Levántate y vete, tu fe te ha salvado

¿Te has detenido alguna vez a pensar cuántas cosas das por sentadas cada día? Respirar, despertar con vida, tener a alguien que te escuche, poder caminar, ver, sentir, hasta que un día algo se rompe, la salud, la familia, la tranquilidad, y recién entonces comprendes que todo era un don, un regalo no de la vida, sino un regalo de Dios. Nos pasa como a los diez leprosos del Evangelio. Gritamos por ayuda cuando algo falta, pero rara vez regresamos a agradecer cuando lo hemos recibido.

Jesús va camino a Jerusalén rumbo a padecer su pasión. En la frontera entre Samaria y Galilea, tierra de marginados, diez leprosos le suplican, “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. No pueden acercarse, la lepra los ha aislado, Jesús no los toca ni los sana en el momento, solo les dice, “Vayan a presentarse a los sacerdotes”.

Es una orden que parece absurda. Un leproso podía presentarse al sacerdote solo si había sanado para que les pidiera un certificado de curación, pero ellos están enfermos y Jesús les pide obedecer antes del milagro como si ya estuvieran curados.

La fe consiste precisamente en eso, creer antes de ver. Mientras obedecen y van de camino, quedan limpios. Sin embargo, de los diez, solo uno regresa. Solo uno reconoce el milagro y vuelve a Jesús alabando y dando gracias y era un samaritano, un extranjero.

Jesús se conmueve y pregunta, “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?” Luego le dice al que volvió, “levántate y vete, tu fe te ha salvado”. No solo la fe lo ha curado como a los otros nueve, sino que a él, el agradecido, además de curarlo, su fe lo ha salvado.

Este evangelio te confronta. Eres experto en pedir, pero no en agradecer. Cuando algo falta, pides a Dios. Cuando todo va bien, te olvidas. Vivimos en una cultura del mérito donde creemos que todo lo que tenemos es porque lo merecemos. Pero la fe cristiana nos enseña que todo es gracia, la vida, la salud, la familia, el trabajo, incluso las pruebas que nos purifican.

La gratitud no es cortesía, es una forma de vivir la vida. Quien agradece vive desde la confianza, quien no agradece vive desde la exigencia. El corazón ingrato se vuelve seco, crítico, insatisfecho. En cambio, el que sabe agradecer descubre a Dios en cada detalle hasta en el dolor y su vida se llena de sentido.

Hoy el Señor te invita a volver a ser agradecido, a no ser de los nueve ingratos que siguieron su camino, sino el único que regresó, el del corazón humilde y agradecido. Vuelve al Señor que te ha sanado tantas veces, que te ha dado fortaleza cuando no podías más. Deja la prisa, deja la distracción, deja el reclamo constante.

Aprende a mirar con ojos nuevos todo lo que recibes y dile con el corazón, “Gracias Señor por todo, porque me has dado más de lo que merezco”. Si tu oración ha sido sólo pedir, hoy conviértela en agradecimiento. Si tu fe ha sido sólo búsqueda de favores, conviértela en adoración.

Hoy Jesús te mira y te dice, “levántate y vete, tu fe te ha salvado”. Esta semana proponte tres cosas sencillas. Da gracias a Dios cada mañana apenas despiertes antes de mirar el teléfono.

Agradece a alguien cada día, con una palabra o un gesto concreto. No olvides que la mayor acción de gracias que puedes hacer a Dios, y la que más le gusta, es que asistas el domingo a misa, a la Eucaristía, palabra griega que significa acción de gracias. Nada es más grato al Señor.

No se trata de hacer lo que a ti te gusta, sino de hacer lo que le gusta al Señor. Recuerda, quien agradece multiplica la alegría, quien no agradece se amarga, se empobrece por dentro. Sé tú el que regresa, y al hacerlo escucharás en lo más profunda de tu alma, la voz del Señor: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

Feliz domingo, Dios te bendiga.