¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

El movimiento de Jesús es constante, sigue de camino hacia Jerusalén, es decir, sigue el plan salvífico del Padre, y durante su travesía por Galilea nos muestra su compasión con los más necesitados, sobre todo con los enfermos, aquellos que eran descartados de la sociedad. El Evangelio que escuchamos hoy, nos narra un milagro de curación a diez leprosos. Fijémonos en estos dos hechos:

1°- La súplica confiada: ¡Ten compasión de nosotros!”. Recordemos que la “lepra” esa enfermedad de la piel, se consideraba contagiosa y las personas que contraían esa enfermedad eran expulsadas de los pueblos; vivían al margen de la sociedad, se alimentaban de la caridad de las personas; eran excluidos y señalados, se les prohibía entrar en contacto con las personas, estaban impuros. Podemos decir eran excluidos de la sociedad, de la familia y se sentían repudiados por el mismo Dios. No conocemos cómo supieron de Jesús, pero al ver que pasaba cerca, aprovecharon para solicitar su más grande deseo y así, escuchamos en el Evangelio que al salir al encuentro de Jesús, “se detuvieron a lo lejos y a gritos se dirigían a Él”. Vemos esa distancia que ponen por prudencia, pero desean la curación y ser incorporados a la vida; perciben en Jesús su única esperanza, de allí que le griten: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. Aquellos diez, necesitaban la compasión de Dios, pero también la compasión de sus semejantes.

Jesús fue un hombre que vivió la compasión al máximo, dedicó su vida a hacer el bien. Era Maestro compasivo en el sufrimiento. Compadecerse es sufrir con el otro, entrar en comunión con sus dolores. Sufría con el dolor ajeno y lo remediaba. La compasión ofrecida por Jesús es para todos. Esa compasión nos invita para que, como Iglesia la vivamos, que se haga vida en cada cristiano. Vivir la compasión es ir en contra de la cultura actual que nos invita al individualismo, al egoísmo, a la indiferencia, a no conmovernos con los acontecimientos de dolor y sufrimiento de los demás, a erradicar toda dosis de compasión que pueda existir en nuestro corazón. Al ver tanta violencia, cómo mueren personas asesinadas, no sólo hermanos del crimen organizado, sino también soldados o hermanos de la guardia nacional y también tantos ciudadanos inocentes, como aquí se dice: ‘tuvo la desdicha de estar en el lugar equivocado o de pisar donde estaba una mina mortífera’. Al ver familias desplazadas o que tienen familiares desaparecidos o que han sido privados de su vida de manera injusta; al ver esas cargas del secuestro o cobro de piso, que la compasión esté siempre en nuestro corazón. Los cristianos por esencia hemos de ser compasivos.

En tiempos de Jesús, la lepra se contagiaba y la carne podrida se dejaba ver, hoy ya no hablamos de lepra, ahora hablamos mucho de corrupción, de ese virus que corrompe el alma y no respeta clases sociales; ese virus que da paso a la avaricia, a la arrogancia, ese virus que justifica todo mal y toda mentira. Me llena de tristeza la información del “huachicol fiscal” o robo de combustible por parte de altos mandos del gobierno. Siento impulso de gritar con fuerza el grito de los leprosos: ¡Señor, ten compasión de nosotros!. Ante la corrupción que lo invade todo, unámonos en una sola súplica: ¡Señor, ten compasión de nosotros!.

El Evangelio de este domingo, también es significativo para aquellas personas que están en las filas del crimen ¿no sienten nada al ver cómo vive nuestra sociedad? ¿no sienten nada al ver familias desplazadas, mujeres llorando la muerte de algún ser querido? ¿será justo que hurten lo trabajado por otros con tanto esfuerzo? Debe ser significativo para aquellos que están al servicio del pueblo a través de la política ¿dónde ha quedado esa sensibilidad que mostraron en sus campañas? ¿Dónde ha quedado esa mirada aguda que tenían para descubrir la necesidad de los demás? Hermanos que el poder no empañe su mirada y su status no destruya su sensibilidad; la sociedad los necesita sensibles y preocupados por las necesidades comunes. Aprendamos todos de Jesús y seamos compasivos.

2°- Sobre el agradecimiento. Jesús les muestra su compasión al enviarlos a presentarse a los sacerdotes y darles la curación. Jesús sana aquellos diez leprosos sin ningún interés, sólo con el deseo de hacerles el bien; Jesús siente alegría por el samaritano que regresa alabando a Dios y le da las gracias, pero siente tristeza por los otros. Ciertamente ninguno tenía la obligación de regresar y dar las gracias. Aquellos nueve, quizá tenían tantas ganas de ver a sus familias que corrieron a sus casas en busca de sus seres queridos o fueron primero a presentarse a los sacerdotes y recibir su certificado de salud para poder participar en la sociedad. Pero, aquel samaritano, regresa a expresar la gratitud. La gratitud es el reconocimiento de un favor que se ha recibido. Aquel samaritano descubre que ha ocurrido algo muy grande, su vida ha cambiado y vuelve a Jesús, ya que allí está su salvador, a diferencia de los otros nueve curados, todos judíos, él sabe reconocer la presencia de Dios en Cristo y así, más que para agradecer, regresó para dar gloria a Dios.

En el mundo en el cual vivimos, parece que esta virtud de la gratitud va desapareciendo; se cree que nada es gratis, que todo se gana o lo que se recibe es porque se merece. Vivimos sin ser agradecidos, vivimos con salud y trabajo, pero nos cuesta agradecer a Dios, y hasta que perdemos la salud, entonces sí acudimos a Él, expresando nuestras quejas y pidiéndole su auxilio.

Hermanos, los invito a hacer lo posible en recuperar la gratitud; quien vive agradecido, vive en alegría sabiendo que existen más cosas buenas que malas, es vivir alabando a Dios. Vivamos siendo agradecidos y reconociendo todo lo que hacen los demás por nosotros y tengamos la valentía de decir “gracias”, y que ese gracias tenga una actitud que respalde a la palabra. La gratitud nos ayuda a vivir una vida más serena.

Al celebrar la Eucaristía, seamos conscientes que, “Eucaristía” significa acción de gracias, y además, en la celebración de la Misa, suplicamos como los leprosos, alrededor de quince veces pedimos: “Señor, ten piedad” “¡Jesús, ten piedad de nosotros!”. Que este Evangelio sea un estímulo para celebrar y vivir conscientemente cada celebración Eucarística.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan