Siempre se ha entendido que el conocimiento es algo muy especial. Normalmente las condiciones naturales no son suficientes para adquirir conocimientos especializados sobre las distintas materias o facetas de la actividad humana. El evangelio de este domingo está tomado del capítulo doce de san Lucas donde JESÚS aparece enseñando dirigiéndose a miles de personas con una advertencia general: “guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Cf. Lc 12,1). El comienzo de un capítulo ofrece el marco en el que se propone la enseñanza, y en este caso el carácter general para comprenderlo con claridad. El Evangelio es para todos, pero no todos lo quieren recibir; y algunos de los que lo rechazan, tampoco desean que otros lo conozcan. “Miles y miles” se agolpan para escuchar a JESÚS, y en frente aparece un grupo minoritario, los fariseos, que se consideran puros y selectos pertenecientes a una clase que descalifica a los que según ellos no mantienen las esencias. La propuesta del Evangelio es para todos, porque el objetivo es la Salvación de todos los hombres. La enseñanza de JESÚS puede exigir un tiempo de gestación para ser propuesta: “cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz; y lo que hablasteis en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados” (Cf. Lc 12,3). Los primeros creyentes eran asiduos a la Enseñanza de los Apóstoles, que se impartía en las casas (Cf. Hch 2,42a). La enseñanza del MAESTRO tenía como destinatarios “judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres” (Cf. Gal 3,28). A todos debe de llegar el misterio de Salvación escondido en DIOS desde toda la eternidad (Cf. Col 1,26ss). Algunos quieren reivindicar la figura del fariseo como el hombre religioso preocupado por el destino del Pueblo Judío de forma especial después de la destrucción de Jerusalén y el Templo en el año setenta. Es cierto que el Judaísmo continuó gracias al trabajo de los fariseos que afianzaron la Antigua Escritura en el comentario del Talmud, especialmente en el babilónico donde se concentró un nutrido grupo de escribas fariseos. Los evangelios aportan el nombre de dos fariseos, Nicodemo y José de Arimatea, parecen como discípulos clandestinos de JESÚS, pero el grupo de los fariseos resulta especialmente polémico con el Evangelio. A los fariseos, como a los publicanos o persona perteneciente a cualquier grupo o estrato social, se le pide la conversión, a la que los fariseos no estaban dispuestos, pues padecían el tremendo problema de la soberbia espiritual. La ejecución pormenorizada de los seiscientos trece preceptos les proporcionaba un aval con el que se presentaban ante sí mismos, el resto de los humanos y ante DIOS como refleja la parábola del fariseo y el publicano en el Templo (Cf. Lc 18,9-14). El Evangelio es para todos y a todos debe ser propuesto por medio de la predicación, el mismo que se predica a la Creación entera (Cf. Col 1,23). La predicación de los comienzos iba acompañada de signos carismáticos que incidían de forma efectiva en la presencia viva del SEÑOR, y de esta forma la predicación daba como resultado conversión y convicción profunda. El evangelizador o enviado a la misión ha tenido que hacer suyas las grandes verdades que los otros han de oír. La Palabra debe tomar cuerpo o echar raíces en el humus o secreto interior del corazón. Cada persona tiene sus experiencias vitales, o una historia anterior con éxitos y fracasos; y de todo ello existe un resto interior en el que se asienta la verdad evangélica recibida. La enseñanza dada transforma. Nadie quiere ser tildado de fariseo, asimilándose a hipócrita, aunque el problema se extiende a todo el género humano. La hipocresía es una forma de mentira y su levadura contamina a todos, de ahí que la vigilancia ha de ser permanente, para no viciar la buena enseñanza del Evangelio. La advertencia de JESÚS es actual y tiene aplicación. El evangelio de hoy trae el caso de uno que intenta involucrar a JESÚS en un asunto turbio de una herencia, y JESÚS devuelve a su auditorio a la prosaica realidad de la caducidad personal. La predicación aporta conocimiento y sabiduría, pero no es una gnosis para unos iniciados. El Evangelio mantiene los arcanos propios del Misterio de DIOS, siempre pronto a revelarse en una relación de Amor filial.
