Dedicación de la Basílica de Letrán

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

En este domingo estamos celebrando la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. Como la Basílica está dedicada a Cristo Salvador se considera una fiesta del Señor, que tiene prioridad sobre el domingo XXXII del tiempo ordinario. Esta basílica es la Catedral de la Diócesis de Roma; allí se encuentra la sede episcopal del Obispo de Roma que es el Papa. Fue construida en el año 320 y dedicada, es decir, consagrada al culto el día 9 de noviembre del año 324 por el Papa Silvestre I.

Celebrar la Dedicación de un templo hace referencia, no a la construcción física, sino al sentido eclesial que ese templo tiene. Es celebrar la vida de la comunidad y el valor histórico que ella puede simbolizar y expresar exteriormente. Fue dedicada a Cristo Salvador, pero es más conocida como la Basílica de San Juan de Letrán. Es la madre y cabeza de todas las Iglesias de Roma y del mundo.

Se propone a nuestra reflexión este pasaje del Evangelio, desconcertante, por cierto. Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén para celebrar la Pascua. El Maestro ingresa al templo, el lugar propuesto desde antiguo en Israel, como espacio privilegiado donde se celebra la comunión y el encuentro entre Dios y el pueblo de sus preferencias. Pero en el tiempo de Jesús, el templo ya cumple otras funciones: el mercado, los sacrificios, las ofrendas, las alcancías, etc., y así cada vez se alejaba más del proyecto de Dios. Aquel espectáculo de venta de animales, bueyes, ovejas y palomas, que se ofrecían como sacrificio para agradar a Dios y ganar sus favores; los cambistas instalados haciendo su negocio con el cambio de moneda. La religión se había corrompido, los sacerdotes buscaban sacar ganancias con aquellas ventas y los peregrinos deseaban comprar a Dios con sus sacrificios. No pensemos que Jesús la emprende a latigazos contra las personas, sino con los animales; los animales eran los sustitutos de los sacrificios a Dios. Recordaría Jesús aquellas palabras del profeta: “Yo quiero misericordia y no sacrificios”. Lo vemos en el pasaje evangélico encolerizado. El término “expulsar” es sumamente sugerente, es el mismo usado en los relatos de exorcismo, pues el acto de Jesús buscó limpiar el recinto sagrado de un mal que lo habitaba. El acto de volcar las mesas es una orientación clara que nos llama a los creyentes a exorcizar la religión y construir el Reino de Dios. El rito vacío y transaccional de una relación con Dios externa y material, y el cristianismo individualista consagrado a enriquecerse con la fe, son las mesas que deben ser volcadas hoy en un nuevo acto profético y liberador. Construyamos hoy la casa de Dios, esa que sea consagrada a la práctica y la celebración de la solidaridad y la justicia, edifiquémosla con nuestro testimonio.

A Jesús lo vemos encolerizado, indignado, molesto, con látigo en mano y expulsando aquellos vendedores que se habían apoderado del atrio y del templo; quizá sus ojos despedían chispas de indignación y de ira. En medio de tanto ruido de personas y balidos de animales, no se da el silencio para escuchar a Dios. El templo se había convertido en lugar de sacrificios, de comercio, de trueques, y se fue diluyendo el significado de ser lugar de encuentro con la Divinidad. Los comerciantes, queriendo facilitar animales para los sacrificios, ofrecer monedas del templo para que la moneda pagana no manchara aquellas arcas, llegaron a convertir el lugar sagrado en espacio de comercio, de negocio, de abuso de los peregrinos; en lugar de ser facilitadores se convirtieron en obstáculos para la comunión con Dios.

Esa acción de Jesús, expulsarlos del templo, es una crítica directa a la religión; Dios no puede ser el protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. Aquello parecía un mercado

y así mientras que, en el entorno de la casa de Dios, se acumulaba la riqueza, en las aldeas cercanas crecía la miseria de sus hijos. No, Dios jamás legitimaría una religión así; el Dios de los pobres no podía reinar desde aquel templo.

Aquella acción decisiva de Jesús nos debe poner en guardia a todos sus seguidores, y nos obliga a preguntarnos y a cuestionarnos, qué tipo de religión estamos cultivando en nuestros templos. La crítica nos afecta primero a los consagrados, a los que estamos dentro del recinto de los templos. Nosotros, pastores, que estamos llamados a ser facilitadores del encuentro con Dios, quizá nos estamos convirtiendo en obstáculos para que las personas se acerquen a Él.

Aquellos sacrificios de animales realizados para intentar comprar a Dios, quizá han cambiado ahora por veladoras, ramos de flores, entrar en los templos de rodillas, etc. Pareciera que deseamos comerciar con Dios, le ofrecemos una dádiva para comprar su favor. Dios sigue queriendo amor en su Iglesia, que se instale el reino como Jesús lo predicó, que su proyecto se vaya realizando poco a poco.

Hermanos sacerdotes, no perdamos el sentido de nuestra Iglesia, y lo que Jesús quería con su proyecto. Estamos en un mundo marcado por el materialismo, donde todo se compra y todo se vende. No estamos exentos de esta influencia cultural, y esa actitud ha entrado a nuestra Iglesia y su forma de relacionarnos con Dios. No nos quedemos en tener templos que lucen por su belleza. ¡El templo vivo es el Pueblo de Dios! Es momento de vernos y ver nuestras comunidades y analizar: ¿cómo practicamos lo que decimos creer?

Parece una tendencia a tener templos bellos, templos rodeados de comercio, un comercio religioso, pero al fin es comercio. Una religión que poco a poco se va quedando en ritos, en prácticas externas y la vida diaria lejos de Dios. Es más fácil comprar un ramo de flores y llevarlo a algún santo, que comprar una despensa para algún hermano necesitado. Pareciera que Dios ve mejor sus flores… quizá seguimos sin conocer el proyecto que Jesús nos trajo… Jesús quiere liberar a los suyos y aprovecha este escenario para insistir en la necesidad de destruir el viejo templo y construir uno nuevo, que es Jesús mismo. Él es el único lugar del encuentro con Dios porque Él es el rostro visible del Padre, el sacramento del encuentro con Dios. Y Cristo nos convierte también a nosotros en templos del Espíritu: “¿Acaso no saben ustedes que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (ICor 3,16). ¡Entonces la comunidad eclesial es también nuevo templo de Dios! Tengamos cuidado hermanos, nosotros también en este tiempo, podemos ofrecer a Dios un culto vacío, vacío desde el corazón, aun cuando tengamos los templos más bellos del mundo. Jesús no está condenando el culto y la plegaria de una religión, sino que ésta se haya vaciado de contenido y después no tenga incidencia en la vida.

Dejémonos cuestionar por este mensaje del Señor, pensemos: ¿Cómo es nuestra relación con Dios?

¿Comercio con Él? ¿Trato de comprarlo con alguna dádiva?

En un mundo como el nuestro seguimos queriendo comprar a Dios y sus favores. Hago una invitación a todos los Agentes de Pastoral y a todos los creyentes para que hagamos un alto y reflexionemos: ¿Qué Iglesia estamos impulsando? ¿No nos estaremos quedando en una religión de ofrendas y ritos? Jesús sigue pidiendo amor en lugar de ofrendas y el amor se muestra en la caridad, hagamos de nuestra ofrenda un acto del amor que a diario vivimos, sólo así, como templos vivos de Dios, daremos oportunidad a los demás de que se encuentren con el Dios vivo y verdadero que nos salva.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan