¿Alguna vez te has sorprendido a ti mismo pensando, gracias Dios porque no soy como fulano? Tal vez no lo digas con esas palabras, pero sí cuando ves a alguien caer y te crees mejor. ¿No será que también tú y yo cargamos dentro un pequeño fariseo?
En el Evangelio de este domingo, Jesús propone el ejemplo de dos hombres que suben a orar al templo. El primero pertenece al grupo de los fariseos, conocidos en el pueblo judío porque se esforzaban en cumplir la ley de Dios, tanto que se volvían perfeccionistas y soberbios.
Es el caso de este hombre que su oración no es de alabanza a Dios, sino es un himno a su propia soberbia. Dice: “Te doy gracias porque no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros, y tampoco soy como ese publicano porque yo ayuno y pago mi diezmo”.
Mientras que el otro hombre, un pecador público, se humillaba ante el Señor diciendo: “Apiádate de mí, Señor, que soy un pecador. Se miraba a sí mismo sólo para ver la hondura de su miseria, de su pecado y suplicar la misericordia divina. Jesús concluye que el primer hombre, muy religioso pero lleno de soberbia, no se fue justificado. Mientras que el pecador, que se reconocía indigno del perdón de Dios, sí.
Jesús nos presenta hoy dos maneras de orar, la del fariseo que se justifica a sí mismo y la del publicano que, con el corazón roto, suplica misericordia. El primero no habla con Dios, se habla a sí mismo. El segundo, en cambio, no se atreve ni a levantar los ojos al cielo, pero su oración toca el corazón de Dios: “Ten compasión de mí, Señor, que soy un pecador”.
Y Jesús remata con una frase que nos sacude: “Quien se enaltece será humillado, dice, y el que se humilla será enaltecido”.
Vivimos en una cultura que premia la apariencia y el rendimiento. Nos comparamos, competimos y muchas veces escondemos nuestras debilidades para no parecer frágiles. Pero en el fondo, todos tenemos heridas, pecados, batallas.
El fariseo representa esa tentación de justificarte a ti mismo, de presentarte perfecto ante Dios, como si no necesitaras salvación. El publicano, en cambio, representa la verdad del alma que se reconoce necesitada de la gracia de Dios. Hoy Jesús te invita a dejar de aparentar, de juzgar, de compararte.
Te llama a mirar hacia adentro con verdad y a presentarte ante Él sin máscaras, como eres. Si te reconoces pecador y necesitas su misericordia, Él te justificará. Pero si te crees justo y superior, aunque rezes mucho, tu oración no subirá.
Esta semana te invito a hacer dos cosas. Cada noche reza como el publicano: “Señor, ten compasión de mí porque soy un pecador”.
Y segundo, cuando veas el pecado, la debilidad de otro, no lo juzgues, no lo condenes. Mejor ora por él. Al final, no te salvará tu perfección, sino la misericordia de Dios.
¡Feliz domingo! Dios te bendiga.


