Las lecturas de este domingo, la primera del libro de la Sabiduría y el Evangelio, tratan el tema fundamental de la libertad, haciendo mención a la situación en Egipto, y las consecuencias en la historia de los hombres con la acción de la Gracia en aquellos que confían en DIOS. Egipto es la antítesis espiritual del Bien y la Verdad. DIOS intervino de forma extraordinaria para liberar a su Pueblo, dando pruebas, una vez más, sobre su carácter Redentor. La historia de los hombres llega a buen puerto, porque DIOS interviene en ella como el REDENTOR. Los procesos son relativamente lentos, cuando se miran desde nuestra perspectiva. Lo que empezó con setenta personas que bajaron con Jacob a Egipto cuando José era el Gobernador (Cf. Gen 46,48), origino el grupo inicial que después de cuatrocientos treinta años caminó con Moisés por el desierto hasta la Tierra Prometida. Las grandes intervenciones de DIOS son redentoras, bajo distintos modos de alianzas. El pacto definitivo de DIOS con los hombres quedó establecido con JESUCRISTO por su entrega en la Cruz y la Resurrección. A los hombres pareciera que nos gusta perdernos, dejando de lado cualquier verdad o seguridad, llevándolo todo al campo de lo opinable. Sin embargo JESUCRISTO se presenta como el único “Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 14,6). Leemos las Escrituras y siguen vigentes los modelos fijados, de tal manera que hoy se reeditan los nuevos “egiptos” opresores y seductores con los ídolos propios adaptados a las modas, ideologías y propaganda. Los que vivimos en estos tiempos como el hombre de cualquier época tenemos una cita con la Verdad para no caer en la depresión o la esquizofrenia. Comúnmente decimos, que es preciso tener los pies en la tierra, y de forma urgente la mirada en el Cielo. DIOS tiene que ser reconocible a través del mundo por ÉL creado y el mundo en el que los hombres intervenimos. Sin DIOS la red que forma la trama de la existencia termina apareciendo sin sentido y vacía. DIOS nos ha hecho bien, porque el estado final de lo que somos está en la perfecta humanidad de JESUCRISTO (Cf. Ef 3,17-19). DIOS nos ha pensado para que lleguemos todos a la madurez del hombre perfecto en CRISTO (Cf. Ef 4,13). Estamos pensados por DIOS para alcanzar el reconocimiento de la Verdad y “no ser zarandeados por cualquier viento de doctrina, a cerca de la malicia humana y de la astucia que conduce al error” (Cf. Ef 4,14). La propuesta de JESÚS de Nazaret es la clave de vida para cualquier persona. El Evangelio de JESUCRISTO no es optativo, pues se revela como la Palabra que el PADRE quiere que los hombres escuchemos: “este es mi HIJO en quien me complazco, escuchadlo” (Cf. Mt 3,17). El alma que DIOS nos ha dado tiene que ser alimentada con la Verdad y de esa forma acrecentar la Vida propia de la santidad. El Camino cristiano presenta ciertas exigencias cuando leemos y meditamos el Evangelio y el Nuevo Testamento en su conjunto; pero no debiéramos bajar el listón de los objetivos a cubrir. El SEÑOR admite el error, la debilidad y el pecado, a condición de arrepentirnos a renglón seguido para ser perdonados por el SEÑOR que entregó su vida por todos y cada uno de nosotros. DIOS perdona al hombre en JESUCRISTO y nos da toda clase de bienes espirituales y celestiales (Cf. Ef 1,3), en JESUCRISTO. La Vieja Senda -el Camino- a encontrar (Cf. Jr 6,16), entre tanta encrucijada. Muchos pretenden apropiarse de una sabiduría por un camino ajeno al que DIOS ha dado a los hombres, y esa sabiduría es como una cisterna agrietada (Cf. Jr 2,13), que por un momento parecen contener el agua vital para la vida, pero en unos instantes el agua se filtra y desaparece. Así la falsa sabiduría, la mentira o la verdad aparente. “JESUCRISTO es el mismo ayer, hoy y siempre” (Cf. Hb 13,8).
- La mentira
- La Sabiduría de DIOS
- El Paso de DIOS
- Tiempo para la Esperanza
- DIOS realiza lo imposible
- Tradición
- La enseñanza de JESÚS
- DIOS es providente
- El libro de la Naturaleza
- Los agobios
- Los lirios del campo
- La vida es breve
- Jerarquizar prioridades
- El pequeño rebaño
- Desprendimiento
- Vivir en la Esperanza
- El que está a la espera
- Las vigilias de la noche y las etapas de la vida
- Como ladrón en la noche
- La venida del Hijo del hombre
- Pedro pregunta a JESÚS
- JESÚS aclara
- El siervo fiel
- El siervo díscolo
- Contrariar la Divina Voluntad
- La Fe de los hombres de DIOS
- La Fe de Abraham
La mentira
La mentira existe porque la gesta el mentiroso. Algo tan obvio debe ser recordado. Sabemos quién es “el padre de la mentira” (Cf. Jn 8,44), que se muestra como antagonista de DIOS mismo. Si DIOS es el origen de la Vida y transmite la Vida a todos los seres en la Creación, el Adversario tiene como meta la muerte y disolución en el caos para todos los vivientes especialmente los hombres. Si el VERBO eterno es la Palabra de la Verdad, que llega hasta nosotros en el Evangelio, el Adversario promete mentir siempre, acusar falsamente y crear todo tipo de trampas y manipulaciones. Si DIOS busca instalarse en los corazones de los hombres mediante el Amor dado por el ESPÍRITU SANTO, el Adversario inocula el odio que proyecta las formas más variadas de violencia para encarcelar y hacer descender a los hombres a las mazmorras más oscuras. El odio atenta de forma permanente contra la vida de los hombres y crea de nuevo esclavitudes que parecían superadas. Tengamos presente que el Cristianismo propone siempre la conversión personal como el medio verdadero para superar los graves tiempos de crisis, no sucede así con las ideologías e incluso algunas religiones, que abogan por el caos para comenzar de nuevo. ¿Quiénes proponen comenzar de nuevo?, los que quieren reducir a la mitad, o menos, la población mundial, considerando al hombre como el enemigo número uno del medio ambiente. Podremos encontrar algún individuo maltratador de la naturaleza, como encontramos alguna persona que maltrata niños, ancianos, discapacitados o mujeres, pero tal cosa no implica que la generalidad se comporte así. La consideración de los casos concretos es necesaria, porque este asunto no es una teoría sin correspondencia objetiva. Los casos ofrecen la concreción formal de la cuestión que nos ocupa, pero debemos preguntarnos ante el choque frontal y masivo a la Verdad del Evangelio: ¿quiénes propagan las mentiras? Las mentiras modernas, ¿qué contenido llevan? ¿Dónde se gestan las mentiras que modifican las formas de pensar de una parte mayoritaria? ¿A través de qué medios se difunden las mentiras, que en gran medida consumimos? ¿Es posible establecer filtros que nos eviten ser afectados por las mentiras ambientales? La mentira, no lo olvidemos, muestra pronto su falsedad, creando penumbra y oscuridad. La propuesta placentera, que en poco tiempo es causa de ruina personal, dolor y enfermedad, no se puede considerar como algo a mantener. La propuesta a un cambio de género como el que se cambia de camisa, porque dice “sentirse” en el polo contrario de lo que señala su biología, puede originar una prisión de la que muchos salen recurriendo al suicidio. La mentira transexual es de una gravedad máxima, pero todavía queda un escalón a subir en dirección transhumanista, para lo que el individuo todavía deberá renunciar a su especificidad como individuo humano, hacerse plastilina y esperar que la tecnología acabe dando un engendro indefinido en terreno de nadie: ni sólo máquina, posiblemente un híbrido que comparte genoma con otra especie, o un humano poseedor de fragmentos genéticos de otros humanos con lo que la propia singularidad se habrá disuelto en un colectivo genético. Estos llamados avances científicos y tecnológicos estarán al alcance de una minoría, que en estos momentos pretende acelerar los pasos en un mayor control de las poblaciones. Existen ahora las tecnologías, que permiten el control al instante de todos y cada uno de los ciudadanos, a los que se nos podrá dictar dónde podemos viajar, lo que vamos a comer, dónde estamos destinados a vivir y con quién. Recordemos el eslogan del Foro Económico de Davos: “no tendrás nada y serás feliz”. Las sociedades europeas vamos empobreciéndonos desde que iniciamos el milenio, pero muy contentos, porque nos dicen que “no tendremos nada y seremos felices”. ¿Hemos calculado las repercusiones que va a tener la disminución o eliminación de la propiedad privada? ¿Somos conscientes de las implicaciones que va a tener la imposición del dinero digital? Somos herederos de una tradición religiosa y cultural, ¿calculamos la repercusión que tendrá la erradicación de las raíces religiosas y la historia que nos ha configurado? A los hispanos de uno y otro lado del océano nos han dictado las mentiras que debíamos asumir y disciplinadamente lo hicimos, porque, todo hay que decirlo, las élites se vendieron al enemigo. La cuestión es compleja y nos movemos en distintos planos al mismo tiempo; queda, por tanto, retornar a nuestras raíces que básicamente están en el Catolicismo y en la Hispanidad. La oración no puede faltar para clamar por la ayuda de DIOS, y al mismo tiempo reconocer nuestra identidad que hunde sus raíces en la evangelización que salvó a la Iglesia de la ruptura protestante.
La Sabiduría de DIOS
La primera lectura de este domingo es del libro de la Sabiduría, y recoge algo de lo sucedido en la liberación del Pueblo elegido. DIOS es fiel a sus promesas y después de cuatrocientos treinta años el grupo de setenta personas que había crecido en Egipto hace oír su lamento y clamor a YAHVEH. Egipto se había convertido en una gran prisión para los hebreos, que tenían por padre a “un arameo errante” (Cf. Dt 26,5). De ahora en adelante aquel Pueblo a punto de librase de la esclavitud será el Pueblo de la Alianza. El lazo indestructible de Israel con su DIOS es la Alianza. A partir de este momento, el compromiso de DIOS con su Pueblo va más allá del cumplimiento de la Ley o de su trasgresión. El incumplimiento de la Ley será motivo de gran desgracia para Israel, pero YAHVEH no va a repudiar a su Pueblo, sino que establecerá distintas acciones de carácter corrector. YAHVEH es padre del Pueblo elegido y éste hizo lo correcto clamando a ÉL por su liberación. La Salvación llega para Israel en un primer momento mediante la liberación de la esclavitud. La ecuación es sencilla: Salvación igual a Liberación. Los dioses egipcios son recordados como opresores y esclavizantes; sin embargo, YAHVEH nos ha liberado, porque YAHVEH es el único SEÑOR de Israel, que no puede tener o presentar otros dioses delante de YAHVEH. El libro de la Sabiduría relata el estado espiritual de los egipcios y los hebreos, que viven de forma distinta la acción liberadora de YAHVEH. Los egipcios se quedarían allí con sus dioses, pero Israel iba a emprender la marcha hacia la Tierra Prometida con un intervalo de tiempo en el desierto para proveer al Pueblo de la armadura espiritual propia de una condición monoteísta. Los hebreos debían constituirse como Pueblo de YAHVEH en la marcha por el desierto, que en principio estaba prevista en un breve tiempo. Por encima del cumplimiento de cualquier norma, precepto o mandamiento, el SEÑOR pedía a los israelitas una auténtica confianza en ÉL. La desconfianza generalizada, que hacía inútiles todos los signos realizados en su favor, fue la causa de la dilación en el tiempo de la estancia del Pueblo por el desierto, hasta que la generación rebelde quedó agotada, pues ninguno de ellos habría de entrar en la nueva tierra (Cf. Nm 14,26). Las promesas de DIOS tienen como elemento fuerte la Tierra Prometida ocupada por las tribus cananeas, que son idólatras y realizan cultos y ofrendas contrarias al bien espiritual. La razón última por la que la tierra es entregada a Israel está en el compromiso de instaurar en ella el culto monoteísta a YAHVEH como el único SEÑOR. El lugar que ocupa la Tierra Prometida en la Antigua Alianza lo ostenta el Reino de DIOS en la Nueva Alianza. JESÚS tiene como objetivo de su misión instaurar el Reino de DIOS en medio de los hombres, advirtiendo que su plenitud está más allá de este mundo. Aquí es necesario vivir como hijos de DIOS, a la espera del cumplimiento pleno de las promesas en la Bienaventuranza Eterna.
El Paso de DIOS
“Aquella noche fue previamente conocida por nuestros padres, para que se confortasen al reconocer firmes los juramentos en los que creyeron” (Cf. Sb 18,6). De nuevo la noche sirve al SEÑOR para realizar una gran revelación. El SEÑOR pasará en la noche haciendo justicia, confiriendo la libertad a los hebreos y la severa reprensión a los egipcios, que habían pretendido dejar sin varones al Pueblo elegido de DIOS según las disposiciones del Faraón (Cf. Ex 1,22ss). Muchos niños de los hebreos, que deberían heredar la Promesa, fueron eliminados por una orden del Faraón, y pese a todo aquello, ni el Faraón ni los egipcios mostraron arrepentimiento por lo realizado. El Pueblo hebreo clamó a YAHVEH y fue escuchado, haciendo saber el resultado de su plegaria a través de Moisés, que no sólo transmite el Mensaje del SEÑOR, sino que realiza signos ante el Faraón y el propio Pueblo elegido. Las plagas o signos que se van produciendo se convierten en la prueba de la firmeza de las palabras del SEÑOR, a las que se debe corresponder. DIOS quiere ser escuchado por unos y otros, por el Faraón y el Pueblo, a los que Moisés traslada la Voluntad de DIOS. DIOS realizó signos especiales en medio de los egipcios mediante las diez plagas con las que debía hacerse receptivo el corazón del Faraón principalmente. Hasta la décima plaga el Faraón no cedió a lo pedido por el SEÑOR. El Pueblo por su parte vivió aquella noche en medio del rito de la Cena Pascual, consumiendo un cordero de un año, sin defecto, que debía ser comido por una familia, de pie, ceñida la cintura, con un bastón en la mano, habiendo señalado con la sangre de ese cordero las jambas y el dintel de la puerta de la casa, para que el Ángel del SEÑOR pasara de largo por las viviendas de los judíos. Noche de cumplimiento de las promesas para los hebreos y desgraciada para los egipcios; noche de liberación para los hebreos y de justicia para los egipcios. Noche de Luz para los hebreos y de densas tinieblas y grito desgarrador para los egipcios. Los hebreos comían el cordero pascual de la liberación y los egipcios tragaban sus amarguísimas lágrimas por la muerte de sus primogénitos.
Tiempo para la Esperanza
“Tu Pueblo esperaba a la vez la salvación de los justos y la destrucción de los enemigos” (v.7). Una misma manifestación de DIOS no es de igual modo recibida por unos y por otros. Con claridad se ve en la misión de JESÚS cómo sus palabras y signos son vividos de forma diferente según el estado espiritual en el que se encuentre cada uno. El milagro del sol en Fátima, el trece de octubre, de mil novecientos diecisiete, fue vivido de forma diferente por los miles de personas allí reunidos. Hubo quien pensó que había llegado el final de su vida y públicamente confesaba sus pecados y otros lo vivieron como una profunda experiencia de paz y consolación espiritual. La acción de DIOS en ningún momento es ciega y desatiende las condiciones de cada persona en particular. Lo mismo que en la conquista de Jericó, la suerte de Rajab que había ayudado a los exploradores hebreos (Cf. Js 2,1-24) no fue igual que la del resto de los que se opusieron a la entrada del Pueblo elegido en la Tierra Prometida. Era el momento de la liberación del Pueblo de YAHVEH que se había estado gestando durante cuatrocientos treinta años en aquellas tierras egipcias. Los egipcios no quisieron reconocer que podrían ser bendecidos por los hebreos, lo mismo que un día fueron bendecidos por José, que los libró a ellos del hambre y la necesidad. El pueblo al que habían esclavizado de forma inmisericorde era el Pueblo elegido de YAHVEH, al que el faraón se negó con soberbia a reconocer, endureciendo cada vez más su corazón.
DIOS realiza lo imposible
“Con el castigo de nuestros adversarios, nos colmaste de gloria llamándonos a TI” (v.8). Los hebreos permanecían sujetos como esclavos a los egipcios. El Faraón había dispuesto el exterminio de los varones con lo que en pocos años los hebreos ya no existirían. Mediante el infanticidio quedaría borrada la huella de los hebreos en el territorio egipcio. DIOS escuchó el clamor del Pueblo que se resistía a desaparecer, y Moisés recibió la gran revelación de YAHVEH, en el Monte Sinaí cuando cuidaba los rebaños de su suegro Jetró (Cf. Ex 3,1ss). Si algún grupo humano cuenta para existir con la protección de YAHVEH es el Pueblo hebreo, por las promesas dadas a Abraham, Isaac y Jacob; y por el gran desvalimiento y precariedad: “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes -humillados-” (Cf.1Sm 2,4; Lc 1,52). El único valedor del Pueblo elegido es YAHVEH. Fuera de la protección de YAHVEH, Israel no encontrará más que vacío. Es YAHVEH quien proporciona las victorias a Israel. En el futuro de nada vale la mejor maquinaria de guerra y armamento, si YAHVEH no defiende a su Pueblo. La protección de YAHVEH, por otro lado, hace al Pueblo inabordable saliendo victorioso de las contiendas. El modelo se repite a lo largo de los siglos y es una clave fundamental para vivir bajo la acción de la Gracia en el Nuevo Testamento. No se puede dejar a un lado los grandes principios por los que se hace manifiesto el Amor de DIOS visible en su reinado. Si YAHVEH no los hubiera liberado, los hebreos nunca habrían salido de Egipto.
Tradición
“Los piadosos herederos de las bendiciones ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta Ley Sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes, y empezaron a entonar los himnos tradicionales” (v.9). Este versículo da razón de la existencia de “un pequeño resto” devoto del DIOS de los padres, que permaneció en medio del pueblo hebreo esclavizado. Son “los santos hijos de los buenos” quienes se mantuvieron al margen de los ídolos de los egipcios y “ofrecían sacrificios en secreto” al DIOS de Abraham, DIOS de Isaac y DIOS de Jacob. Durante cuatrocientos treinta años, por trasmisión oral, fueron recitando las oraciones y cantando los himnos de los padres. Nada puede sustituir la trasmisión oral de la Fe contenida en preceptos y enseñanzas. Nada puede sustituir el ejemplo de los padres como modelos de la Fe para sus hijos. Las carencias habidas en la educación de los primeros años son de muy difícil arreglo, y consciente de las mismas el propio afectado deberá reconocerlo y asumirlo de la mejor manera posible. Por otro lado, el autor del libro de la Sabiduría nos revela ya en su tiempo, que una minoría ante DIOS intercede y salva al Pueblo. Vuelve a la memoria la intercesión de Abraham que señalaba que un número de diez justos -santos- evitaría el castigo de aquel lugar cubierto por la corrupción (Cf. Gen 18,32).
La enseñanza de JESÚS
La instauración del Reino de DIOS en este mundo es la Nueva Tierra Prometida. El Reino de DIOS lo hace presente la persona de JESÚS con su estilo de vida y enseñanza. El discípulo de JESÚS se debe caracterizar por una nueva relación con DIOS con repercusión directa en la relación con los hermanos y el prójimo en general. El discípulo de JESÚS es enviado de forma permanente a la misión, o dicho de otra forma: está en misión permanente, porque necesariamente se significa por un estilo de vida distinto del que marcan las modas y las ideologías imperantes. El discípulo de JESÚS tiene que vivir en el mundo con una actitud de revisión y discernimiento: “guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Cf. Lc 12,2). JESÚS dirá en otra parte: “sed mansos…, pero también despiertos…” (Cf. Mt 10,16). Volviendo al capítulo doce de san Lucas, JESÚS reanuda la serie de consejos dirigidos directamente a los discípulos después de intercalar la enseñanza sobre las riquezas administradas de forma insensata. Todos debemos tomar nota y aplicar en la vida práctica estas lecciones de JESÚS, que inciden sobre la Divina Providencia y la sencillez de vida.
DIOS es providente
“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo con qué os vestiréis; porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido” (Cf. Lc 12,22-23). Nuestro estado actual de conciencia descubre a DIOS por la Fe, y JESÚS quiere que vivamos la Fe como confianza activa en el Amor providente de DIOS, que provee todo lo necesario a sus hijos en este presente estado de vida. Lo mismo que en el Cielo nadie pasa necesidad según el estado de suprema bienaventuranza, así también en este mundo la Divina Providencia dispensa a sus hijos lo necesario para realizar la presente travesía por el desierto de este mundo. Lo mismo que el maná fue alimento suficiente para los hebreos liberados camino de la Tierra Prometida, así también nosotros disponemos de lo suficiente para realizar nuestro camino. El ejercicio de Fe lo realizaremos día tras día como rezamos en el Padrenuestro. El pan que en esta oración pedimos al PADRE incluye tanto los bienes materiales como espirituales, pues nuestra presente condición en este mundo también precisa de dones espirituales, que alimenten nuestra alma. La vida es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido, dice JESÚS; pero el alimento material es necesario para la vida presente que tiende hacia la Bienaventuranza Eterna. El cuerpo es mucho más que el vestido, y un día seremos revestidos de la condición inmortal del Cuerpo Glorioso de JESÚS (Cf. Flp 3,21), y nunca más volveremos a la indigencia presente; pero mientras tanto la Divina Providencia nos viste con el atuendo adecuado para este mundo.
El libro de la Naturaleza
“Fijaos en los cuervos, ni siembran ni cosechan, no tienen bodega ni granero, y sin embargo DIOS los alimenta, ¿no valéis vosotros más que las aves?”. DIOS deja su huella en el resto de las criaturas que nos acompañan en este mundo. La Creación es el primer libro en el que DIOS escribe de forma velada sobre SÍ mismo. Atribuir el conjunto de la Creación a los ídolos o divinidades diferentes equivale a terminar con el recto raciocinio o sentido común, como refiere san Pablo al comienzo de su carta a los Romanos (Cf. Rm 1,20ss). El cuervo es un ave que no tiene muchos amigos, pues está relacionado con el robo y cierto nivel de depredación; pero ejerce su papel en el conjunto del ecosistema y recibe la atención providente de DIOS. Los cuervos no tienen graneros ni bodegas, y a pesar de todo, su vida es estimable ante DIOS. No sólo la vida del discípulo es valiosa ante DIOS, sino también la del desarrapado, marginado o drogadicto. De estos, DIOS espera su conversión y vuelta a la restauración de sus vidas a veces muy dañadas.
Los agobios
“¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir un codo a la medida de su vida? Pues si no sois capaces de lo más pequeño, ¿por qué vais a preocuparos de lo más grande?” (v.25-26). El codo es una medida de longitud, y la vida se puede dilatar en el tiempo, pero se entiende la metáfora, que no podemos hacer que la vida avance más de un codo, si tal cosa no está dentro de la Divina Providencia. Incluso algún autor católico, por un tiempo, formuló la inaceptable cuestión de la doble predestinación, por la que DIOS dispondría desde un inicio quién se iba a salvar y quien iría a la condenación eterna. Este planteamiento es del todo inaceptable. En todo momento, DIOS se va revelando en la búsqueda que ÉL mismo procura en un encuentro lo más personal. Si el hombre se aleja es por decisión propia y nunca por un rechazo suyo. No podemos añadir por nuestra cuenta un segundo más el tiempo de la propia vida en este mundo, pero nuestro ejercicio de la libertad personal tiene que ver de forma estrecha con el abandono o confianza incondicional en la Divina Providencia, que dispondrá siempre lo que resulta más beneficioso para nuestra bienaventuranza eterna. Santiago en su carta nos ofrece una clave: “la perseverancia en la prueba da como resultado la perfección” (Cf. St 1,3). Las preocupaciones inútiles y los agobios dan al traste con la salud física y espiritual, por eso JESÚS sigue exhortando a la confianza filial.
