El evangelio de este domingo cuenta la parábola de la viuda desprotegida que pide justicia a un juez que por un tiempo hace oídos sordos. La intención de esta parábola, dice el evangelista, es subrayar la importancia de la oración insistente y sin desfallecer. La pregunta surge de forma inmediata, ¿es posible permanecer en oración veinticuatro horas?, ¿es necesario dedicar a la actividad de la oración todo el tiempo?, ¿pide, en realidad, JESÚS tal cosa? Realizando un recorrido por algunos lugares del Nuevo Testamento podremos esclarecer alguna cosa sobre esta cuestión, que debe ser importante. Los discípulos un día le dicen a JESÚS: “enséñanos a orar…” (Cf. Lc 11,1), de la misma manera que Juan Bautista enseño a sus discípulos. Para tratar sobre la oración que nos atañe a los cristianos, habremos de tomar como referencia el Padrenuestro, que JESÚS enseñó a los discípulos de todos los tiempos. La oración cristiana va dirigida al PADRE, por JESÚS el HIJO, bajo la moción del ESPÍRITU SANTO; y esta invocación la actualizamos cada vez que iniciamos una liturgia, de forma especial la Santa Misa, o damos inicio al día que comienza, o cualquiera de sus actividades importantes. Formulamos esta invocación trinitaria realizando al mismo tiempo la Señal de la Cruz. Este signo externo tiene una efectiva acción protectora, a modo de escudo espiritual frente a las inevitables influencias del Maligno. El que piense que tales cosas no suceden y están operativas, cae en una ingenuidad con graves riesgos. La Señal de la Cruz invocando la santísima TRINIDAD es un poderoso recurso de liberación espiritual. Rezamos por tanto el Padrenuestro siempre dirigido al PADRE, con esta oración hecha en el Nombre de JESÚS y movidos por el ESPÍRITU SANTO que ÉL ha enviado a nuestros corazones, pues “sabe orar como conviene” (Cf. Rm 8,26). Siempre que hablamos de la oración cristiana en un tono coloquial como aquí lo hacemos, resulta casi inevitable apuntar algunas ofertas espirituales que nada tienen que ver con la oración cristiana, aunque estén de moda y parezcan formas para gente muy avanzada. Hablamos de las distintas formas de meditación mediante técnicas de respiración y ejercicios varios, mantras e invocaciones extrañas, enigmáticas y reservadas para iniciados. Muchos quieren avanzar espiritualmente sin realizar verdaderos cambios de vida, y eso es imposible. Otros piensan crecer exponencialmente activando energías con la apertura de puntos o centros psicofísicos. Estos últimos están abriendo puertas espirituales con grave deterioro personal y escasas posibilidades de retorno, pues tendrían que reconocer su deteriorada situación, pasar por la confesión sacramental y encontrar un sacerdote con Poder de liberación -exorcista- para cerrar las puertas espirituales abiertas. Si vamos siguiendo el hilo de la cosa, nos damos cuenta de la cantidad de peligros espirituales de los que nos ha librado JESÚS con sus enseñanzas. El cristiano, el discípulo de JESÚS, tan sólo tiene que dirigirse al PADRE con las actitudes propias del hijo que pide, suplica o agradece, haciéndolo con sencillas oraciones, sin grandes peroratas (Cf. Mt 6,9-13). La oración cristiana es muy sencilla de realizar, porque DIOS está al otro lado de un pensamiento sencillo o una palabra sincera. DIOS es permanente Presencia: “en ÉL vivimos, nos movemos y existimos” (Cf. Hch 17,28). La oración puede ser continua, porque DIOS no se separa de nosotros. Un símil: no tenemos necesidad de buscar el aire en parte alguna, porque el aire nos envuelve en cualquier lugar que nos encontremos en circunstancias normales. Tan sólo queda disponer de un sistema orgánico respiratorio que no presente problemas anatómicos o enfermedad. Vivimos en DIOS tanto los creyentes como los agnósticos y los ateos; pero los dos últimos permanecen ajenos o directamente niegan que DIOS tenga algún tipo de Presencia, porque sencillamente no existe -dicen-. El