Hoy escuchamos el capítulo XV del Evangelio de San Lucas, donde nos narra tres parábolas que hacen alusión a la misericordia. Es llamado este capítulo: “el corazón del Evangelio de San Lucas”. Lo que ha motivado a Jesús a dejar esta enseñanza es la actitud de fariseos y escribas que lo criticaban por recibir y comer con pecadores. La base de la crítica era el presupuesto de que un judío no podía juntarse con los “sin Dios”, con los arreligiosos, y Jesús los acoge y come con ellos.
Jesús desea cambiar la imagen que se tenía de Dios y nos deja esta enseñanza sobre la misericordia y el perdón divino. Además, desea dejar claro en estas tres parábolas, cómo siente a Dios en su vida; un Dios que sabe respetar la libertad de sus hijos y sabe alegrarse cuando reconocen sus errores y queda bien plasmado en la actitud de los tres protagonistas de las parábolas:
Elementos claves en las tres parábolas.
1°- Se da un alejamiento:
- Una oveja que se aleja del rebaño y del pastor; eso la conduce a perder el camino.
- Una moneda que está apartada de los ojos de su dueña y permanece perdida.
- Un hijo que se aleja de la casa paterna y de su padre.
2°- Se da una búsqueda:
- Un pastor que sale a buscar la oveja perdida.
- El ama de casa que es capaz de revolver toda la casa para encontrar la moneda perdida.
- El padre que parece que no sale de su casa, pero tiene un movimiento interno de búsqueda de su hijo, lo espera y al verlo sale corriendo a encontrarlo.
3°- Se da la alegría, por el encuentro, expresada en fiesta:
- Un pastor, que llama a sus amigos y les dice “alégrense conmigo porque ya encontré la oveja que se me había perdido”.
- Un ama de casa que va con sus amigas y las invita: “alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido”.
- Un padre que llama a sus criados y les ordena: “traigan el becerro gordo y mátenlo. Hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Las tres parábolas remarcan la alegría, la fiesta por el reencuentro; más que parábolas de la misericordia, son parábolas de la alegría. Jesús desea quitar esa imagen de Dios lejana, ese Dios que juzga, que castiga, que necesita honores. Jesús presenta a un Dios que busca y su búsqueda es por amor y el encuentro se vuelve alegría, fiesta. No quiero que se nos escape tampoco un detalle: En las tres parábolas quien actúa es siempre el mismo. Quien ha perdido la oveja, la moneda o el hijo, es quien deja a las noventa y nueve y va tras la descarriada; es quien enciende la lámpara y barre la casa y busca con cuidado; es quien lo vio y se conmovió, corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. Los tres personajes, buscan hasta que encuentran, porque en ello les va la vida y la alegría.
Centrémonos en la parábola del Padre amoroso y analicemos las actitudes de los personajes:
El Padre: Ante la solicitud del hijo menor, de querer la parte de la herencia, aquel hombre no contradice, sabe que su hijo desea alejarse del hogar, le da la libertad y le concede lo que le está pidiendo.
El hijo menor: Quizá se siente ahogado por la presencia de su padre, desea alejarse de la casa paterna; ve el mundo como una oportunidad de progreso, de diversión, de gozo. Toma lo que considera suyo y se aleja. Sabemos que lo perdió todo y se puso a trabajar en un oficio indigno para un judío, como era el “cuidar cerdos”. Pero estando en aquella situación, recapacita y prepara un discurso que le dirá a su Padre.
El hijo mayor: Nos encontramos la contrafigura de este hermano, que nunca ha dejado la casa paterna y ha cumplido las normas; pero no ha conocido el amor de su Padre y ve con malos ojos la acogida que le hacen a su hermano. Se siente digno, perfecto; resalta su integridad: “hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos…” y viene el reproche hiriente: “pero eso sí, viene ese hijo tuyo…”, resaltemos que no lo llama hermano; “…ese hijo tuyo que despilfarró tus bienes con malas mujeres”, está haciendo un juicio, ya que no sabe a ciencia cierta cómo perdió o malgastó el dinero. Notamos en este hijo mayor una actitud egoísta y envidiosa, actitud de todo fariseo, actitud de todo aquel que se siente perfecto y con licencia para enjuiciar a los demás.
La actitud del Padre es la misma para con los dos; recuerda al hijo mayor que ha llegado su hermano y que es un gran motivo para hacer fiesta, ya que “estaba muerto y ha vuelto a la vida”. El Padre desea que su alegría se difunda y que todos participen de ella.
La parábola queda abierta; no nos dice si aquellos hermanos se fundieron en un abrazo; ni si el hermano mayor fue capaz de disfrutar de aquella fiesta; ni qué hizo el Padre, ¿se quedaría afuera con el hijo mayor?
¿entraría a la fiesta con el hijo menor? Jesús nos ha querido dejar esta parábola para que reflexionemos en las actitudes de los tres personajes. Analicemos nuestras vidas y en ellas las actitudes que muchas veces tomamos: ¿Somos capaces de perdonar como el padre amoroso? ¿Somos capaces de reconocer que nos hemos equivocado como el hijo menor y pedir perdón? ¿Acaso nos sentimos perfectos y buenos como el hijo mayor?
Hermanos, si hay un pecado abominable en la Sagrada Escritura a los ojos de Dios es la idolatría, es decir, la creación de falsos dioses hechos según modelo y capricho de los hombres, con el fin de suplantar al Dios verdadero. La idolatría niega a Dios su libertad y su bondad. El ídolo es un falso dios, cuyo objetivo es confundir la bondad de la creación del Dios misericordioso. La misericordia de Dios es de tal calado que incluso está dispuesto a perdonar el abominable pecado de la idolatría, siempre que el creyente termine por reconocer y confesar al Dios vivo y verdadero, origen de todo bien, de toda libertad y de toda justicia. El poder del Dios cristiano está precisamente en la fuerza de su perdón por amor. Quien ama es capaz de perdonar y no olvidemos ¡Dios es Amor!. Perdonar no es un acto de cobardía ni de debilidad, al contrario, es una acción de valentía, de coraje y de apuesta por el futuro. El perdón de Dios es garantía de un futuro mejor para todos.
Hermanos, no tiene cabida, a la luz de esta parábola, el rencor ni el resentimiento en la comunidad cristiana, sólo la alegría y el festejo cada vez que uno de nosotros busca reconciliarse, congeniarse con el Señor. La actitud de vuelta del hijo menor es humilde, con disposición de entrar al servicio, como jornalero de la casa. Cabe pues preguntarnos ahora, primero: ¿Cuál es nuestra actitud frente al pecado personal? En segundo lugar: ¿Cuál es nuestra actitud como hermanos mayores de la parábola? Nunca olvidemos que Dios espera con los brazos abiertos al ser humano, a nosotros nos toca volver, volvamos a Él.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