Los lirios del campo
“Fijaos en los lirios, que no hilan ni tejen, y YO os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos” (v.27). Salomón no discutiría con JESÚS esta afirmación, pues captaría de modo inmediato su sentido. El hombre mediante sus obras no podrá nunca superar la belleza impresa en la Creación salida de las manos de DIOS. Se dice que Miguel Ángel cuando terminó de esculpir su Moisés le dijo: habla; pero aquella perfección de escultura no dijo nada hasta hoy. El hombre puede ser hábil en la modificación de lo ya dado por DIOS en su creación, pero no puede añadir un rango más a la belleza plasmada por DIOS en su Creación. La debilidad o fragilidad física no es óbice para que DIOS manifieste su grandeza. Ningún discípulo por insignificante que se considere es prescindible para DIOS, aunque pueda permanecer en una fila alejada de los focos. El esplendor de Salomón y su corte han quedado como ejemplos de grandeza, y JESÚS busca que sus discípulos miren todo lo que los rodea con limpieza de corazón y sencillez: “bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a DIOS” (Cf. Mt 5,8). La visión de DIOS de la que habla JESÚS en esta bienaventuranza no está reservada sólo para el Cielo, sino que debe ser ejercitada aquí en este mundo, descubriendo la presencia de DIOS en medio de lo que nos rodea. Alrededor se dan cosas feas, o muy feas, pero también las cosas bellas que DIOS cultiva y hace crecer.
La vida es breve
“Si la hierba que está en el campo, y mañana se echa al horno, DIOS así la viste, ¡cuánto más a vosotros!, hombres de poca Fe” (v. 28). Podemos establecer dos valores para el hombre que se presenta ante DIOS: el primero es dado en cuanto hombre en sí mismo, y el otro valor viene dado por la Alianza, pacto o compromiso que DIOS ha adquirido. En la Alianza, DIOS se compromete a salvar al hombre, pero nunca en contra de la voluntad del propio hombre. Como esa hierba del campo que es quemada, también todos nosotros seremos pasados por el fuego para comprobar la calidad de lo que hemos construido nos dice san Pablo (Cf. 1Cor 3,13). El fuego del ESPÍRITU SANTO es restaurador y transformará para la bienaventuranza eterna lo que deba permanecer de todo aquello que hemos vivido. La Fe es la virtud teologal propia del hombre que en la certeza siempre oscura camina buscando a DIOS. La última parte de este versículo cae como una sentencia: hombres de poca Fe. No deberíamos eludir esta indicación -no acusación- del SEÑOR. Tenemos la Fe, que buenamente hemos trabajado, pero JESÚS asegura que a pesar de lo defectuosa somos dignos ante el PADRE de ser salvados. Somos salvados en estado de gran pobreza y precariedad, pues a este mundo sombrío DIOS ha descendido y se encarnó.
Jerarquizar prioridades
“Vosotros no andéis buscando qué comer o qué beber y no estéis inquietos, que por esas cosas se afanan los gentiles del mundo, y vuestro PADRE ya sabe que tenéis necesidad de todas esas cosas. Buscad más bien el Reino de DIOS y todas esas cosas se os darán por añadidura” (v.30-31). Cada día es para el discípulo misionero un ejercicio de confianza en el PADRE que provee todas las cosas. Una jerarquía de valores establecida con criterios evangélicos nos ayudará a no cometer grandes equivocaciones en la vida. Si dejamos que sea la moda, la ideología o la propaganda, quien vaya dictando las prioridades, es muy probable que entremos en callejones sin salida. La comida y el vestido tienen significado por sí mismos, pero también los podemos mirar como los grandes apartados del “tener” -comer- y del proyectar hacia la sociedad -vestir-, siendo vistos y valorados por otros. El boato o aplauso de los otros, reconocimiento o formas de apariencia, pueden preocupar y ocupar mucho más de lo debido. El discípulo de JESÚS debe atender al reconocimiento personal ante DIOS, sencillamente. Muchas obras evangelizadoras fenecen por la vanagloria del que está al frente. La humildad es una conquista que se va consiguiendo mediante repetidos ejercicios de humillación. Esto último no está de moda y contraviene las máximas de los gurúes de la “autoayuda”. La tentación es permanente desde el inicio: arrebatar la Gloria a DIOS y hacerla propia. Nos cuesta la espera para ser revestidos del reconocimiento por la obra bien hecha.
El pequeño rebaño
“No temas pequeño rebaño, porque a vuestro PADRE le ha parecido bien daros el Reino” (v.32). Los valores del Reino de DIOS se gestan en pequeñas comunidades. La Caridad probada sólo se puede dar en un grupo relativamente pequeño. Las grandes magnitudes son dignas de atención como visión panorámica, pero la verdad de la vida cristiana tiene vigencia en la pequeña comunidad: la familia y la parroquia. Desde los comienzos, las comunidades religiosas entendieron que los consejos evangélicos se podían verificar con un número reducido de personas. El gran problema de las parroquias en las ciudades grandes es el anonimato de la mayoría. El “pequeño rebaño” está llamado a ser como el grano de mostaza (Cf. Lc 13,18). Algo pequeño presenta una vitalidad sorprendente y se vuelve capaz de recibir a otras personas que necesitan amparo, acogida y acompañamiento. El pequeño grupo se convierte sin grandes pretensiones en un recinto de Paz donde las almas de los que caminan con grandes cargas pueden recobrar algo de fuerza interior. Dones y carismas pueden darse en esos pequeños grupos a los que el PADRE tiene a bien dar la manifestación de su Reino.