creyente dispone de los medios espirituales para mantenerse en condiciones de encuentro con DIOS. Estas consideraciones van dirigidas precisamente al creyente, pues a pesar de todos los medios extraordinarios de los que disponemos, vivimos rodeados de muchos agentes disolventes, que tratan de debilitar o anular, si fuera posible, la conciencia de nuestra proximidad con DIOS. Especialmente desincentivador resulta encontrarse con alguien próximo que permaneciendo en un nivel práctica religiosa, sin embargo manifiesta gran soledad espiritual, pues no encuentra respuesta del SEÑOR. Para que estas situaciones se resuelvan favorablemente debe mantenerse activa la “comunión fraterna”, la cuarta columna de la comunidad: “los fieles eran asiduos a la Enseñanza de los Apóstoles, la Fracción del Pan; las oraciones y la comunión” (Cf. Hch 2,42). Tenemos un número de personas entre los asiduos a la práctica religiosa, que han perdido la convicción de la existencia de la Vida Eterna y esto es grave. Se puede establecer una ecuación: si DIOS es cercano y así lo percibo, la Vida Eterna es un hecho, porque DIOS no está ahora y luego desaparece. Otras confirmaciones las podemos extraer de la Palabra de la Escritura con toda solvencia.
La oración del corazón
Ora incesantemente quien aspira por DIOS sin interrupción. San Pablo da a entender que ora en glosolalia -lenguaje no conceptual mucho más que aquellos de Corinto, que ostentaban poseer dones y carismas (Cf. 1Cor 14,18). La oración cristiana realizada de forma continua siempre estará asistida por el don del ESPÍRITU SANTO, porque nadie puede dirigirse al PADRE debidamente, si no es bajo la acción del ESPÍRITU SANTO (Cf. Rm 8,15) y nadie puede decir en verdad, que JESÚS es el SEÑOR, si no es bajo la acción del mismo ESPÍRITU SANTO (Cf. 1Cor 12,3). La oración del corazón la asociamos al modo de oración realizada de forma especial por los padres del desierto, que empezaron a retirase precisamente al desierto a mediados del siglo tres, pero intensificaron su presencia a partir de la paz romana de Constantino, hacia el trescientos trece, esto es a comienzos del siglo cuarto. La zona más concurrida por estos anacoretas fue el alto Nilo, en Egipto. Habían cesado las persecuciones, y muchos temían caer en una vida licenciosa, y optaron por el rigor del desierto para dedicarse a la oración y la expiación. No todos los que querían en principio este estilo de vida pudieron llevarlo a cabo, pero hubo ejemplos de santidad. Entre los padres del desierto se fraguó la Oración del Corazón bajo la forma de la Oración de JESÚS, que se formula: “JESÚS, hijo de David, ten compasión de mí, pecador”. Vemos que es el grito de Bartimeo a la salida de Jericó cuando JESÚS emprendía el último tramo de la Subida a Jerusalén, según el evangelio de san Marcos (Cf. Mc 10,46ss). En realidad el concepto de “pecador” que completa el grito de Bartimeo, está tomado de la expresión del publicano en el Templo, que desde el último lugar no se atreve a levantar la mirada al Cielo y se golpea el pecho diciendo: “SEÑOR, ten compasión de mí, pecador” (Cf. Lc 18,47-48). Las actuales doctrinas de autoayuda, que propagan sus recetas y no arreglan nada, no aprobarán nunca esta fórmula evangélica trasladada a una oración continua. Sólo quien participa de la experiencia de este modo de oración puede dar crédito a las bondades de permanecer ante el SEÑOR en la condición de Bartimeo o de aquel publicano, que expresaban su conversión con realismo y sin trauma alguno. El reconocimiento de la propia condición delante del SEÑOR no hiere o aplasta, sino que sumerge al devoto en la gran Compasión Divina, que se corresponde con su Divina Misericordia. La jaculatoria se puede modificar: “JESÚS, HIJO de DIOS, ten compasión de mí, pecador”. Nosotros podemos tener una cierta dificultad para encontrar el profundo sentido teológico de “hijo de David”, y nos convendrá sustituirlo por