Dios no te pide palabras elocuentes…

¿Has sentido alguna vez que tus oraciones se pierden en el vacío? ¿Que hablas y hablas pero Dios guarda silencio? Quizás te has preguntado si vale la pena seguir rezando cuando nada cambia. A todos nos llega ese momento en el que el cansancio y la desesperanza intentan apagar la fe. Sin embargo, Jesús hoy te mira a los ojos y te dice, “no te rindas, ora siempre y sin desfallecer”. Cuando repites un acto con fe y convicción, fortaleces tu voluntad y tu esperanza. Del mismo modo, la oración constante modela tu corazón y te hace capaz de resistir el miedo, la duda y el desaliento.

Jesús en el Evangelio de hoy te presenta a una viuda pobre que no se cansa de pedir justicia a un juez que no teme a Dios ni respeta a los hombres. Él ignora la desprecia, pero ella no se rinde. Vuelve una y otra vez hasta que finalmente el juez, cansado de su insistencia, accede a ayudarla.

Entonces Jesús te dice, si un juez injusto termina escuchando por cansancio, ¿no escuchará a Dios que es justo y te ama, a quien clama a él día y noche? Esta parábola no habla de convencer a Dios, sino de transformarte a ti por medio de la insistencia y la perseverancia en la oración.

La viuda representa a quien no tiene poder, pero tiene fe. A quien no controla el resultado, pero no deja de insistir. La oración perseverante no cambia a Dios, te cambia a ti. Te enseña a esperar, a confiar, a mantener viva la fe, cuando todo parece perdido.

Hoy también tú te enfrentas a jueces injustos, problemas que no se resuelven, enfermedades que se alargan, puertas que no se abren, silencios que duelen. Y en medio de eso, la tentación más grande es rendirte, dejar de orar, dejar de creer, dejar de esperar, pero Jesús te invita a resistir desde dentro.

La oración es tu espacio de libertad. Cuando oras, no estás huyendo de la realidad, estás fortaleciéndote para enfrentarlo todo con fe. Piensa en aquella frase de Santa Teresa: “Orar es estar a solas y hablar de amor con quien sabemos nos ama”. Esa es la oración, no un ritual vacío, sino un encuentro. A veces será una súplica, otras una alabanza y a veces solo silencio, mirarlo y dejarte mirar.

Hoy el Señor te pide una decisión: Volver a orar con perseverancia. No pongas excusas, tienes tiempo para lo que amas. Empieza con diez minutos al día, deja el celular, apaga la pantalla y siéntate a solas con Dios. Cuéntale tus luchas, tus miedos, tus alegrías. Si no sabes qué decir, guarda silencio y déjalo mirarte, pero hazlo cada día.

Deja de tratar la oración como una obligación, conviértela en un refugio, en una necesidad. No esperes a tener paz para orar, ora para tener paz. Dios no te pide palabras elocuentes, te pide presencia fiel.

Esta semana proponte dos cosas sencillas. Haz un momento diario de oración personal, aunque sean solo diez minutos y ofrece cada día una breve oración por alguien que sufre o ha perdido la fe. Cuando Jesús vuelva, quiere encontrarte orando, no por costumbre, sino por amor. Que tu perseverancia sea tu testimonio.

“Señor Jesús, enséñame a orar, a insistir, a perseverar. Hazme comprender que la oración no es inútil ni va al vacío, sino que llega a ti, que eres un Padre amoroso que escucha y se ocupa de mí”.

Feliz Domingo. Dios te bendiga.

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