Se decía en los catecismos de hace unas décadas, que “la señal del cristiano es la Santa Cruz”. Particularmente, después del Concilio Vaticano II, se empezó a insistir que “la señal del cristiano es el Amor”. Entre una y otra afirmación hay una buena vecindad, y no se excluyen en absoluto. La Cruz es la máxima manifestación del Amor que DIOS tiene a los hombres, pues recoge el momento de mayor entrega de JESÚS, el HIJO de DIOS por todos nosotros. El camino iniciado en la Encarnación culmina en la Cruz. Recordamos con el autor de la carta a los Hebreos: “en el momento de entrar el HIJO en el mundo dijo, ofrendas y holocaustos no te han satisfecho; y TÚ, oh DIOS, me has preparado un cuerpo; y aquí estoy SEÑOR para hacer tu Voluntad” (Cf. Hb 10,5-7). El VERBO entrando en el mundo, en el seno de la VIRGEN MARÍA, en ese instante de contacto entre DIOS y su Creación insensiblemente todo cambia y sólo los Ángeles son testigos del acontecimiento. El HIJO de DIOS y la humanidad, sin descartar a cada persona singular, inicia una relación nueva y diferente; pues se abre un nuevo destino para todos: el HIJO de DIOS establece una Nueva Alianza con todos los hombres. Lo que aconteció en un rincón de Nazaret, en las entrañas de la santísima VIRGEN MARÍA llega a su término en este mundo cuando JESÚS sentencia: “todo está cumplido” (Cf. Jn 19,30). Todo lo que JESÚS tenía que hacer o decir quedó perfectamente manifestado en la Cruz. Este lenguaje de DIOS es desconcertante, la Cruz es el “signo de contradicción” por excelencia (Cf. Lc 2,31). La victoria está velada por el fracaso aparente de JESÚS. La Cruz es exaltada por JESÚS resucitado. La Resurrección pone en evidencia las lagunas de los doctores de la Ley sobre las Escrituras; la insuficiencia del sistema religioso de su momento. Por segunda vez y con más gravedad, teniendo todos los medios suficientes, los hombres sucumbimos ante la prueba. Cientos de años de Revelación, siglos de monoteísmo con las lecciones también de la rebelión y el pecado, no fueron suficientes para reconocer al MESÍAS enviado por DIOS a su Pueblo. Exaltamos la Cruz, no exactamente porque sea un signo, sino por el significado que le ha dado el CRUCIFICADO.JESÚS había dado muestras suficientes, signos mesiánicos acreditativos y señales que únicamente DIOS-con-nosotros podía realizar. Viendo todo lo anterior un gran número de discípulos decidieron exaltar a JESÚS en su entrada profética a Jerusalén. Pero otros, jefes y magistrados no queriendo ver las señales incurrieron en un segundo pecado de rechazo a DIOS mucho más grave, que el primero narrado en el Jardín del Edén (Cf. Gen 3). No obstante, como prueba inigualable de la infinita Misericordia Divina, la historia de los hombres avanza hacia el encuentro con el SEÑOR en su Segunda Venida. Los caminos que seguimos no son siempre rectos o los que DIOS quiere, pero en cualquier caso DIOS nos acepta con nuestras cruces particulares en pos de su HIJO, que mantiene para siempre el testimonio de sus cinco llagas como fuente de Gracia inagotable.
- Transformación personal
- El Pueblo elegido en marcha
- Vuelta al pasado
- La serpiente
- Arrepentimiento
- La serpiente y la Cruz
- La Cruz es el centro
- Algo sobre la identidad de JESÚS
- Levantado de la tierra
- Resultado último de la Fe
- Destinados a la Salvación
- El Amor es incondicional
- Abajamiento
- El VERBO se hizo hombre
- Obedeciendo hasta la Cruz
- Levantado de la muerte
- Glorificado en los Cielos
Transformación personal
Las distintas etapas del ciclo vital constituyen el mejor libro donde podemos leer en qué consiste la transformación de una persona. Mantenemos la identidad desde el momento en el que aparecemos en el vientre de nuestra madre, hasta que nos llega el último hálito de aliento para dejar este mundo. Mientras tanto, en el paso por este mundo vamos viviendo diversos cambios en todos los órdenes de nuestra compleja personalidad. Cada vez se conocen más aspectos de las percepciones del feto en el vientre de la madre. Produce asombro que en la etapa de los nueve meses embrionarios se puedan encontrar pautas de comportamiento manifestadas en la vida adulta. En cierta medida el individuo está en un continuo proceso de reelaboración de sí mismo por vía activa o pasiva. Tomamos la iniciativa y controlamos algo de lo que nos repercute, pero son muy amplias las otras causas ambientales que nos alcanzan sin poder evitarlo en gran medida. En el mejor de los casos debiéramos preocuparnos en crear las mejores condiciones para que lo de alrededor no nos afecte negativamente en exceso. Si a tiempo ponemos los cuidados adecuados puede que nos libremos de una diabetes, cáncer, infarto, o algo similar. También sucede que poniendo todo el cuidado posible, cualquiera de las dolencias mencionadas hace su aparición de forma letal. El adolescente reelabora la etapa de la infancia y la pubertad; el adulto reelabora e integra el momento presente con algunos aspectos posiblemente de su adolescencia y juventud. Se produce un borrado de la adolescencia y la juventud cuando se llega a la edad adulta, y para recuperarla hay que realizar un cierto esfuerzo de memoria. La vejez en nuestras sociedades occidentales se alarga bastante, y se empieza a considerar la cuarta edad o ancianidad, que hace frontera con los últimos años de la vejez. No es menor la reelaboración de las experiencias vitales pasadas en el tiempo de la vejez y la ancianidad. El abuelo puede que no sea tan productivo para la sociedad, aunque eso habría que discutirlo, pero se entra en una gran etapa de revisión vital, que tiene una gran importancia en el plano espiritual. Se abre un tiempo a veces dilatado para la consolación espiritual y también para la desolación, pues los considerados fracasos pueden llamar a la puerta de la memoria con gran viveza e insistencia. Sin haberlo buscado deliberadamente se ha entrado en una etapa personal de discernimiento, al que se añade un tono vital cada vez más debilitado. La Fe en esta etapa juega un papel crucial, pues de otra manera no hay horizonte alguno para el frecuente resultado de fracaso en el balance último. El salmista auguraba setenta años y el más robusto hasta ochenta (Cf. Slm 90,10); pero entre nosotros un grupo amplio de ancianos está rebasando los cien años en condiciones físicas e intelectuales del todo aceptables. Aún así, la vida del hombre es un instante comparado con el cómputo total del tiempo y en nuestra brevedad DIOS nos asiste con su Divina Misericordia para hacernos crecer en la Esperanza de la Vida que no termina en su Bienaventuranza. Ahora JESÚS nos propone para aplicar en todas nuestras fases del ciclo vital la regla de oro del discípulo: “niégate a ti mismo, carga con tu cruz y sígueme” (Cf. Lc 9,23). La parte activa de la ascesis recae sobre el “niégate a ti mismo” que, como vimos la semana anterior, viene como objetivo la transformación del ego. Consciente y voluntariamente en cada fase de la vida vamos buscando lo que es la Divina Voluntad, o lo que a DIOS le agrada. Esta labor es imprescindible, y debe estar complementada por una purificación pasiva, la Cruz, que no controlamos directamente. La Cruz en general encierra todas esas cosas que nos sobrevienen y no controlamos pero nos afectan. El agradecimiento por las cruces recibidas supone madurez espiritual que se obtiene con el tiempo y la Gracia de DIOS. Todo lo que pueda suceder será llevado de mejor manera si tenemos aceptación y contamos con la fortaleza necesaria para afrontarlo. San Pablo nos guía cuando dice: “todo lo puedo en AQUEL que me conforta” (Cf. Flp 4,13). En el mismo lugar, el Apóstol añade: “sé vivir en riqueza y pobreza; en salud y enfermedad; …” (Cf. Flp 4,12). Para los momentos marcados por las cruces, debemos mirar a la Cruz de JESÚS, que respetó el libre curso de los acontecimientos. ÉL podía modificar los comportamientos de los que lo iban a condenar y desaparecer del radio de acción de sus oponentes y verdugos. Nosotros no podemos volver blanco o negro ni uno solo de los cabellos de nuestra cabeza o añadir un instante al tiempo de nuestra existencia, pero JESÚS sí poseía el control sobre las diferentes circunstancias como queda de relieve en distintos pasajes del Evangelio. JESÚS se somete voluntariamente al Juicio del PADRE por todos nosotros con plena conciencia del destino final al que estaba destinado: (Cf. Lc 12,50).
El Pueblo elegido en marcha
Dos libros de la Biblia hablan del Pueblo de DIOS en marcha por el desierto: el Éxodo y el libro de Números. El Pueblo elegido se va formando, organizando y adquiriendo una identidad, en marcha por el desierto camino de la Tierra Prometida. El libro de Números toma el relevo de la narración después de haber leído el libro del Levítico con los distintos conjuntos de leyes, decretos y normas. El libro de Números dedica los diez capítulos iniciales a destacar la organización del Pueblo elegido. Más que un libro de números y cantidades, resaltan los nombres, que se refieren a los clanes integrantes de las tribus y los nombres de las personas. El libro de Números narra la enésima protesta del Pueblo elegido providencialmente liberado de Egipto, que ahora reniega de haber sido liberado y desconfía de la Divina Providencia para obtener una tierra que es descrita como una tierra muy fecunda pero poblada por gigantes, que harán imposible la conquista. La paciencia de DIOS llegó a un punto en el que determinó que la generación liberada de Egipto y que ahora protagonizaba aquella viva protesta, no entraría en la Tierra Prometida. Pero las protestas no cesaron y a cada paso presentaban un inconveniente a Moisés y al Plan previsto por DIOS. Los israelitas están en las cercanías de la Tierra Prometida y tienen que enfrentarse a un rey cananeo. Los israelitas se van aproximando al Negueb, en la zona sur del territorio, que estaba regida por el rey Arad. Este rey atacó a los israelitas e hizo prisioneros. Entonces Israel formuló este voto: “si entregas a ese pueblo en mi mano, consagraré al anatema sus ciudades” (Cf. Nm 21-1-2). Del Negueb van camino de Edón y dice el texto que el Pueblo se impacientó por el camino” (Cf. Nm 21,4). Los edomitas eran descendientes de Esaú y los israelitas lo eran de Jacob. De los descendientes de los dos hermanos, Esaú y Jacob, se encontraban después de cinco siglos manteniendo relaciones de enfrentamiento. Los israelitas se intranquilizan, porque retroceden hacia la zona del Mar Muerto y se reavivan las protestas.
Vuelta al pasado
“Habló el Pueblo contra DIOS y contra Moisés: ¿por qué nos habéis subido de Egipto para morir por el desierto?, pues no tenemos ni pan ni agua y estamos cansados de ese manjar miserable” (v.5). El Pueblo elegido echa la culpa a DIOS y a Moisés de la suerte que les está tocando. Muchos de los presentes habían nacido en el desierto o habían crecido durante aquella larga travesía que duraba varias décadas. Aquellos ya no se hacían cargo de la esclavitud padecida por los padres. La situación de postración de antaño ya no iba con ellos, pues habían declinado cualquier lazo de unión. Triste conclusión: La liberación había sido una ocurrencia por parte de DIOS y secundada por Moisés. La descalificación es recurrente y se repite: “no tenemos pan ni agua estamos cansados de ese manjar miserable”. Lo cierto es que iban siguiendo las rutas conducentes a los distintos oasis provistos de aguas subterráneas. No obstante, el abastecimiento de agua como el maná parece haber acompañado al Pueblo durante los cuarenta años (Cf. 1Cor 10,4). El maná sigue siendo un alimento misterioso, aunque se hable de una escarcha que aparecía a primeras horas de la mañana. Para apreciar el maná debían participar también del agua proveniente de la roca, “que era CRISTO”, de lo contrario el maná terminaba siendo un alimento repugnante, calificándolo de “manjar miserable”. Todo lo que DIOS les estaba dando y lo que estaba por llegar, la Tierra Prometida, era despreciable. El desagradecimiento había llegado a cotas muy altas. La protesta se había intensificado. La protesta en este caso es profundamente despreciativa hacia DIOS, al no valorar mínimamente la libertad y todos los beneficios añadidos. Pero por encima de todo estaba el agradecimiento debido por haber sido elegidos por YAHVEH para ser su Pueblo. Lo que aquí sucede debe ser aplicado a nuestro caso particular y al momento espiritual que estamos viviendo. Se reedita en esta protesta el núcleo mismo del primer pecado.
La serpiente
“Envió, entonces, YAHVEH serpientes venenosas que mordían al Pueblo y murió mucha gente de Israel” (v.6). De la serpiente que aparece en tercer capítulo del Génesis se habla en el capítulo doce del Apocalipsis. La serpiente es el diablo o satanás que tienta al hombre para que se enfrente con DIOS y procura todo el mal posible a todos los hombres con el fin de frustrar el Designio Divino. La rebelión del hombre aislado o en masa es un acto satánico y representa una amarga victoria de Satanás, que hace tiempo ha dejado de tener su sitio en el Cielo desde el momento en el que decidió enfrentarse al Plan de DIOS. JESÚS dice: “veía YO caer como un rayo a Satanás sobre la Tierra” (Cf. Lc 10,18). El hecho real es que en el momento que la tentación es aceptada, Satanás vierte todo su veneno mortífero en las venas espirituales del alma. La serpiente muerde con un veneno que es fuego abrasador envenenado y consecuentemente, mata. El fuego de DIOS, en cambio, nos ofrece una nueva vida.