Desprendimiento
“Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los Cielos donde no llega el ladrón ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón” (v.34-35). Sin el debido desprendimiento de las cosas no se produce la pobreza espiritual, que es la condición necesaria para entrar en la Bienaventuranza Eterna. En la medida de lo posible, el discípulo de JESÚS tiene que ser una referencia visible de las realidades invisibles: “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo” (Cf. Mt 5,13-15) Recordamos que los seguidores de JESÚS no todos están en el mismo círculo de proximidad: los tres, los Doce, los setenta y dos, los ciento veinte o los quinientos. El grupo de ciento veinte aparece después de la Ascensión, orando y esperando al ESPÍRITUSANTO con MARÍA la MADRE de JESÚS (Cf. Hch 1,14). Del grupo reunido de quinientos habla san Pablo al mencionar la Resurrección (Cf. 1Cor 15,6). Las personas del círculo más próximo es probable que deban desprenderse de los bienes materiales para vivir en la confianza total en la divina Providencia. A partir del grupo de los setenta y dos, los discípulos viviendo con desprendimiento harán bien en contribuir con honradez a formar un patrimonio, que ayude a sus hijos a iniciar sus vidas independientes. Con todo, se ha de hacer una lectura lo más literal de este versículo, aunque otras sean posibles. Pensamos en san Antonio Abad (251-356), que siendo rico, lo vendió todo y lo repartió entre los pobres, pasando él a ser un mendigo entre los otros. El libro de los Hechos de los Apóstoles recoge la venta de los propios bienes para poner su valor al servicio de las necesidades de la comunidad (Cf. Hch 4,34-37). Con una interpretación menos estricta, se puede generalizar que los bienes personales deben estar puestos al servicio de la expansión del Evangelio, al mismo tiempo que se atiende a las necesidades de los otros según los recursos propios. JESÚS quiere que vayamos haciendo “un tesoro en el Cielo” donde contará cada acto de verdadera Caridad que hayamos realizado. Ese banco nunca entrará en quiebra, y de nuestras pequeñas renuncias, DIOS nos dará la ganancia oportuna. JESÚS advierte que debemos modificar la escala de valores: “allí donde está lo que valoras -tu tesoro-, allí estará tu corazón”, que es lo que al SEÑOR le interesa de nosotros. A DIOS le importan poco los títulos, las heroicidades o los grandes honores; lo que mira permanentemente es el corazón de cada uno de nosotros. ¿Qué es lo que nos importa? ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿Valoramos la muerte en Cruz de su HIJO, su entrega por cada uno de los hombres? ¿Damos valor al esfuerzo por cumplir su Divina voluntad? Si meditamos asiduamente el Nuevo Testamento, puede ser que nuestra mentalidad vaya cambiando en orden a los intereses de DIOS: “Renovaos por la transformación de la mente” (Cf. Rm 12,2), pues la fuerza de la Palabra meditada opera para crear las santas aspiraciones del corazón.
Vivir en la Esperanza
“Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas. Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para cuando llegue y llame, al instante le abran” (v.35-36). Después de la Resurrección estas palabras fueron entendidas, porque quedaba pendiente la Segunda Venida del SEÑOR. Después del año setenta, cuando Jerusalén y el Templo fueron destruidos por las tropas romanas, los tiempos que siguieron empezaron a dar un nuevo contenido a la parábola, porque la destrucción de la ciudad santa se había producido, pero el SEÑOR no se había manifestado en su Segunda Venida. La Esperanza Cristiana tenía un horizonte incierto, pero los cristianos seguían viviendo la proximidad del SEÑOR, que vendrá al final de los tiempos, pero en realidad está acercándose y haciéndose presente con toda certeza en medio de su Iglesia. La historia de los hombres tiene su final lo mismo que un día fueron sus comienzos; pero ese término resulta desconocido y queda en el misterio. El tiempo de la Iglesia es el de la Esperanza Cristiana, para el que se necesita una fortaleza especial para vencer a los enemigos del día y de la noche. La Fe que arde en el aceite de la Caridad tiene que alumbrar de forma permanente: la llama eterna no se puede apagar y debe ser vigilada diligentemente. En cualquier momento el SEÑOR puede volver y el rango de su venida es diferente. Volverá de la muerte en la Cruz con su Resurrección, volverá innumerables veces a su Iglesia y a cada uno de sus hijos en sus diferentes modos de manifestación, volverá para el juicio de las naciones, y volverá cuando el cierre de la historia de los hombres llegue a su término. En cada venida, el SEÑOR quiere encontrar discípulos vigilantes que lo esperan.
El que está a la espera
“Dichosos los siervos, que el SEÑOR encuentre despiertos al venir. YO os aseguró que se ceñirá, irá de uno a otro, y los servirá” (v.37). La espera prolongada la hace posible el Amor, que fue pasando por días claros y noches oscuras. La prueba del tiempo es el crisol para las virtudes que revisten al bienaventurado. Al SEÑOR le gusta cambiar los papeles, lo hizo para la Encarnación, “despojándose de su Gloria” (Cf. Flp 2,6-7); y nos dice ahora que después de haber establecido una Alianza Nueva con toda la humanidad, también se dispondrá a servir a los que han sido fieles: el siervo es servido por el SEÑOR. En la Ultima Cena relatada por san Juan, JESÚS cambia su papel de MAESTRO y SEÑOR por el de SIERVO que lava los pies a sus discípulos (Cf. Jn 13,4-5). Al Cielo llegaremos del todo purificados, pero el SEÑOR tendrá que alimentarnos por toda la eternidad, y “de uno a otro nos irá sirviendo”. En el banquete del Reino de los cielos el alimento es DIOS mismo.
Las vigilias de la noche y las etapas de la vida
“Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra en vela dichosos ellos” (v.38). La infancia termina con la adolescencia y la juventud, para dar paso a la etapa adulta y de madurez hasta llegar a la ancianidad, vejez o jubilación. Esta cuarta etapa en nuestras sociedades da comienzo con la jubilación laboral, pues el peso de los años nos dice que somos viejos entrando en la ancianidad con distinta premura en cada caso. Pero la llegada o venida particular del SEÑOR se puede producir en cualquiera de las vigilias propuestas de modo convencional. El tramo hasta la primera vigilia corresponde a la edad donde el niño atiende a los fundamentos dados por los padres; pero la cosa cambia a partir de la adolescencia y juventud donde todo se trastoca y cuestiona, dando lugar a una reafirmación personal y revisando todo lo que los mayores dispusieron como bueno y aceptable. La vida religiosa puede ser la dimensión personal más cuestionada a partir de la adolescencia y la juventud. El joven que permanece fiel a JESUCRISTO y su Evangelio se considera algo extraordinario en los tiempos presentes. Muchos de ellos no es que hayan abandonado la Fe, sino que no la habían descubierto, JESUCRISTO no representa nada en sus vidas. Algunos empezarán a esperar al SEÑOR en su madurez, e intensificarán su espera y unión en los años siguientes de la jubilación y la vejez. Bienaventurado aquel a quien el SEÑOR viene a llamar para estar con ÉL para siempre: “cuando me vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré CONMIGO” (Cf. Jn 14,3).