HIJO de DIOS. Por un don especial aquellos anacoretas del desierto mantenían esta jaculatoria como una voz interior, que resonaba en ellos al ritmo del corazón y la respiración. Lograban de esa forma una oración continua, conscientes de su gran precariedad, sin desligarse un momento de la Presencia de DIOS. Algunos adelantaban en cierto grado la vida bienaventurada en el Cielo. No obstante, porque este mundo no deja de ser un campo de batalla espiritual, estas personas no dejaron de vivir los rigores de las tentaciones demoniacas. Esta oración de JESÚS ha ayudado indeciblemente a personas encarceladas, sometidas también a régimen de torturas. El rezo del Santo Rosario se acerca a la oración del corazón, o a la oración de JESÚS. En el Santo Rosario evocamos el momento de la Encarnación del VERBO en el seno de la santísima VIRGEN MARÍA, y este mundo -cosmos- empezó a ser de otra forma. La segunda parte de la oración es una composición de la Iglesia, a través del tiempo, que mantiene su paralelismo con la oración de JESÚS: “Santa MARÍA, MADRE de DIOS, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Evocamos la presencia de la MADRE, pedimos su intercesión porque somos pecadores; y pedimos que la intercesión suya se haga en ese instante ante su HIJO, y de modo especial en el momento de la muerte cuando el viaje por este mundo haya terminado, porque ese final coincidirá con el juicio particular y la necesitaremos como abogada nuestra, pues así lo rezamos también en la Salve. En cierta medida, quien ora con el corazón es llevado por la oración, que se mantendrá ininterrumpida mientras el obstáculo del pecado no se haga presente.
Guerra contra Amalec
“YAHVEH está en guerra contra Amalec de generación en generación” (Cf. Ex 17,16). Así concluye el texto, que nos trae la primera lectura de este domingo. Las guerras del Pueblo elegido son las guerras de YAHVEH, y van destinadas a eliminar el mal de la faz de la tierra. La Palabra de DIOS encuentra dos modos principales de situar al hombre en este mundo: como un trabajador que ha de realizar bien su tarea para vivir, y la de un militar que sirve bajo una de las dos banderas posibles, la de YAHVEH o la de Amalec en este caso. La tierra que DIOS da a sus hijos “mana leche y miel” (Cf. Ex 3,17); pero esa tierra en cuestión hay que conquistarla pues está ocupada por fuerzas dañinas. DIOS está dispuesto a ir delante en la conquista de la tierra, pero no hará nada si el hombre no da los primeros pasos. El dueño de la tierra es YAHVEH, y quiere que se le reconozca como SEÑOR de la misma. Los ocupantes pueden haber entregado esa tierra a otros dioses, ofreciéndoles cultos aberrantes y deshumanizadores, por eso YAHVEH los quiere desposeer de esa tierra, que no es suya. DIOS cuenta con el hombre para transformar el mundo, erradicar el mal e implantar su Reinado. YAHVEH se enfadó mucho cuando los exploradores enviados por Moisés a inspeccionar la Tierra de Canán volvieron desanimando a la gente, dando la derrota por descontada pues decían que era imposible conquistar la Tierra Prometida bajo juramento por parte de YAHVEH a los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob. La sentencia fue muy dura: todos los que protestaron quedaron en el desierto, por el que anduvieron cuarenta años, hasta que estuvo a punto la generación nueva, que no había protagonizado aquella protesta y rebelión. DIOS da el encargo, provee de lo necesario y garantiza la victoria, por lo que el hombre no tiene excusa para volverse atrás. Las guerras que ha de librar Israel son las que YAHVEH le encarga; y las que emprende por su cuenta son guerras propias destinadas al fracaso. En este episodio de los israelitas contra Amalec se ofrecen los medios para vencer en la lucha. Amalec representa al Malo que pugna contra YAHVEH siempre que le es posible, aunque sabe que su derrota final está asegurada, pero es cierto que obtiene victorias parciales.