Arrepentimiento
“El Pueblo fue a decirle a Moisés: hemos pecado por haber hablado contra YAHVEH y contra ti. Intercede por nosotros ante YAHVEH, para que aparte las serpientes. Moisés intercedió por el Pueblo” (v.7). Israel es el Pueblo perdonado una y otra vez, aunque no está claro que sea hondo y generalizado el arrepentimiento. Se fue ganando la consideración de “pueblo de dura cerviz”. La cosa es que Israel representa la condición humana, a cada individuo particular y a los distintos grupos con las variantes oportunas. DIOS perdona siempre y acepta el arrepentimiento imperfecto, o muy deficiente, como muestran algunas parábolas en el Nuevo Testamento. De no ser así es muy probable que muy escasas personas pudieran ser recuperadas para la vida de la Gracia. El primer cántico del Siervo de YAHVEH, que anuncia la actuación del MESÍAS, dice de ÉL: “la caña cascada no la quebrará y el pabilo vacilante no lo apagará” (Cf. Is 42,3). Entre YAHVEH y el Pueblo está Moisés como intercesor o puente. La vida de Moisés es troquelada entre los avatares del Pueblo al que tiene que guiar, juzgar y presentar al SEÑOR. Todos en un momento dado, le dicen a Moisés que se entienda él con el SEÑOR y después les transmita sus palabras (Cf. Ex 20,19). YAHVEH lo acredita como el único con quien hablaba “cara a cara” (Cf. Ex 33,11). El mismo libro de Números reconoce que Moisés es el hombre más humilde o manso con el que DIOS se puede encontrar (Cf. Nm 12,3-7). La intercesión de Moisés por el Pueblo puso a prueba su mansedumbre y humildad, aceptando el peso espiritual de las rebeliones del Pueblo contra YAHVEH. DIOS quería destruir al Pueblo cuando se fabrica y adora al becerro de oro, pero Moisés intercede y prolonga cuarenta días más su oración y ayuno en la soledad del Monte Sinaí (Cf. Ex 32,30-31). En el libro de Números se recoge la intercesión de Moisés por las agrias protestas del Pueblo después de oír a los exploradores, que contaban lo que habían visto en tierras de Canán (Cf. Nm14,10ss). En algún momento aquel Pueblo a Moisés le amargó la vida, cosa que le valió una cierta reprobación del SEÑOR que se lo llevó en la contemplación de la Tierra Prometida, pero sin entrar en ella (Cf. Dt 34,1-4). Parece ser que Moisés no mostró de forma conveniente la acción del SEÑOR cuando el episodio del agua que mana de la roca en Masá y Meribá (Cf. Ex 17,6-7). Moisés aparece como un verdadero gigante espiritual en los primeros libros de la Biblia, y no se les puede discutir, pues Moisés es el fundador de la religión Yavista, que propone un estricto monoteísmo frente a los pueblos circundantes que eran todos idolátricos y politeístas.
La serpiente y la Cruz
“Dijo YAHVEH a Moisés: haz una serpiente venenosa de bronce y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil, y si una serpiente mordía un hombre y éste miraba a la serpiente de bronce quedaba con vida” (v.8-9). Sobre la serpiente del Jardín del Edén, que simboliza a Satanás, pesa una sentencia desde el origen: la DESCENDENCIA de la Mujer será quien le pise la cabeza mientras la serpiente intenta morder su calcañar (Cf. Gen 3,14-15). Este episodio de la serpiente de bronce está cargado de significado sobre el pecado, los efectos del mismo y su resolución por la Cruz de JESUCRISTO. ÉL no es la reproducción de la serpiente en bronce colgada de un mástil, sino la ofrenda propiciatoria por nuestros pecados (Cf. 1Jn 2,2). JESÚS clava en la Cruz la sentencia condenatoria por nuestros pecados, y san Pablo lo expresa así en la carta a los Colosenses: “a vosotros que estabais muertos en vuestros delitos y en vuestra carne incircuncisa, os vivificó juntamente con ÉL y os perdonó todos vuestros pecados. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la suprimió clavándola en la Cruz” (Cf Col 2,13-14) El veneno del pecado es neutralizado mirando a JESÚS en la Cruz, que muere por todos los hombres. Esta manera de proceder por parte de DIOS hacia los hombres es inaceptable para los judíos y para los griegos, y no lo entienden, sigue diciendo san Pablo: “nosotros predicamos a un CRISTO crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, un CRISTO, lo mismo judíos que griegos, un CRISTO fuerza de DIOS y sabiduría de DIOS.” (Cf. 1Cor 1,23-24). Los efectos beneficiosos del antídoto contra el pecado llegan por medio de la predicación de la Cruz. El valor de la Cruz está en el CRUCIFICADO, que asume el pecado de todos los hombres. En la Cruz triunfa el antídoto contra el pecado que es la Divina Misericordia. El pecado es odio o rechazo de DIOS y la serpiente presente en los cultos idolátricos de los pueblos circundantes a Israel, representaba toda la oposición al orden querido por DIOS. JESÚS es el “Cordero de DIOS” que carga sobre SÍ el pecado del mundo (Cf. Jn 1,29), clavándolo en la Cruz. Permanentemente, quien mira al CRUCIFICADO es perdonado, sanado, rehabilitado y un día resucitado con el SEÑOR. Muchas veces a lo largo de la vida tendremos que mirar al CRUCIFICADO con una postura interior de arrepentimiento para reencontrarnos con la Divina Misericordia.