Como ladrón en la noche
“Dice JESÚS: entendedlo bien, si el dueño de la casa supiera a qué hora va a venir el ladrón, no le dejaría abrir un boquete en la casa” (v.39). El ladrón, el salteador, viene a robar, matar y destruir (Cf. Jn 10,10). El rebaño permanece expuesto a toda clase de riesgos mientras no se establezca la conveniente vigilancia y protección, como nos cuenta la alegoría del Buen Pastor. JESÚS quiere despertar en sus seguidores el interés por velar y permanecer despiertos en la Fe, como si se tratase de evitar el robo masivo de lo que se posee. El SEÑOR que viene no entraña riesgo, porque nada viene a robar, sino a festejar a la hora que ÉL considere oportuna. Si para salvar los bienes caducos se ponen todos los medios que lo procuren, no será menos el interés por la llegada del SEÑOR que nos viene a salvar. Reconozcamos la importancia que nos damos cuando anticipamos algo y decimos: “eso ya lo sabía yo”. Sugerir algo que va a suceder y acertar resalta e hincha el propio ego, y el SEÑOR trata de evitar toda esa falsa importancia. Nadie sabe cuando llegará el SEÑOR.
La venida del Hijo del hombre
“También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, viene el Hijo del hombre” (v.40). JESÚS quiere ver en el discípulo una trayectoria de vida, que evite un comportamiento oportunista y ocasional. JESÚS busca discípulos que mantengan una opción fundamental en la vida a favor de ÉL y su Evangelio. En otra clave, el discípulo es un trabajador permanente en las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad. Establecido en estas tres virtudes, que primero vienen del Cielo para ser cultivadas por el hombre, el discípulo se encuentra preparado en cualquier momento para el encuentro con el SEÑOR que viene. Por otra parte esta venida está asegurada particularmente, porque la muerte alcanza a toda persona, y después de la muerte sigue el juicio (Cf. Hb 9,27), que se efectúa en presencia del Hijo del hombre.
Pedro pregunta a JESÚS
“¿Dices esta parábola para nosotros o para todos?” (v.40). Ante la duda es prudente formular la pregunta. JESÚS va a responder de forma retórica, ampliando el campo de su enseñanza con un carácter institucional, pues van a aparecer responsables específicos con un claro papel en la futura Iglesia. Hizo bien Pedro en preguntar, pues hasta ese momento la doctrina impartida es de general cumplimiento.
JESÚS aclara
¿Quién es el administrador fiel y prudente, a quien el SEÑOR pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? (v.42). JESÚS señala a Pedro como el administrador fiel y prudente puesto para ofrecer la enseñanza y los bienes espirituales a todos los que le sean encomendados. Además de Pedro, quedan incluidos todos aquellos que dentro de la Iglesia son considerados como dispensadores de la Gracia, de forma especial, los obispos, presbíteros y diáconos. El sentido de estos versículos manifiesta el carácter jerárquico de la Iglesia que en poco tiempo se pondrá en marcha. El ministerio ordenado recoge el encargo de enseñar, santificar y regir al Pueblo de DIOS. También los bautizados tienen el carácter profético, sacerdotal y real de JESÚS, pero en un rango distinto al ministerio ordenado. Todo bautizado por el hecho de serlo tiene inscrita su vocación a la santidad.
El siervo fiel
“Dichoso el siervo al que el SEÑOR cuando llegue lo encuentre comportándose así, en verdad os digo que lo pondrá al frente de toda su hacienda” (v.42-43). La difusión del Evangelio es sacramental. Mediante acciones de la Gracia perfectamente definidas la Gracia llega a los fieles, sin el riesgo de la subjetividad del individuo. La proclamación de las Escrituras en la Santa Misa llega a los fieles independientemente del estado de ánimo o espiritual del que la proclama. El ministro de la EUCARISTÍA -obispo, presbítero- realizando lo dado por la Iglesia garantiza la Presencia real de JESÚS en la EUCARISTÍA. El niño o adulto queda bautizado, aunque el diácono que bautiza al niño hubiera reñido con su hijo antes de oficiar el Bautismo. No se suele valorar suficientemente el carácter institucional de nuestra religión católica. Lo que en realidad es fortaleza, seguridad y objetividad, muchos lo confunden con rigidez, e inmovilismo. Hoy día, en bastantes casos, el eslogan sustituye al argumento razonado.
El siervo díscolo
“Pero si aquel siervo se dice en su corazón: mi amo tarda en venir, y se pone a golpear a los criados y a las criadas; y a comer y a beber, y a emborracharse; vendrá el amor de aquel siervo en el momento que no espera y lo separará y señalará su suerte entre los infieles” (v.45.46). Se describe con cierto detalle el comportamiento desordenado del siervo negligente y desquiciado, dejándose llevar por los vicios y la violencia. El siervo en cuestión había sido puesto en su cargo con la misión de mantener vigilante a la comunidad asignada. El SEÑOR va a volver, o está a la puerta, y el principal responsable tiene la misión de hacerlo saber de muchas formas. El SEÑOR volverá y todos hemos de estar con las lámparas encendidas en la Fe, la Esperanza y la Caridad. Si el vicio y la violencia ocupan el lugar de la virtud, las lámparas se apagan y la ruina espiritual está servida.
Contrariar la Divina Voluntad
“Aquel siervo que, conociendo la Voluntad de su SEÑOR, no ha preparado nada, ni obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. El que no la conoce y hace cosas dignas de azotes recibirá pocos” (v. 47-48 a). La semilla de la rebelión la llevamos en nuestro interior. No nos gusta asumir por el principio de autoridad los preceptos dados por DIOS. Nos cuesta a los que andamos por este mundo rezar de corazón la petición del Padrenuestro, “hágase tu Voluntad, en la tierra como en Cielo” (Cf. Mt 6,10). En este versículo se da a entender que DIOS no persigue un cumplimiento exhaustivo de su Divina Voluntad, aunque quiere para todos la santidad, y la condición necesaria es cumplir la Divina Voluntad con sus normas, preceptos y mandamientos. El siervo negligente recibe muchos azotes, porque no hace nada de la misión encomendada. La tunda de azotes se menciona aquí como remedio en último extremo para restablecer el orden. Todavía el rebelde es considerado como hijo digno de ser corregido. Algunos harán cosas inadecuadas sin saber que van contra la Divina Voluntad. A estos el SEÑOR los disculpa en gran medida. La exigencia aparecerá en relación a los dones obtenidos: “a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se le confió mucho, mas se le exigirá” (v.48). Con brevedad se alude a la ejecución de las acciones, para las que se está capacitado por los dones recibidos. DIOS envía a la misión con las armas espirituales, dones, carismas o ministerios que capacitan para el bien de las comunidades y la Iglesia. Entre los responsables de las comunidades y de la Iglesia están aquellos a los que se ha confiado un número de fieles que requieren atención espiritual, a los que se debe dar la “ración a las horas convenientes”.