Dudas improcedentes
Masá y Meribá, en el desierto de Refidín, es el lugar que evoca una duda cínica por parte de Israel, que termina en rebelión. El agua brota de la roca ante la protesta y exigencia del Pueblo, sin embargo permanece un falso dilema: “¿Está YAHVEH entre nosotros o no?” (v.7). Todavía otro episodio que obliga a reconocer la presencia de YAHVEH en medio de su Pueblo. Aparecen los amalecitas, que poblaban aquella región para enfrentarse a los israelitas. Los amalecitas eran descendientes de Esaú y los israelitas descendientes de Jacob. Después de cuatrocientos treinta años volvían a encontrarse las generaciones de los dos hermanos mellizos, de los que Esaú era el primogénito y Jacob el segundo en nacer. La bendición y primogenitura la obtuvo Jacob y desde entonces permaneció una hostilidad latente, que se visibilizó más adelante como en este caso. De otro modo se repite la historia de Caín y Abel, que está en la base de las enemistades que llevan a la tragedia.
Josué al frente de Israel
“Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidín. Moisés dijo a Josué: elige algunos hombres y sal mañana a combatir contra Amalec. Yo me pondré en la cima del monte con el cayado de DIOS en mi mano” (v.8-9) Israel vería por enésima vez que YAHVEH estaba con él, y daría la victoria a su Pueblo elegido, que no perdía oportunidad para la protesta. Josué está siendo el encargado de ponerse al frente del ejército de Israel, que de momento parece estar formado por un número reducido. La escaramuza de los amalecitas no debió requerir más que algunos hombres en edad de ir a la guerra, pero eso por sí solo no era suficiente para la victoria. Las flechas, lanzas y espadas no son suficientes para la victoria. La contraofensiva a los amalecitas tiene que ir estrechamente acompañada de la actuación de YAHVEH, que debe ser pedida. El intercesor para esa y otras oraciones es Moisés, al que DIOS escucha en primer lugar. Desde el desierto de Refidín hasta la Montaña Sagrada hay una distancia de varios kilómetros, por lo que el monte al que sube Moisés, en este caso, habría sido alguna colina desde la que era posible observar la marcha de la contienda. Moisés sube principalmente a este monte a orar al SEÑOR, para que la victoria sea un hecho y el Pueblo pueda continuar en paz. Cuando Moisés mantenía sus brazos levantados hacia el Cielo en actitud de súplica, vencía Israel; y en el momento en el que bajaba los brazos, vencía Amalec. Había, por tanto, que mantener viva la intercesión de Moisés, para que la victoria estuviese de parte de Israel. Sentaron, pues, a Moisés en una piedra, y los dos acompañantes, Aarón y Hur, permanecían sosteniendo los brazos de Moisés, y de esa forma conseguir la victoria total. La oración de Moisés es necesaria para hacer efectivo el Poder de DIOS y ganar la batalla. Los comentaristas quieren ver en Aarón y Hur a la comunidad que en un momento dado sostiene la oración, que en nuestro caso es realizada en el Nombre de JESÚS. Es muy aceptable esa visión del episodio, pues no nos falta la intercesión de JESÚS, que debe estar reclamada por la comunidad orante.
Victoria de Josué
“Josué venció a Amalec a filo de espada (v.13). La lucha se prolongó durante todo el día, pero gracias a Aarón y Hur, Josué consiguió la victoria a punto de ponerse el sol. El mensaje nos llega: cada día tiene su lucha contra Amalec y el descanso del guerrero llega a la puesta del sol como nos cuentan estos versículos. DIOS no quiere personas presuntuosas, pero está para dar la victoria en la lucha en todas las ocasiones posibles. En nuestro caso, los cristianos, no tenemos motivos para ser personas derrotadas, sino todo lo contrario, pues la victoria es del SEÑOR.
