedo’ porque el Señor viene en tu ayuda cuando se lo pides. Invócalo con el salmo que dice: “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme”.
Nunca olvides que Dios es más fuerte que Satanás y que su gracia, su ayuda puede más que la fuerza del maligno. Así pues, confía en Dios y empieza a combatir en ti al mal y al pecado en tu vida. Tú estás llamado a ser libre, no un esclavo dominado por tus pasiones. Pídele a Dios que te ayude.
Dios te bendiga. Feliz domingo.