- Un sabio cercano
- Reflexiones de madurez
- Los herederos
- La ley del esfuerzo
- Esta vida es valiosa
- Perfección evangélica
- Un fulano se equivoca de ventanilla
- La codicia
- Una mala noticia
- Una parábola
- Narración
- Fascinación de la riqueza
- En vasijas de barro
- El Mañana Eterno
- Las cosas de arriba
- La aspiración santa
- El misterio del hombre
- La Revelación
- Ascesis
- Renovados en CRISTO
- Instaurar todas las cosas en CRISTO
Un sabio cercano
El autor sagrado del libro del Eclesiastés se presenta como rey de Israel, que tuvo empeño personal y medios para examinar muchos aspectos de la vida, extrayendo sus conclusiones a lo largo de los años. Su frase inaugural en el libro es una máxima que se oye con alguna frecuencia: “vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Cf. Qh 1,2). El autor sagrado muestra un cierto pesimismo existencial que encuentra eco en un grupo amplio de personas, en el tiempo o época que este libro sagrado se dé a conocer. Repetimos, aunque habría de matizarse: “nada nuevo bajo el sol” (Cf. Qh 1,9). Además, el autor sagrado acompaña esa máxima de un tono de fastidio cansino propio del hacer rutinario. Muchos hoy sienten este hastío y cansancio que va incluido en su aburrimiento. Este rey sabio habla desde la atalaya de su buena posición, y el aburrido actual lo hace bajo el complejo de “Peter Pan” del que le provee con mucho gusto el consumismo de la sociedad, o la sociedad pletórica de consumo. Algunos especialistas opinan que el autor sagrado de libro pertenece al siglo tercero (a.C), pero él nos insiste en que habla con la autoridad de un rey con capacidad y conocimiento: “he observado y concluyo que todo es vanidad y atrapar viento, pues lo torcido no puede enderezarse, y lo que falta no se puede contar” (Cf. Qh 1,15). Este descarnado realismo coincide con lo dicho por la carta a los Hebreos con respecto a la Ley (Cf. Hb 10,1-4). La Ley carga de mandamientos y preceptos y “no endereza lo torcido”, por lo que el autor sagrado mantiene un gran pesimismo, que puede ser compartido por la mayoría. La Ley fue dada como introducción a las realidades espirituales ofrecidas por la Gracia del SEÑOR JESÚS (Cf. Jn 1,17).
Reflexiones de madurez
El segundo capítulo del libro de Qohelet -Eclasiastés- aporta algunos datos de su posición como rey, de las ventajas y privilegios de los que disfrutó, numerosos palacios, plantaciones idílicas con numerosas albercas, gran número de siervos y siervas, rebaños numerosos, acopio de plata y oro, y me procuré toda clase de lujos humanos (Cf. Qh 2,7-9). Qohelet dispone de los lujos y medios de vida de un noble de la Edad Media y mucho menos que un multimillonario de la élite financiera actual. Una persona de clase media en la sociedad occidental dispone de más medios efectivos que el Qohelet que nos cuenta su situación, pero entre los suyos él era el rey y disponía de una posición privilegiada. Qohelet tuvo la oportunidad de vivir los placeres de la vida a su alcance, distanciándose de ellos para analizarlos y valorarlos en el conjunto de su existencia. Se puede vivir como necio o sabio las distintas circunstancias que nos afectan; y la pregunta que surge es: ¿quién vive mejor el necio o el sabio? Qohelet concluye que la sabiduría aventaja a la necedad como la luz a las tinieblas; pues el sabio tiene sus ojos abiertos, pero el necio en las tinieblas camina” (Cf. Qh 2,12-14). Trasluce en estas conclusiones que la actitud interior es fundamental para afrontar la existencia. La realidad es modificada por la presencia del observador que la mira y analiza. Aprovechamos el momento para incorporar la mirada observadora de DIOS en primer lugar, de los Santos y los Ángeles como nuestros intercesores. ¿Quién mira al mundo a través de los ojos del necio? Los mismos elementos pueden estar en manos del necio y del sabio, pero las transformaciones operadas por ambos no serán las mismas. En su revisión, Qohelet se encuentra con un imponderable, se trata del límite que marca la muerte, afectando tanto al necio como al sabio. La opacidad sobre el más allá no es total en Qohelet como muestran algunos versículos del capítulo doce, pero no quiere conceder rango “post mortem” al Sheol concebido como un estado de sombras para los espíritus de los que han muerto. La consideración de la muerte produce en Qohelet una reacción de humillación: “mi suerte será como la del necio, ¿para qué vale mi sabiduría? Y pensé que hasta eso mismo es vanidad” (Cf. Qh 2,15). El rasero de la muerte nos iguala a todos y sin la presencia del REDENTOR quedan en el aire multitud de aspectos de la vida de los hombres, que exigen reparación, restauración y justicia. Qohelet es una persona que sabe gustar de la existencia y obtiene provecho de ella, pero el mal y sus consecuencias superan las previsiones del sabio. La muerte desafía también al sabio, pues nadie la controla y en el tablero de la vida aparece donde quiere. Todavía Qohelet da un paso más: el olvido definitivo tanto del sabio como del necio (v.16). Si la Vida Eterna no viniera de nuestro REDENTOR, la memoria que pueda dejar el más notable de los humanos sería el de un instante en el conjunto de la eternidad. Por otra parte pudiera ser enfermizo el cultivo de una melancolía por mantener un recuerdo de alguien que ya no existe. Qohelet se enfrenta también a lo efímero y evanescente del recuerdo cuyo olvido se impondrá. La paz interior de una persona por la muerte de un amigo o familiar, sólo puede venir por la certeza de la Vida Eterna regalada por la Redención de JESUCRISTO. Cualquier otra alternativa ofrecida por las otras religiones viene afectada de graves carencias. Esta muy bien el recuerdo o la memoria de nuestros difuntos cuando tal cosa se convierte en plegaria. La oración por los difuntos en el Amor de JESUCRISTO estrecha los lazos de comunión entre los que vivimos en este mundo y los que han partido hacia la Casa del PADRE. Poco o nada repercute en el fallecido el recuerdo de sus hazañas, si no hay una sincera oración de intercesión. Esto último no está al alcance de Qohelet, pues la manifestación del SALVADOR vendrá más tarde.
Los herederos
Abraham echa de menos un heredero y se queja ante el SEÑOR que dadas las circunstancias quien lo heredará todo será su siervo Eliezer -DIOS es mi ayuda-; sin embargo Qohelet añade todavía lo absurdo de haber acumulado riqueza y bienes para unos herederos que, con toda probabilidad, no van a valorar nada de lo que se les deja y reciben. También esa situación es “vanidad de vanidades, y caza de viento” (v.17). El disgusto de Qohelet se acentúa al pensar que lo va a heredar un necio que desprecia la sabiduría (v.19). Al pensar en la falta de correspondencia de sus herederos, Qohelet queda sumido en el desaliento, o en un cierto estado depresivo en el lenguaje actual (v.20). Qohelet añora la perdurabilidad en la herencia, pero le crea grandes incertidumbres dadas las fragilidades de los humanos. Ve, que todo el empeño puesto a lo largo de su vida se puede quedar diluido como un azucarillo en el agua y desaparecer, y él se resiste a ese desenlace. Tanto esfuerzo, ¿para nada? Esta línea de Qohelet fuerza en cierto sentido la retribución más allá de esta vida, porque en este mundo puede darse que a los necios les vaya muy bien y los sabios terminen llenos de pesadumbre y penalidades. Insiste Qohelet: “es vanidad y caza de viento la entrega de su patrimonio conseguido con esfuerzo y destreza, a otro que en nada se fatigó” (v.21). Vemos con alta frecuencia, que cuando tal cosa ocurre, el que recibe la herencia la dilapida sin contemplaciones, como el niño caprichos que destroza el último juguete que le han regalado. La frivolidad aborda el corazón del necio con gran prontitud. El frívolo juega con el riesgo sintiéndose más fuerte y controlador del mismo. El frívolo no sólo juega con el riesgo, sino directamente con el mal, haciéndolo con ánimo retador. El frívolo siempre pierde la partida en el juego emprendido. Un gran capital cultural, espiritual y religioso de carácter católico viene siendo dilapidado por personas de todos los estamentos que frivolizan con el Evangelio, proponiéndose como los intérpretes autorizados de la modernidad.
La ley del esfuerzo
Está escrito y desde los comienzos así sucede: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (Cf. Gen 3,19). Cualquier trabajo, fabril, creativo, intelectual, manual, artesano o mediante máquinas, exige un esfuerzo proporcional al rendimiento esperado. La investigación realizada por el sabio también requiere esfuerzo y el hábito de realizar la tarea o actividad. Sin llegar a la máxima budista de la invasión totalizante del dolor, sin embargo Qoheter reconoce que el Jardín del Edén se ha perdido, y cualquier actividad lleva consigo un cierto nivel de esfuerzo, dolor y sufrimiento, que dependerá de la capacidad de cada uno para su integración personal. Al lado del dolor y el sufrimiento, Qohelet ve existen medios al alcance personal para gustar del placer de vivir. La vida, entonces, se hace llevadera, pero Qohelet recoge lo que pasa en alguna fase de la vida de todos y cada uno de los hombres: “todos los días del hombre son dolor, y su oficio penar y ni aún de noche su corazón descansa. También esto es vanidad y caza de viento”. Una de las fuentes principales de dolor y sufrimiento reside en el eco interior que producen los acontecimientos desagradables y las incertidumbres ambientales. Si el año que viene resulta una mala cosecha, se pierden las tierras, y de pequeño propietario pasa a una servidumbre en régimen de esclavitud para toda la familia. Una situación similar se podía dar con relativa frecuencia. Las preocupaciones se podían multiplicar hasta lo inimaginable, y las noches de insomnio podían ser frecuentes. El hombre religioso siempre pudo encontrar su fortaleza en DIOS (Cf. Ex 15,2). DIOS atiende la queja del que es tratado injustamente, alza de la basura al pobre y enaltece al humilde (Cf. 1Sm 2,8). Pero todavía habrían de pasar varias centurias para que oyésemos las palabras del SEÑOR. “venid a MÍ los que estáis cansados y agobiados, que YO os aliviaré…” (Cf. Mt 11,28).