Escritura
“YAHVEH dijo a Moisés: escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo” (v.14). La transmisión oral de las historias de un pueblo están sujetas a variaciones que pueden llegar a invertir el sentido de los acontecimientos. La escritura fija lo narrado, y favorece el estudio y análisis de las fuentes. Lo escrito desarrolla un canon o criterio de autenticidad, que se contrasta con la transmisión oral. A los antiguos les concedemos en general una gran memoria, que facilitaba la fiabilidad de lo recibido. Por este versículo y otros, atribuimos a Moisés la autoría del Pentateuco, que sin descender a tecnicismos podemos conceder como padre espiritual del mismo. No es necesario que él hubiese escrito línea por línea para considerarlo como el fundador del Yavismo, y por tanto inspirador del actual Pentateuco. Son los grandes acontecimientos los que dan origen a una religión. DIOS ha intervenido en la historia de los hombres y Moisés pone por escrito los grandes acontecimientos fundacionales del Pueblo de Israel. La Revelación bíblica se fundamenta en la intervención de YAHVEH, y los autores sagrados escapan a cualquier especulación teórica sobre DIOS. DIOS está en medio de su Pueblo.
La oración y la Luz
No sólo el evangelio de san Juan señala a JESÚS como LUZ del mundo (Cf. Jn 1,4; 8,12), también san Lucas trae a su evangelio la dimensión de JESÚS como la LUZ que da visión a los ciegos. Todos los hombres nos comportaríamos como ciegos ante la ausencia de la luz del sol o la iluminación artificial; lo mismo sucede en el plano espiritual: somos capaces de ver si la LUZ nos ilumina. Desde el primer momento, JESÚS dice que viene a dar la vista a los ciegos (Cf. Lc 4,18). Están curados de su ceguera aquellos que ven a JESÚS, como sucede en el caso de Bartimeo (Cf. Lc 18,41-43). Se necesita una nueva inteligencia para descubrir a JESÚS en la Escritura (Cf. Lc 24,27), tanto a los discípulos de Emaús como a los Apóstoles. La iluminación evangélica, la que el cristiano se debe procurar en esta vida es la viva conciencia de ¿quién es JESÚS? La iluminación cristiana no es exactamente la iluminación de los alumbrados supeditados a visiones o premoniciones. La iluminación cristiana está en el conocimiento de JESUCRISTO, de su Cruz y Resurrección. Cuándo el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará esta Fe en la tierra? Bartimeo aparece aquí, en el evangelio de san Lucas, en los últimos versículos del capítulo dieciocho. Bartimeo comienza a ver cuando llama a JESÚS con un título que los propios discípulos no aprecian. JESÚS con anterioridad, teniendo en cuenta la Subida a Jerusalén, volvió a insistir sobre los padecimientos del Hijo del hombre, pero ellos, los discípulos, “no entendían nada” (v.34). Los discípulos después de mucho tiempo al lado del MAESTRO no reconocían su condición como el Hijo del hombre o el Siervo de YAHVEH, al que se le iba a “cargar con los pecados de los hombres” (Cf. Is 53) Los anuncios de la Pasión serían reconocidos más tarde. De la composición de este capítulo dieciocho deriva la comentada “Oración de JESÚS”, que servirá de expresión verbal a la “Oración del Corazón”. Bartimeo ofrece la composición principal: “JESÚS, hijo de David, ten compasión de mí” (v.38); y el publicano de la parábola, que ora en el Templo, añade: “pecador”. (v.13). La oración continua requerida en este capítulo al comienzo, está propuesta a lo largo del mismo capítulo. La herencia de los padres del desierto fue recogida por la Iglesia Católica de rito oriental, de forma especial, y a partir de mediados del siglo once por la Iglesia ortodoxa. En la actualidad esta oración tanto en el fondo como en la forma es apreciada por todos los que buscan medios para perseverar en la oración, considerándola como la respiración del alma. Un alma que vive de la caridad de la oración da vida a todas sus obras cotidianas. No nos equivoquemos: las actividades por sí mismas no son oración. Pueden ser transformadas en motivos de Caridad cuando se ha dedicado un tiempo específico al encuentro con DIOS. Cada día tiene su propio afán (Cf. Mt 6,25-34). Un periodo o intervalo de tiempo diario ha de ser dedicado a levantar la mirada interior hacia DIOS. Si tal cosa se realiza es fácil continuar ese momento de encuentro con la “Oración de JESÚS”. Es una oración en la que el orante se reconoce pecador, como es en realidad; y el SEÑOR levanta el alma de esa persona conforme a la ley espiritual establecida: “el SEÑOR levanta a los humildes” -a los que se humillan-(Cf. Lc 1,52).