La Cruz es el centro
Alrededor de los acontecimientos de la Pasión se fueron escribiendo los relatos evangélicos, que recogen la predicación y actividad de JESÚS. Siendo nuclear o central la Pasión de JESÚS, o la Cruz, sin embargo esa posición no es ecléctica, sugiriendo equidistancia entre posturas opuestas. JESÚS cuando anuncia su muerte y Resurrección, en los distintos lugares muestra una determinación bien pronunciada y definida. Los relatos de la Pasión, no obstante, están expuesto sin ningún tipo de dramatismo añadido, yendo en todo momento a lo esencial. Las revelaciones privadas o el testimonio extraordinario de la Sábana Santa, han venido a informarnos de los detalles estremecedores que acontecieron en el suplicio de JESÚS antes de su muerte en la Cruz, que es narrada sin victimismo alguno. La contención de los relatos evangélicos apoya su carácter inspirado y revelado. San Juan escribe su evangelio, del todo singular, señalando la condición única de JESÚS como el HIJO de DIOS, en todo momento. El evangelio propuesto para esta solemnidad está tomado del encuentro de JESÚS con Nicodemo, que busca a JESÚS en la noche para no quedar señalado entre sus compañeros del Sanedrín.
Algo sobre la identidad de JESÚS
“Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre” (v.13). JESÚS alude de forma implícita a su condición de RESUCITADO anticipando el acontecimiento. Con la Resurrección, JESÚS sube al PADRE: no me toques -le dice a María Magdalena-, pues aún no he subido al PADRE” (Cf. Jn 20,17). Nadie puede subir al PADRE, o al Cielo, mas que el HIJO; y JESÚS le revela a Nicodemo algo que ÉL dirá más adelante a los discípulos: “YO SOY el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie va al PADRE, si no por MÍ (Cf. Jn 14,6) Otros se unirán a JESÚS y ascenderán y subirán con ÉL; pero nadie puede subir por su cuenta, sino que ha de ser llevado. “Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré CONMIGO” (Cf. Jn 14,3). JESÚS puede subir junto al PADRE, porque desde el principio estaba junto a DIOS, porque es su VERBO coeterno y de su misma naturaleza. JESÚS abre a Nicodemo y a todos nosotros una rendija para contemplar la TRINIDAD. Nicodemo, junto con José de Arimatea, llevó los perfumes y ungüentos para embalsamar a JESÚS de forma provisional y ponerlo en el sepulcro el día de la preparación de la Pascua -viernes por la tarde-; lo que muestra su adhesión a JESÚS. Con toda probabilidad, Nicodemo se encontró entre las personas a las que JESÚS se reveló después de haber resucitado. La Divina Naturaleza de JESÚS está íntimamente unida a su condición de Hijo del hombre (Cf. Dn 7,13).
Levantado de la tierra
“Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre”. El Hijo de hombre que es JESÚS, también tiene que ser expuesto a la vista de todos, dice JESÚS. Esta viene a ser una forma de anunciar su muerte. Con la muerte de JESÚS en la Cruz, el pecado mostró su fatalidad. No sólo el pecado encierra la maldad propia del odio, sino que marca su imperio mostrándose como inevitable. En otra parte del evangelio de san Juan se dice: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia MÍ” (Cf. Jn12,32). Con JESÚS en la Cruz el pecado se encontró con la fuente de la Gracia; el odio del pecado se encontró con la fuente del Amor; y la muerte que parecía aniquilarlo se encontró con la Vida indestructible, porque aquel Hombre no tenía nada que ver con la desobediencia de Adán, y era inaccesible a la propia muerte. Nadie se salva por sí mismo ni puede haber otro Salvador mas que JESÚS el HIJO de DIOS.