Esta vida es valiosa
El cierto pesimismo de Qohelet no le impide valorar esta vida, alegrándose de las cosas buenas: “no hay mayor felicidad para el hombre que comer y beber, y disfrutar en medio de sus fatigas. Yo veo que esto también viene de la mano de DIOS; pues quien come y quien bebe le viene de DIOS” (v.24-25). Los productos de la tierra y los animales comestibles forman parte de los bienes recibidos de DIOS, obtenidos al mismo tiempo con el esfuerzo y trabajo de los hombres. Las comidas son para los judíos y los cristianos momentos especiales que dan la oportunidad al establecimiento de una renovada fraternidad. JESÚS instituye la EUCARISTÍA en la Última Cena.
Perfección evangélica
El capítulo doce de san Lucas parece continuar el Sermón de la Llanura (Cf. Lc 6,17ss). Como en aquella escena, JESÚS rodeado de los Apóstoles recién elegidos se encuentra ante una multitud de miles de personas, y a todos los congregados quiere dirigirse, pues es una doctrina de perfección la que JESÚS quiere implantar en el corazón de los hombres. Pero en medio de todo lo dispuesto no falta el necio que no está dispuesto a recibir el Evangelio, pues considera mucho más importante sus asuntos propios. La perfección existente en el Jardín del Edén no impidió la presencia de la serpiente homicida dotada de especiales artes de seducción, ofreciendo la propuesta más atractiva: “seréis como dioses” (Cf. Gen 3,5). Ahora surge un espontáneo entre los miles de personas y pretende que JESÚS le resuelva un asunto referido a la herencia familiar (Cf. Lc 12,13) JESÚS estaba hablando de la forma adecuada de acoger la Palabra, guardándola en lo secreto (Cf. Lc 2,16), a ejemplo de MARÍA. También todos los discípulos deben velar la Palabra el tiempo suficiente para después revelarla con fruto en la predicación. JESÚS pide a sus seguidores un ánimo confiado o abandonado en la Divina Providencia: “¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante DIOS” (v.6) La gran revelación del VERBO eterno de DIOS devuelve la mirada a lo pequeño y sencillo de este mundo donde DIOS ha escrito y dejado su testimonio. El valor monetario más bajo en aquellos momentos era el “as”, y JESÚS dice algo que se puede pagar con aquella moneda de escasísimo valor, sin embargo no pasa indiferente ante DIOS. Lo que para nosotros tiene escaso valor, para DIOS puede reclamar una gran acción de su providencia. Con esa comparación, JESÚS pretende significar el valor ante DIOS del hombre y el discípulo: “valéis mucho más que muchos pajarillos” (v.7). El valor de cada hombre y del discípulo en particular corresponde al infinito valor de la Sangre de JESUCRISTO por él en la Cruz. Cada uno de nosotros valemos ante DIOS la entrega de su HIJO JESUCRISTO en la Cruz. Resulta imposible hacernos una idea cabal de este hecho fundamental. Este sacrificio máximo sólo se explica en el infinito Amor de DIOS por todos y cada uno de los hombres. Si el hombre niega la validez de esta entrega se condena a sí mismo: “el que se declare por MÍ delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los Ángeles de DIOS. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los Ángeles de DIOS” (v.8-9). Quien entrega su vida en la Cruz es el HIJO de DIOS y esta verdad no se puede ocultar. El discípulo tendrá que editarla y valorarla en el silencio, en lo secreto, en la habitación con la puerta cerrada; pero no se puede callar o negar el acontecimiento que nos salva. En estos versículos se da también la grave enseñanza del pecado contra el ESPÍRITU SANTO, que imposibilita de raíz para la Salvación: “al que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdonará; pero el que blasfemare contra el ESPÍRITU SANTO no se le perdonará en esta vida ni en la otra” (v.10). Se avecinan tiempos en los que va hacer necesaria una fortaleza especial para dar testimonio de JESÚS, por lo que la presencia del ESPÍRITU SANTO se hará necesaria. Esto va para los Apóstoles en primer lugar, pero incumbe a todos los que un día siguieron a JESÚS. El testimonio que demos sobre JESÚS determina nuestro destino eterno, de ahí que hemos de estar auxiliados por la presencia especial del ESPÍRITU SANTO (v.11-12). Tratando de todas estas cosas, uno de entre los reunidos alza la voz para que JESÚS le resuelva un inconveniente de una herencia. No obstante, JESÚS atiende aquella interrupción para advertir sobre los riesgos de la codicia o la avaricia, que de forma sibilina pretende imponerse a cualquier otra cosa.