DIOS es bueno
JESÚS sabe que tenemos serias dificultades para acercarnos a una comprensión acertada de DIOS. “Había un juez en una ciudad, que ni temía a DIOS ni respetaba a los hombres” (v.2). Este juez padece, lo que consideraríamos como una falta de empatía total. De suyo un juez debe practicar una cierta circunspección con objeto de procurar objetividad en las valoraciones y dictámenes; pero una total falta de empatía deshumaniza a quien debe leer las circunstancias que envuelven a los hechos que se han de enjuiciar. El juez aquí presentado es en extremo distante. DIOS no es así, y JESÚS en este evangelio de san Lucas habla de la permanente fuente de Misericordia que late en el corazón del PADRE por todos y cada uno de los hombres, como muestran las parábolas de la Divina Misericordia, recogidas en el capítulo quince, o la del “Buen Samaritano” (Cf. Lc 10,30ss). Nos dice san Juan: “tanto amo DIOS al mundo, que envió a su HIJO al mundo, para que el mundo sea salvo por ÉL” (Cf. Jn 3,16). Pero las imágenes que nosotros elaboramos de DIOS no se corresponden con la Verdad del mismo: “DIOS es AMOR” (Cf. 1Jn 7,7). Para comprender quién es DIOS, en el estado actual que nos toca vivir, tenemos que mirar a JESÚS y acercarnos a su Mensaje. Ahora conocemos en la Fe. Vivimos el tiempo de la Fe, en el que las imágenes y pensamientos sobre DIOS son muy limitados, pues ÉL vive en una “LUZ inaccesible para nosotros”: san Pablo dice a Timoteo, que conserve el mandato sin tacha ni culpa, hasta la manifestación de nuestro SEÑOR JESUCRISTO manifestación, que a su debido tiempo hará ostensible el único soberano, el REY de los reyes y el SEÑOR de los señores; el único que posee inmortalidad, que vive en una LUZ inaccesible a quien no ha visto ningún ser humano ni lo puede ver. A ÉL la Gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Cf. 1Tm 6,14-16). Mientras vivamos en este mundo la fuente de conocimiento de DIOS será la Escritura, pero la distorsión de la imagen forjada se produce, y alguien puede sentir que DIOS está ausente e insensible a los problemas de cada uno de nosotros, sus hijos.
Una viuda
“Había en aquella ciudad una mujer viuda que acudía a él para decirle: hazme justicia contra mi adversario” (v.3). Dice el refrán, que con frecuencia “se hace leña del árbol caído”. Debemos atender a lo que dice san Pablo sobre la atención a las verdaderamente viudas, pues a las jóvenes recomendaba que volvieran a casarse, y sólo aquellas que habían alcanzado una edad avanzada y no contaban con apoyo familiar se debían considerar para entrar en la corriente de solidaridad de la comunidad (Cf. 1Tm 5,3). Huérfanos y viudas, estaban considerados entre los más desfavorecidos, pero también se pueden añadir todos aquellos afectados de una minusvalía, como los distintos tipos de parálisis, cojos, ciegos y otras enfermedades crónicas que en aquel tiempo no estaban definidas. Todas estas dolencias, de forma especial, crean unas condiciones subjetivas particulares desde las cuales se mira a DIOS. A la desgracia social o por enfermedad, cabía añadir la consideración personal de rechazado de DIOS. De forma especial, JESÚS viene a tender una mano de Divina Providencia a este tipo de personas, los anawin. JESÚS propone en esta parábola a una persona marginal, que a pesar de ser descalificada religiosamente, persiste en llamar para ser escuchada.
La viuda insistente
“Durante mucho tiempo este juez no quiso hacer justicia…, como esta viuda me causa molestias le voy a hacer justicia, para que no venga continuamente a importunarme” (v.4-5). Pasa mucho tiempo, le parece a la viuda, sin que el juez se decida a hacer justicia. El ánimo de la viuda pasó por las fases de confianza, decepción, rabia y desesperación, probablemente. Llegada al punto de la desesperación el giro a la confianza puede venir de un acontecimiento interno o externo. Esta secuencia de estados interiores va sucediéndose a lo largo del tiempo, al paso de los años, y mirando atrás casi nada de lo querido se movió, pero en la perseverancia se forjó la Fe. Miles de jornadas de lucha, en las que cada día transcurrido ha sido un verdadero milagro de supervivencia; y en la oscuridad del camino sólo la Fe nos alumbra como dice el místico.