Resultado último de la Fe
“Para que todo el que crea tenga por ÉL Vida Eterna” (v.15). Por la Fe en JESUCRISTO participamos de los efectos espirituales de su muerte y Resurrección. Por el Bautismo fuimos sepultados y por el Bautismo, también estamos incluidos en su Resurrección. La fuente del ESPÍRITU SANTO se abre a cada uno de los bautizados para participar también de su Resurrección. “Si el ESPÍRITU de aquel que resucitó a JESÚS de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a CRISTO de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su ESPÍRITU, que habita en vosotros” (Cf. Rm 8,11). La Vida Eterna de la que nos habla JESÚS no es una pervivencia espiritual de las almas más allá de este mundo sin orden ni concierto. Nosotros estamos llamados a participar como resucitados con CRISTO en un Vida Bienaventurada con carácter de eternidad dentro de la comunión de los Santos, en la que DIOS es todo en todos (Cf. 1Cor 15,28). JESÚS muere en la Cruz por todos nosotros para que lleguemos a la plenitud de la Bienaventuranza Eterna. Triste resultado de nuestra existencia sería el acabar nuestros días en este mundo y quedar en estadios espirituales intermedios, para no hablar de condenación definitiva. Los exorcistas se encuentran con frecuencia con almas errantes, que todavía no han hecho una opción por la Salvación de JESÚS y necesitan oraciones para salir de ese letargo espiritual.
Destinados a la Salvación
“Tanto amó DIOS al mundo, que dio -entregó- a su HIJO único, para que todo el que crea en ÉL tenga Vida Eterna y no perezca” (v.16). El PADRE ama a los hombres, nos conoce porque es nuestro CREADOR y ha decidido salvarnos de nuestros extravíos mediante el ejemplo y la ofrenda expiatoria de su propio HIJO. Esto último resulta más difícil de entender que la ejemplaridad. Cualquiera que se acerque a los evangelios percibe la soberanía ética de JESÚS y su condición espiritual del todo singular. La parábola del “hijo pródigo” recogida en san Lucas nos puede dar una idea aproximada del Amor del PADRE hacia nosotros. JESÚS es el HIJO, el amado en el que el PADRE se complace. Los evangelios transmiten las palabras de JESÚS sobre el Amor del PADRE por todos los hombres. Nuestra Fe es un don para la Vida Eterna, no sólo una de las causas fundamentales para dar sentido a esta vida. La Fe que da sentido y alcanza la Vida Eterna es la que se llena de la certeza sobre la Salvación proveniente de JESÚS muerto y resucitado, que volverá por segunda vez al final de los tiempos, sin relación alguna con el pecado. En ningún otro Nombre en el presente y en el futuro encontraremos la Salvación. Todo esto es así por la misma Voluntad del PADRE, que ha puesto en su HIJO todas las cosas.
El Amor es incondicional
“Porque DIOS no ha enviado a su HIJO al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por ÉL” (v.17). Son palabras que resultan desconcertantes, a las que debemos acercarnos con toda prudencia, pues sería peligroso para nosotros pensar que para DIOS todo vale, y cualquier modo de proceder es bueno y correcto. Ahora bien, ese versículo hace una afirmación categórica: JESÚS viene a Salvar a los hombres por expresa Voluntad del PADRE, y el que se pueda condenar es por decisión suya que rechaza el Amor incondicional de DIOS. Siempre cabe la pregunta, ¿habrá alguna persona que rechace la salvación? De nuevo debemos recordar que DIOS acepta siempre al que se arrepiente y pide perdón confesando su pecado. ¿Puede haber alguien que endurecido su corazón rechace el reconocimiento de la propia culpa? Si ante uno mismo aparece el propio mal, que uno mismo no quiere reconocer, ¿podemos encontrarnos con ese pecado que el propio san Juan en su carta dice que no se pida? (Cf. 1Jn 5,16). ¿Habrá casos en los que el alma se cierra de forma definitiva al Amor de DIOS? Esto último sería el pecado contra el ESPÍRITU SANTO. A DIOS le interesamos de forma especial cada uno de sus hijos y en JESÚS se cancela la deuda originada por nuestros pecados, pues el Juicio que nos debería afectar recayó sobre ÉL, dando a la Cruz un valor infinito de Redención.