Un fulano se equivoca de ventanilla
Un espontáneo de entre el gentío prorrumpe en un grito roto con tono histriónicos, diciendo: “dile a mi hermano que comparta su herencia conmigo. JESÚS condescendiendo con el hombre le dice: ¿quién me ha nombrado repartidor entre vosotros?” (v.13-14). Entre las señales que JESÚS relata a los enviados de Juan Bautista en orden a su mesianidad no figuraba la de repartidor de herencias, por lo que aquel fulano se había equivocado de ventanilla administrativa para resolver tan urgente trámite, que por el grito emitido parecía que le fuera en ello la vida. Pero era una falsa urgencia, y la cuestión entraba en la prosaica categoría de la avaricia, uno de los siete pecados capitales. Puede ser que reciban el nombre de capitales, porque inicialmente residen en la cabeza de la serpiente y posteriormente se transfieren a la cabeza de los hombres. Cada uno de los pecados capitales puede dar origen a una “pasión dominante”, según la manera ignaciana de ver estas cosas. Alrededor de la “pasión dominante” van insertándose el resto de defectos, pequeñas manías o cleptomanías, que impulsan a llevarse de cualquier sitio público lo que sea, aunque su valor sea mínimo, pero hay que llevar algo y no perder el viaje. Más gordo resulta que alrededor de “la pasión dominante” aparezcan con fuerza otros pecados capitales: la avaricia y la soberbia con frecuencia se juntan y retroalimentan. La máxima se traduciría: “quiero tener más, y más que el resto que los pringaos de alrededor…” Un tipo así parece que emerge de entre la multitud, mientras JESÚS se esfuerza en impartir la santa doctrina sobre el Reino de DIOS, y las claves para procurar una santidad de vida. Este de la herencia con pinta de practicante anual el día la fiesta patronal del pueblo, piensa involucrar a JESÚS en el incremento de su hacienda. JESÚS lo corta con extrema caridad y aprovecha para dar una enseñanza, de la que estamos muy necesitados. Los intereses económicos están en el primer plano de las preocupaciones del hombre actual, y somos motivados de forma permanente a basar nuestra seguridad en la economía general y particular.
La codicia
“Mirad y guardaos de toda codicia” (v.15a). La codicia, como la soberbia, la ira o la lujuria pueden aportar el fermento suficiente al resto de las áreas de la actividad personal, de modo que todo quede bien impregnando. JESÚS como al comienzo del capítulo repite: guardaos de toda clase de codicia y podría añadirse, como de la levadura de los fariseos, porque basta una pequeña cantidad, para que todo se contamine. Un padre de familia tendrá que luchar por sus derechos laborales por el bien de toda la familia. Un padre de familia, y madre, tienen derecho a incrementar su patrimonio y administrarlo de forma conveniente según las leyes justas del lugar. Y sobre todo ello no hay nada que sea reprochable. La codicia o la avaricia en el tener parece cuando se da la desmesura en el intento de posesión. La comida es buena o buenísima, pero la gula puede llevar a la enfermedad y terminar con la vida que el alimento estaba destinado a sostener. El descanso está muy bien, pues la actividad desmedida arruina la salud; pero la pereza conduce a la inacción que debiéramos realizar hacia las obras buenas.
Una mala noticia
“JESÚS añadió: aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (v.15b). Con dinero compramos muchos medios, que nos hacen más llevaderas las limitaciones personales. Con dinero podemos pagar buenos médicos especialistas y los medicamentos más efectivos, si la cosa fuese necesaria. Con mucho dinero se pueden tener las atenciones personales por la gravedad del momento. Todo eso y muchas otras cosas se pueden conseguir cuando se dispone de dinero, pero la mala noticia surge inevitable: la muerte marca el final de todos los intentos de establecer morada permanente en este mundo. La experiencia la revivimos a diario en nuestro entorno familiar y social: alguien conocido ha fallecido o está en situación de máxima gravedad. La muerte se burla de todos nuestros proyectos y seguridades. Todos los avances científicos no son suficientes para perpetuarnos aunque sea el anhelo o aspiración máxima de algunos. La prolongación de los años en este mundo al final es una insignificancia en el cómputo total del Universo, y no digamos en lo que atañe a la eternidad. Quien no se enfrenta al hecho de la muerte, difícilmente orientará su vida de forma sensata.
Una parábola
“Les dijo una parábola…” (v.16a). Al grito bronco con tonos histriónicos de alguien que rompe la línea doctrinal que JESÚS estaba proponiendo, tal situación es convertida por el SEÑOR en un nuevo motivo para una enseñanza sobre un caso aplicado. Dos hermanos en litigio dan pie a JESÚS para hablar del apego a los bienes materiales, la necesidad del desprendimiento y el hecho de mirar a la vida más allá de la muerte. JESÚS no está allí para hacer escritura pública de propiedad alguna, y su preocupación está que se inscriban el mayor número de personas en el Libro de la Vida (Cf. Lc 10,20; Ap 20,12).