El SEÑOR pronto vendrá
¿DIOS no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a ÉL día y noche y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto; pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará esta Fe en la tierra? (v.7-8). La conclusión de la parábola le da su verdadero sentido, al referir la Fe que debe prevalecer incólume a la espera del Hijo del hombre en su Segunda Venida para el cierre de la historia de la humanidad. La viuda que pide justicia no es sólo el anawin, debemos incluir a la misma Iglesia y la humanidad en su conjunto. Todavía el Apocalipsis señala otro grupo que reclama justicia al único JUEZ. A este grupo de mártires que esperan justicia se les dice que esperen todavía un poco más, hasta que se complete el número de los redimidos: “cuando el CORDERO abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados, a causa de la Palabra de DIOS y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar, ¿hasta cuándo, Dueño Santo y veraz vas a estar sin hacer justicia y sin tomar justicia de los habitantes de la tierra?. Entonces se les dio un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco y se completase el número de sus consiervos y de los hermanos que iban a ser muertos como ellos” (Cf. Ap 5,9-11). Tanto los que esperan bajo el altar, como la viuda que nos representa a todos los hombres desvalidos, el factor principal de la prueba es el de la duración de los tiempos que DIOS emplea para llevar a término sus designios. No conocemos los tiempos de DIOS, y nos son ocultados en su exacta medida, aunque el SEÑOR ha dado a conocer algunas señales que marcan periodos diversos o épocas. La brevedad de nuestra existencia no impide que se nos antoje muy dilatada según las circunstancias y la apreciación interna. La parábola que daba comienzo con el caso de una viuda pidiendo justicia concluye con la Justicia del Día del SEÑOR en su Segunda Venida, y lo único que puede dar el éxito a la persona particular es la Fe. La Iglesia está llamada entre otras cosas a corregir en cada tiempo las visiones distorsionadas de DIOS, que puedan tener los hombres de cada momento histórico. La imagen que tengamos de DIOS repercute inmediatamente en la relación que mantengamos con ÉL.
San Pablo, segunda carta a Timoteo 3,14—4,2
Atendamos a las palabras de san Pablo a Timoteo, para que esté prevenido en cuanto al comportamiento y condición de los hombres en los últimos días: “en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles. Los hombres serán egoístas, avaros, soberbios, fanfarrones, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos irreligiosos, desnaturalizados, implacables, disolutos calumniadores, despiadados, enemigos del bien, traidores, infatuados, temerarios, más amantes de los placeres que de DIOS, y algunos tendrán la apariencia de verdad, pero desmentirán su eficacia; guárdate también de ellos” (Cf. 2Tm 4,1-5). Estos versículos dibujan un perfil para una plantilla aplicable a muchos tiempos y lugares, pero no deja de sorprender su actualidad. Los siguientes consejos del Apóstol que vienen en los próximos versículos tratan de prevenirlo, para que se fortalezca espiritualmente, pues los tiempos exigen vivir con discernimiento, ya que “somos libres para actuar, pero no todo conviene” (Cf. 1Cor 10,23).