San Pablo, carta a los Filipenses 2,6-11
San Pablo escribe la carta a los de Filipo acompañado de Timoteo, y lo hace desde la cárcel. Parece que este encarcelamiento fue el de Éfeso, pues el Apóstol tiene la convicción de volver a ver a los hermanos de Filipos (Cf. Flp 1,24-26). Las condiciones en la cárcel eran especialmente duras, pero san Pablo no se queja, pues dentro de la adversidad cuenta con el apoyo de los hermanos, que en alguna medida le prestan auxilio. San Pablo encarcelado se siente heraldo del Evangelio, que continúa su expansión por la predicación: “la mayor parte de los hermanos alentados en el SEÑOR por mis cadenas tienen mayor intrepidez en anunciar sin temor la Palabra” (Cf. Flp 1,14). No obstante hay otros que anuncian a CRISTO por rivalidad, pero el Apóstol se alegra, pues a fin de cuentas lo importante es que el Evangelio sea conocido. San Pablo en aquel momento afronta su destino sin temor a la muerte, en la condición de quién ha puesto toda su confianza en JESUCRISTO. Su conocimiento del SEÑOR hace posible esta composición sobre CRISTO, que resulta una profesión de Fe. La oscuridad de la cárcel y sus malas condiciones no son obstáculo para aportar uno de los textos más importantes del Nuevo Testamento. San Pablo lo introduce diciendo, “tened entre vosotros los mismos sentimientos de CRISTO (Cf. Flp 2,5).
Abajamiento
“CRISTO, siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a DIOS” (v.6). El HIJO, Segunda Persona de la TRINIDAD, tiene que venir a este mundo desde el seno del PADRE y se produce un descenso misterioso que decimos abajamiento. En la Oración Sacerdotal, san Juan recoge palabras que iluminan aquel estado: “ahora, PADRE, glorifícame TÚ con la Gloria que tenía junto a ti, antes que el mundo fuese” (Cf. Jn 17,5). El desprendimiento para venir a este mundo, según este texto, tuvo su vertiente de renuncia. Ahora JESÚS revela que antes que el mundo fuese o antes de la Creación, su estado junto al PADRE era distinto del presente y el HIJO ahora expresa el deseo del encuentro definitivo y reintegrador para siempre después de haber cumplido fielmente la misión encomendada. DIOS para existir en su plenitud no necesitaba creación alguna. Puede decirse que es el exceso de AMOR el que lo lleva a poner en marcha una Creación en la que se refleja la imagen del HIJO. La Creación se lleva a término mirando a la glorificación de la misma, cosa que exige su justificación o santificación. DIOS piensa la santificación de la Creación por medio de la Encarnación de su HIJO, la Segunda Persona. Modificaciones misteriosas tiene que aceptar el HIJO para hacerse con las riendas del mundo creado, encarnándose en la VIRGEN MARÍA. No tenemos categorías para describir el abajamiento del VERBO, tan sólo nos queda anotar el dato como nos lo ofrece el texto sagrado.
El VERBO se hizo hombre
“Se despojó de SÍ mismo, adoptando la condición de Siervo, haciéndose semejante a los hombres, y apareciendo en su porte como hombre” (v.7). El abajamiento estaba pensado que fuese según la figura del Siervo de YAHVEH recogido en los textos del profeta Isaías, dados a tal efecto. El VERBO se hace hombre y toma su humanidad de la VIRGEN MARÍA que se identifica como “la Sierva -esclava- del SEÑOR” (Cf. Lc 1,38). El SEÑOR va descendiendo y deja atrás algo de lo que comprende el coro más elevado de los Ángeles, el de los Serafines y gradualmente va dejando atrás la Gloria de los Querubines, Tronos, Dominaciones, Potestades, Principados, Virtudes, Arcángeles y Ángeles del noveno coro, para entrar en la humanidad preparada en el seno de la santísima VIRGEN MARÍA. Puede decirse que nadie en este mundo sabe lo que está pasando, pero en ese momento de la Encarnación los Ángeles fieles se postran en adoración: “adórenlo todos los Ángeles de DIOS” (Cf. Hb 1,6). Nadie sabe nada sobre el origen de JESÚS, si DIOS no lo revela. Tenían razón aquellos que discutían con JESÚS, que decían: “cuando el MESÍAS aparezca no sabemos de dónde viene” (Cf. Jn 7,27). El verdadero origen del REDENTOR está en DIOS mismo.