Narración
“Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto, y pensó, ¿qué haré?, pues no tengo donde almacenar mi cosecha. Pensó, voy a demoler los graneros y a construir otros más grandes y reuniré allí todo el trigo y mis bienes” (v.17-18). La manera de proceder del hombre rico en esta primera parte de la parábola podría darse por buena. Si se produce el hecho providencial de cosechas abundantes durante varios años seguidos cabría pensar en almacenar para tiempos de escasez, como le propuso José al Faraón en Egipto (Cf. Gen 41,30-36). Aquella manera de proceder resolvió el hambre a mucha población durante los años de escasez. El caso de José en Egipto estaba movido por el bien común de toda la población. Lo que sigue de la parábola nos dice otra cosa distinta de este personaje rico que tiene por máximo horizonte su propio ombligo.
Fascinación de la riqueza
“El rico sigue reflexionando: “dire a mi alma, alma tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea” (v.19). Un tanto por ciento muy elevado de personas, que perciben premios multimillonarios por loterías u otros juegos de azar, lo pierden todo en pocos años y se quedan en la indigencia; pues muchos dejaron sus anteriores trabajos y no pueden volver a ellos. Algunos abandonan su paso por la riqueza con deudas y sin la familia que tenían. La fascinación de las riquezas es una gran trampa para el ciudadano normal. Este hombre de la parábola parte de su condición de hombre rico, por lo que algunas lecciones sobre lo dicho anteriormente las llevaba aprendidas. No sabemos si este hombre obtuvo por herencia sus riquezas, pues en lo que sigue muestra poco realismo: “diré a mi alma, alma descansa, come, bebe y banquetea…” En esa línea podía agotar su vida organizando las fiestas de sus conocidos ricos. Este hombre rico se reconoce como un alma apegada a sus riquezas y se siente satisfecho en su diálogo íntimo proponiéndose una vida libre de preocupaciones y volcada en relaciones placenteras. Bien sabemos que la Biblia no prescinde del disfrute equilibrado de los bienes y dones con los que el SEÑOR bendice al hombre; pero lo recriminable en este caso aparece cuando la cosa empieza y acaba en la propia autoreferencialidad, descartando lo que pudiera estar a su alrededor. Este hombre rico tendría familia, trabajadores en sus tierras, siervos en su casa y dependencias; amigos y vecinos. Este hombre ha adquirido sus riquezas, sin duda de forma lícita, con la colaboración de otras muchas personas, como ocurre en todos los casos. Este hombre rico se dirige a sí mismo no como un ser surgido del barro de la tierra, sin otro atributo, sino que tiene un reconocimiento de sí mismo como “alma” o principio espiritual con una capacidad innata para acoger la presencia de DIOS. La avaricia o la codicia de los bienes materiales cosifican el alma humana y la imposibilitan para el diálogo con DIOS. Nos dirá JESÚS: “allí donde está tu tesoro, estará tu corazón” (Cf. Mt 6,21). Este hombre rico que escuchaba a JESÚS tenía el corazón en las riquezas y la manera de ampliar su patrimonio. El Evangelio está a favor de la propiedad privada y del uso adecuado de los bienes, para promover el desarrollo económico y social. Los bienes materiales deben ayudarnos al perfeccionamiento personal, que atiende no sólo a la promoción humana, sino que mira a los bienes de la vida futura. Lo que poseemos en este mundo es en calidad de administradores del único dueño que es el SEÑOR.
En vasijas de barro
“DIOS le dijo al hombre: necio, esta misma noche te reclamarán el alma, las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” (v.20) En un acto de estricta Misericordia, DIOS habla a la conciencia del hombre para hacerlo sensato en sus monólogos: si esta noche te piden el alma, las riquezas acumuladas ¿para que te van a servir? Al hilo del versículo podemos parafrasear otras variantes que describen de igual forma la realidad subyacente. DIOS viene a devolver al hombre la sensatez y un pensamiento acorde con su condición de padre de familia, responsable de los trabajadores y de sus familias. También juega un papel en la región o comarca en la que vive. En definitiva, vivimos inmersos en estrechas relaciones con los que están alrededor. Por encima de todo, el hombre rico ha de saber que le ha sido dada un alma que lleva en vasija de barro (Cf. 2Cor 4,7). El alma que nos da la vida en este mundo espera seguir viviendo más allá de este mundo con el CREADOR que le dio la existencia. El hombre rico no tiene derecho a maltratar su alma que no le pertenece, pues de DIOS la ha recibido.