Perseverancia
“Persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste; pues desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la Salvación mediante la Fe en CRISTO JESÚS” (v.14-15). El cambio continuo, y en ocasiones súbito, genera un profundo desarraigo. Las generaciones jóvenes son las que sufrirán más desconcierto, al hacer imposible racionalizar los cambios sucesivos. Al sujeto se le remite en estos momentos no a lo que examina con análisis y discernimiento, sino a lo que pueda sentir y a la autopercepción de lo que siente. Para esto no tiene que realizar esfuerzo alguno en pensar o discernir. El criterio viene inmediatamente del me parece o del me apetece; y esto que pienso o siento lo convierto en categoría que todos han de asumir sin réplica alguna. El padre, el profesor o el médico, no podrán discutir el me siento del adolescente que tienen delante. Personas con esta estructura psíquica se invalidan para la madurez personal y para la Fe, salvo la realización de un milagro de parte de DIOS, que los devuelva a la normalidad de ser a “su imagen y semejanza”; es decir: deben ser provistos de nuevo de razón y voluntad suficientes. San Pablo en estos versículos remite a Timoteo a la Fe de sus padres “teniendo en cuenta de quién lo aprendiste”, pues no sólo son necesario las palabras, sino también el ejemplo de las personas, que encarnan los modelos de comportamiento. Hoy se quiere borrar del mapa mental de los niños y jóvenes cualquier modelo que encarne valores tradicionales, que en realidad se necesitan vigentes en todos los tiempos. Timoteo es apreciado especialmente por el Apóstol debido a su juventud, y “desde niño fue iniciado en las Sagradas Letras para su Sabiduría”. Nuestros niños raramente ven a los padres rezar o abrir la Biblia para comentar o reflexionar en familia la Palabra. La mayoría desconocen las oraciones más elementales, e incluso quién es JESUCRISTO.
Valor de la Escritura
“Toda Escritura es inspirada por DIOS y es útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para enseñar en la Justicia” (v.16). La inspiración de los libros sagrados a la hora de ser escritos garantiza la revelación. En palabras humanas recibimos algo de lo que el VERBO eterno inefable nos quiere decir. DIOS en la Biblia se hace Palabra humana, se revela a SÍ MISMO y dice también quiénes somos los hombres. Los setenta y tres libros de la Biblia Católica son necesarios para enseñar, y de forma especial los contenidos en el Nuevo Testamento. El creyente debe disponerse como discípulo para aprender de la Palabra de DIOS. Después de un cierto tiempo de aprendizaje personal es posible hacer a otros partícipes de la enseñanza recibida como es el caso de los sacerdotes, los catequistas, y debiera darse esta enseñanza por parte de los padres hacia los hijos. Un criterio bíblico tiene un alto grado de garantía para la exhortación y la corrección fraterna, pero podría mirar también el criterio autorizado de la Iglesia compendiado en el Catecismo de la Iglesia Católica. La Palabra es el contenido para el pedagogo que debe enseñar en la Justicia, es decir, en el orden justo que DIOS quiere para los hombres. El que se provee de la Palabra bíblica y de la sana doctrina “está capacitado para toda obra buena” (v.17) dice el Apóstol.
La evangelización
En el comienzo del capítulo cuarto de esta carta, san Pablo adopta un tono de máxima urgencia por la evangelización que debe llevar a cabo su hijo espiritual y discípulo, Timoteo: “te conjuro en presencia de DIOS y de CRISTO que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su Reino: proclama la Palabra insiste a tiempo y a destiempo; reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina” (v.1-2). San Pablo adopta la posición de máxima autoridad espiritual sobre su discípulo y le pone delante la misión y la responsabilidad ante DIOS de Evangelizar. No parece en absoluto que Timoteo pusiera obstáculos a la misión, pero el Apóstol enfatiza solemnemente el envío y la urgencia para evangelizar. La predicación es esencial para dar a conocer a JESUCRISTO y extender su Reino. Por Caridad ante una sociedad descreída tiene que evangelizar “a tiempo y a destiempo”; porque no se sabe dónde y cuándo la semilla de la Palabra va a germinar. La Palabra está cargada de autoridad para reprender conductas indebidas, y el evangelizador en estos casos se expone de forma directa. En determinados momentos recurre a la “amenaza”, dice el Apóstol, pues el riesgo de negación y condenación personal es una posibilidad trágica; pero el uso indebido, o abuso, de este recurso produce malos resultados. El Apóstol no deja de reconocer lo conveniente de la “exhortación paciente con toda doctrina”, pues el ejemplo, la empatía y la paciencia dan a entender al evangelizado que se le toma en consideración. El evangelizado nunca puede ser una pieza conquistada, sino una persona que vive de forma festiva el regreso a la casa del PADRE.


