La verdadera grandeza

Dime, ¿alguna vez has sentido la necesidad de demostrar tu valor ocupando el primer lugar, buscando reconocimiento, esperando que te aplaudan o te valoren? Todos tenemos esa tentación. En el trabajo, en la familia, incluso en la vida de fe. Buscamos constantemente aprobación externa porque la interpretamos como seguridad y pertenencia.

Pero Jesús hoy te ofrece un camino diferente, el de la humildad que libera y da verdadera paz. El evangelio de hoy cuenta que Jesús, invitado a comer en casa de un fariseo, observa cómo los invitados se disputan los primeros puestos. Entonces dice: “Cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar para que cuando llegue el dueño de la casa te diga, amigo, sube más arriba. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Jesús revela que la verdadera grandeza no está en imponerse, sino en servir, no en brillar delante de todos, sino en dejar que sea Dios quien te levante. ¿Cuántas veces vives pendiente de lo que los otros piensan de ti? Te comparas, te sientes menos si no te reconocen.

Te duele cuando no te toman en cuenta y quizás, para compensarlo, aparentas, presumes o buscas la aprobación de todos. Eso te agota y no te deja ser libre. Jesús, en cambio, te enseña que la humildad no es rebajarte, sino vivir con verdad, sin máscaras.

Cuando eliges el último lugar, no pierdes dignidad, al contrario, ganas libertad y paz interior. Vivir desde la autenticidad y no desde la apariencia genera vínculos más profundos y duraderos porque transmiten confianza y sencillez. Una persona humilde y sencilla siempre será valorada, querida, buscada. Sin embargo, el soberbio, el fanfarrón, es aborrecido, causa hartazgo.

Hoy Jesús te invita a dejar la arrogancia, el orgullo que al fondo es inseguridad, y a elegir el camino de la humildad. Pregúntate, ¿en qué aspectos de mi vida busco ser visto, reconocido, admirado? ¿Qué apariencia sostengo por miedo a no ser aceptado?

Renuncia a esa carrera por los primeros puestos y aprende a alegrarte en lo escondido, en el servicio silencioso, en el amor que no necesita testigos.

Esta semana te propongo dos compromisos. Primero, elige conscientemente el último lugar. En tu casa, en tu trabajo, en tu comunidad, realiza un servicio concreto que nadie te aplauda, pero que Dios vea.

Segundo, agradece en silencio. Cuando te reconozcan algo, en vez de inflar tu ego, guarda un momento de oración interior y di, “Señor, todo viene de ti, gracias”. Así vivirás la verdad de las palabras de Jesús.

El que se humilla será ensalzado. Imagina que en el banquete eterno, Dios mismo te tome de la mano y te diga, “amigo, sube más arriba”. Ese será el premio de quienes eligieron el último lugar por amor.

“Señor Jesús, enséñame a contemplarte en la cruz, a aprender de ti que eres manso y humilde de corazón. Haz mi corazón semejante al tuyo, lleno de sencillez, bondad y generosidad.

Feliz domingo. Dios te bendiga.

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