El Mañana Eterno
“Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a DIOS” (v.21). En la oración del Padrenuestro propuesta por san Lucas se dice: “danos hoy el Pan del Mañana” (Cf. Lc 11,3), porque somos cuerpo y alma. Estamos identificados como un cuerpo espiritualizado, y un espíritu encarnado. Vivimos en este mundo sólo por un tiempo, haciendo del presente estado de vida un campo de pruebas o entrenamiento. Se nos encomienda trabajar por el Reino de DIOS sabiendo que el modelo del mismo viene de arriba, pero debe ser visible aquí en todo lo posible. La conclusión de la parábola predicada por JESÚS es clara: hay que enriquecerse en orden a DIOS. Los medios materiales de los que disponemos para nuestro crecimiento integral son una bendición de DIOS, y debemos corresponder dando gracias. La carencia de los bienes necesarios durante un periodo de tiempo no escapa a la Divina Providencia, que puede haber dispuesto un periodo de prueba en la escasez. Todo es susceptible de ser transformado para una mayor madurez espiritual. Veamos unas palabras del Apocalipsis, en las que el SEÑOR se dirige a la Iglesia de Laodicea: “tú dices soy rico, me he enriquecido, nada me falta, y no te das cuenta que eres un desgraciado, digno de compasión, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestiduras blancas para que te cubras y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista…” (Cf. Ap 3,17-18). El rico para este mundo puede ser un verdadero indigente ante DIOS carente de cualquier don espiritual que trascienda la muerte. El SEÑOR a través del vidente nos avisa que todavía estamos a tiempo de adquirir lo que sólo DIOS puede dar: el oro puro de la Caridad, la renovación de nuestra vida en la Sangre de CRISTO -EUCARISTÍA-, y el colirio de la Fe para que nuestros ojos vean a DIOS a través de la Creación, la Revelación de la Escritura y la Fraternidad Cristiana. DIOS acepta todos los pagos de lo que vayamos a comprar si lo hacemos en la Cruz de su HIJO JESUCRISTO.
San Pablo, carta a los Colosenses 3,1-5,9-11
El capítulo tres se inicia con algunas recomendaciones a los de Colosas para librarse de las desviaciones espirituales estériles, que estaban captando la atención de algunos cristianos. “Una vez que habéis muerto con CRISTO -en el Bautismo- a los elementos del mundo, ¿por qué sujetaros como si aún vivierais en el mundo a preceptos como, no tomes, no gustes, no comas?, pues son toda cosas destinadas a perecer. Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su piedad afectada, sus mortificaciones y rigor con el cuerpo, pero sin valor alguno con la insolencia de la carne” (Cf. Col 2,20.23). En otro lugar nos dirá san Pablo que “el Reino de Dios no es comida ni bebida” (Cf. Rm 14,17).
Las cosas de arriba
“Si habéis resucitado con CRISTO, buscad las cosas de arriba donde está CRISTO sentado a la diestra de DIOS” (v.1). Los tiempos nuevos de la Gracia, en los que el ESPÍRITU SANTO reparte con profusión todo tipo de dones, ha comenzado. Al inicio de la carta hermana a los Efesios, a modo de una profesión creyente se dice que DIOS nos enriquece con toda clase de dones espirituales y celestiales (Cf. Ef 1,3) Del Cielo nos viene DIOS mismo en la tercera persona de la TRINIDAD, el ESPÍRITU SANTO. Otro don celestial lo recibimos en la inhabitación trinitaria que llega al corazón en Gracia. El don celestial más visible es la objetiva presencia de JESÚS en la EUCARISTÍA. Otros dones espirituales nos son concedidos para caminar en este mundo como pueden ser los dones del ESPÍRITU SANTO o los carismas de profecía, sanación, lenguas o interpretación de las mismas. Terminado el camino por este mundo dichos carismas desaparecerán, porque no serán precisos. Estos últimos son un ejemplo de los bienes espirituales que aún así debemos buscar, pero en su momento cesarán. El SEÑOR JESÚS está sentado a la derecha del PADRE, porque posee el mismo poder de DIOS, y dispone de todos los méritos de la Redención.