Obedeciendo hasta la Cruz
“Se humilló a SÍ MISMO, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz” (v.8). Había que reparar y expiar la desobediencia de origen. JESÚS es el “manso y humilde de corazón” (Cf. Mt 11,29), y ahora lo va a poner en evidencia por la pública humillación hasta el extremo. Se cumplen las palabras de la carta a los Hebreos: “JESUCRISTO aprendió sufriendo a obedecer, y se ha convertido para todos los que lo obedecen, en causa de Salvación Eterna” (Cf. Hb 5,8). Isaías había anticipado la misión única del Siervo de YAHVEH: “todos nosotros como ovejas erramos y cada uno se marchó por su camino. Y YAHVEH descargó sobre ÉL la culpa de todos nosotros. Fue oprimido y se humilló como una oveja llevada al matadero, sin abrir la boca” (Cf. Is 53,6-7). Las profecías sobre la Pasión y Cruz de JESÚS se cumplieron, pero en momento alguno la profecía es una predestinación inamovible. Si la respuesta de los presentes en aquel momento histórico hubiera sido otra, JESÚS no habría muerto en la Cruz y el destino de la humanidad habría caminado por veradas mucho mejores. Nuestra historia nos muestra que no avanzamos en una línea recta continua, sino que somos testigos de involuciones y retrocesos, como el presente cambio de época que nos toca vivir. El nivel espiritual y moral de las sociedades llamadas civilizadas deja bastante que desear cuando atendemos al valor dado a la dignidad del hombre, que en muchas ocasiones no obtiene la consideración de un animal cualquiera. Pero el estado de cosas actual es modificable y la fuerza de la Cruz volverá a resaltar por encima del desorden y desatino general.
Levantado de la muerte
“Por lo cual, DIOS, lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre” (v.9). La máxima obediencia de JESÚS en la Cruz representa la confianza total en el PADRE y su perfecta obediencia por Amor que se proyecta a los hombres como la fuente de la infinita Misericordia Divina. Todo pecado es perdonable a condición de manifestar expreso arrepentimiento. Incluso más: no se trataría de un perfecto arrepentimiento, sino de un cierto movimiento hacia el arrepentimiento, y la Gracia de DIOS hará el resto. Distintos son los pasajes evangélicos donde se muestra lo anterior. DIOS pide lo que algunos califican como un gesto en el sentido del arrepentimiento. El HIJO tenía toda la Gloria junto al PADRE desde toda la eternidad, y ahora le pertenece toda vida humana redimida para ser hijos de DIOS. ÉL nos ha adquirido al precio de su sangre, de toda raza, lengua, pueblo y nación… (Cf. Ap 5,9). No nos salvamos invocando el nombre de Buda, de Brahman, o de Patanjali; de Yogananda o de Zaratustra. Nadie se salva invocando el nombre de la energía cósmica, del atman del Universo, la Pachamama o de Gaya. Nadie se salva despertando, pretendidamente, chacras o recitando mantras con la columna vertebral muy recta y la mente muy quieta -pretendidamente-. Nadie se salva invocando espíritus, buscando mensajes en la güija; o, definitivamente, dando culto expreso a Satanás. DIOS sólo cuenta con un Nombre para salvarnos y es el de su HIJO, JESÚS. Para algunos muy evolucionados espiritualmente, este DIOS se ha quedado muy pobre, desperdiciando tanto gurú y maestro; pues este DIOS se ha quedado con el carpintero de Nazaret y para colmo crucificado en la misma madera que ÉL trabajó.
Glorificado en los Cielos
“Para que al Nombre de JESÚS toda rodilla se doble en los Cielos, en la tierra y en los abismos; y toda lengua proclame que JESUCRISTO es SEÑOR para Gloria de DIOS PADRE” (v.10-11). La rodilla se dobla como actitud visible de adoración. DIOS quiere que su HIJO JESÚS reciba el debido culto de adoración en los Cielos, en la Tierra y en los niveles espirituales destinados a la purificación de las almas. El CRUCIFICADO es ahora el que está a la derecha del PADRE recibiendo “todo el poder, honor y gloria” (Cf. Ap 4,11). No sólo quiere el PADRE que su HIJO reciba culto de adoración, sino que, consecuentemente, sea declarado SEÑOR. A precio de su misma sangre, JESÚS compró para DIOS todo lo que hay en los Cielos y en la Tierra. Todo le pertenece y ha quedado pacificado por la sangre de su Cruz (Cf. Col 1,20). Es suicida lo que las sociedades actuales en otro tiempo católicas provocan al desplazar y desterrar la inspiración cristiana de las manifestaciones políticas, sociales y culturales. JESUCRISTO es el SEÑOR de la historia.