La Fe de los hombres de DIOS
“Todavía un poco, muy poco tiempo y el que ha de venir vendrá sin tardanza. El justo vivirá por la Fe, mas si es cobarde no se complacerá en él –dice el SEÑOR-; pero nosotros no somos cobardes para la perdición, sino creyentes para salvación del alma” (Cf. Hb 10,38-39). La Fe cristiana mantiene en todo tiempo la Segunda Venida del SEÑOR como línea de fuerza de la espiritualidad. La carta a los Hebreos en el texto de la segunda lectura nos sirve una afirmación clara y precisa sobre la Fe: “la Fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven. Por ella fueron alabados nuestros mayores” (v.1-2). Por la Fe la acción del ESPÍRITU SANTO nos permite asegurar que JESÚS es SEÑOR (Cf. 1Cor 12,3). Por la Fe el ESPÍRITU SANTO nos permite llamar entre balbuceos ABBA a DIOS (Cf. Rm 8,15) Nuestras obras buenas, como a Abraham van siendo computadas como justificación que viene de la Fe (Cf. Gen 12,6; Rm 4,3). Las realidades eternas quedan selladas en nuestro corazón por la Fe en una certeza creciente de una vida eterna con el RESUCITADO al cual esperamos no por nuestros méritos, sino por los suyos: ÉL es el que viene a nuestro encuentro, para que donde ÉL está estemos también nosotros (Cf. Jn 12,26;14,3).
La Fe de Abraham
“Abraham, al ser llamado por DIOS, obedeció y salió para el lugar que habría de recibir en herencia, sin saber a dónde iba” (v.8). La Fe en Abraham llega por la llamada de DIOS y la respuesta inmediata del patriarca. La Fe nace en un proceso de diálogo que no puede interrumpirse, y en el caso de Abraham la Escritura lo va siguiendo en sus grandes fases. La obediencia de Abraham es ejemplar y quedará como modelo para todas las generaciones y anuncio de la obediencia llevada a término por el propio JESÚS. La salida de la propia tierra y parentela, por parte de Abraham, es una consecuencia de la perfecta obediencia del patriarca. De Fe en Fe la vida religiosa de Abraham crece y se fortalece.
“Por la Fe caminó Abraham como peregrino en tierra extraña, habitando en tiendas como Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas, pues esperaban la Ciudad edificada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es DIOS” (v.10). La condición itinerante forma parte del escenario en el que la Fe se va poniendo a prueba. Los distintos lugares los conforma principalmente las personas que en ellos nos encontramos. El territorio puede ser fértil o árido, pero lo que en realidad importa es el intercambio personal con los que vamos encontrando en el camino. Abraham llegará a Egipto, tendrá su episodio bélico con algunos jefes de clanes vecinos y resolverá factiblemente el asunto no menor del enterramiento de Sara; y en todo ese intervalo de tiempo tendrá lugar el nacimiento de Ismael e Isaac.
“Por la Fe también Sara recibió fuera de la edad apropiada vigor para ser madre, pues tuvo como digno de Fe al que se lo prometía; y de uno solo nacieron hijos numerosos como las estrellas del cielo” (v.11-12). El autor sagrado relaciona de manera especial en este versículo la Fe de Sara y la de Abraham, dando a entender la importancia del vínculo común fundamentado en la Fe para cumplir el objetivo divino de la descendencia en Isaac. La solución humana de concebir un hijo mediante la esclava Agar no estaba en los planes de DIOS para la descendencia. Sabemos que la “descendencia” juega un papel principal en la Historia de la Salvación, que va desde el momento mismo de la caída (Cf. Gen 3,1ss); hasta el nacimiento del REDENTOR (Cf. Lc 1,26ss; 2,1ss). DIOS hizo reír a Sara (Cf. Gen 18,12) y concibió a Isaac, que significa precisamente “DIOS me ha sonreído”.
“En la Fe murieron todos los patriarcas, sin haber conseguido el objeto de las promesas, viéndolas y saludándolas de lejos, confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen van en busca de una patria” (v.13-14). La Fe de la Biblia es transmitida generacionalmente de persona a persona. La Escritura levanta acta notarial a lo que de forma oral los padres van narrando a sus hijos. La Fe patriarcal se nutre de promesas y de un cumplimiento futuro, que por Gracia el SEÑOR anticipó a los padres en la Fe: “Abraham se alegró al ver mi Día” (Cf. Jn 8,56). El contenido de fondo de la escala de Jacob es mesiánico (Cf. Gen 28,12; Jn 1,51). La mirada hacia la patria dejó de estar cifrada solamente en un territorio para convertirse en la “ciudad futura de sólidos cimientos, cuyo único arquitecto y constructor es DIOS mismo”. Ellos no tenían necesidad o intención de volver atrás, a la tierra de donde habían salido, pues su destino ya era otro. La Fe, por tanto, vive de lo que está por venir y esperamos alcanzar.
La cima de la Fe la alcanza Abraham cuando se encamina al Monte Moria para sacrificar a su hijo, y su brazo es detenido por el Ángel. Abraham no realiza un simulacro de sacrificio: antes de clavar el puñal, Abraham había sacrificado a su hijo en su corazón. La ofrenda estaba realizada, y el Ángel podía detener el brazo del anciano patriarca en el momento justo, que estaba en el límite de la vida y la muerte. “Por la Fe Abraham presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas ofrecía a su unigénito, respecto del cual se le había dicho: por Isaac tendrás descendencia” (v.17-18). El autor sagrado de la carta a los Hebreos considera que Abraham albergaba el pensamiento de que “poderoso es DIOS para resucitar de entre los muertos” (v.19). En JESUCRISTO decimos con toda propiedad: esta es nuestra Fe.