La aspiración santa
En contraste con el Budismo, el Cristianismo no practica la ascesis de la eliminación de los deseos. DIOS ha puesto en el corazón del hombre aspiraciones santas, que se deben cultivar; y hace bien el Apóstol en conducir a los de Colosas por la senda de las aspiraciones santas que hagan anhelar las promesas evangélicas para el más allá. Dentro del Nuevo Testamento se recogen motivos concretos capaces de satisfacer los deseos santos más elevados: paz, amor, felicidad, fraternidad perfecta, luz indeficiente, belleza sin cansancio en todas las criaturas bienaventuradas; canto, culto y alegría indefinible; recepción de la herencia definitiva pensada por DIOS desde toda la eternidad; adoración, alabanza y acción de gracias sin agotar jamás el Misterio de DIOS; las cosas de arriba se rigen dentro de la perfecta virtud y justicia, por lo que cada cual no se verá defraudado, sino que DIOS mismo será su herencia. Estas son algunas cosas que podemos extraer de las realidades eternas, a las que san Pablo nos remite: “nadie puede imaginar lo que DIOS tiene preparado para los que lo aman” (Cf. 1Cor 2,9). Pero siendo así la realidad final y total, sin embargo la Escritura nos abre alguna rendija para mirar con certeza eso que DIOS nos tiene preparado, que está a pocos años después de haber nacido.
El misterio del hombre
“Habéis muerto, y vuestra vida está con CRISTO escondida en DIOS” (v.3). Desde muchos ángulos el hombre es un enigma, sobre el hombre de la psicología, la medicina, la antropología o los comportamientos grupales estudiados por la sociología, añadimos el misterio del hombre en CRISTO. De esto último sabemos algo en la medida que el propio JESÚS nos lo quiera desvelar. Después del fracaso del primer Adán, JESÚS de Nazaret se convierte para nosotros en el primero y el último modelo de hombre. Lo que somos está en función de lo que lleguemos a ser; y la realización plena está en CRISTO. El punto de partida se inició en el Bautismo cuando de forma mística nos asociamos a la muerte y Resurrección de JESUCRISTO. En ÉL somos alguien por mucho que a algunos les pese: “sin MÍ no podéis hacer nada” (Cf. Jn 15,4). No podemos hacer nada sin CRISTO, porque sencillamente sin ÉL caemos en la nada existencial, que no es otra cosa que el abismo de la condenación. “No se nos ha dado otro Nombre por el que podamos ser salvados” (Cf. Hch 4,12).
La Revelación
En último término la revelación de DIOS es JESUCRISTO y éste en su Parusía, que a su vez significa “revelación”. San Pablo nos dice: “cuando aparezca CRISTO, vida vuestra, también vosotros apareceréis gloriosos con ÉL” (v.4). Nosotros sabemos que las cosas existen porque la luz las ilumina y nuestros ojos están adaptados al fenómeno de la percepción visual. Sabemos de las realidades que vemos. La Fe para nosotros es el inicio de la visión espiritual, lo mismo que para un ciego físico el tacto es un modo precario de ver lo que está más cerca. Pero todo está pendiente de la gran revelación en la Segunda Venida del SEÑOR, y en ese punto veremos como somos vistos por el SEÑOR en plenitud. Para ese momento el Apóstol quiere preparar a los cristianos de Colosas.
Ascesis
“Mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia que es una idolatría” (v.5). Cualquier lista de vicios o pecados cabe en este lugar, aunque parece primar en este breve listado los excesos de orden sexual. El placer inmediato del sexo consigue dopar las conciencias y recluirlas en un complaciente letargo espiritual. Después de algún tiempo algunas personas son capaces de salir del hastío y adormecimiento de una sexualidad sin restricciones. Tal cosa es muy actual, pero se daba también en los tiempos del Apóstol.
Renovados en CRISTO
La ascesis cristiana tiene dos acciones complementarias: la negación o lucha personal contra el pecado y la incorporación de los pensamientos y sentimientos de CRISTO (Cf. Flp 2,5). JESÚS dice: “aprended de MÍ” (Cf. Mt 11,29). “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto según la imagen de su CREADOR” (v.10). JESÚS es el hombre, en el que cada ser humano ha de mirarse para conseguir la “imagen y semejanza de DIOS” (Cf. Gen 1,26) prevista por el CREADOR desde el principio. Cada uno de nosotros, hijos de DIOS, somos vistos por el PADRE en su HIJO. El PADRE quiere encontrar en cada uno de los humanos la imagen viva de su HIJO JESUCRISTO, pues para eso ÉL es el modelo.
Instaurar todas las cosas en CRISTO
“En CRISTO, no hay griego o judío; bárbaro o escita; esclavo o libre, sino que CRISTO lo es todo en todos” (v.11). CRISTO es el vínculo de la unidad para todo el Pueblo de DIOS disperso en razas, lenguas y naciones. La igualdad propuesta por las ideologías no es posible, pues la causa de la unidad de la humanidad nunca será política o económica. Sólo CRISTO puede realizar la síntesis de la condición humana respetando las diferencias queridas por DIOS, por otra parte. El Cristianismo tiene el potencial suficiente para transformar sociedades y purificar culturas; corregir ideologías y elevar el nivel espiritual de la humanidad. El potencial del Cristianismo no está en las instituciones religiosas o en los hombres particulares. En algún momento la humanidad será testigo del poder de la Redención de JESUCRISTO.


