Damos inicio con un nuevo año litúrgico, es ahora el ciclo A, y será el Evangelio de San Mateo el que nos irá guiando. En el Adviento el color litúrgico es el morado que significa preparación espiritual y penitencia. Nos preparamos para recibir la última venida de Jesús, y en el último domingo de Adviento nos prepararemos para celebrar su primera venida en la historia, celebraremos el nacimiento de Jesús.
Hace quince días el Evangelio nos situaba ante un Jesús rodeado de sus discípulos en el atrio del templo de Jerusalén y allí les dice que ese templo majestuoso será destruido, no quedará piedra sobre piedra. Hoy se encuentra Jesús en el Huerto de los Olivos, en la intimidad con sus Apóstoles. Les habla en el discurso escatológico, sobre el final de la historia y del mundo; sus Apóstoles le preguntan: ¿Cuándo va a suceder? ¿Qué señales habrá? Jesús les responde: “Velen y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor”. La curiosidad es un elemento importante en las personas; ese querer saber el momento por anticipado.
Lo central en el Evangelio es la invitación a la vigilancia; y para que les quede bien claro, Jesús compara esos tiempos con los tiempos de Noé, mientras las personas realizaban lo que hacían de manera cotidiana, y cuando menos lo esperaban, fueron inundadas por las aguas del diluvio. Jesús quiere remarcar la vigilancia; desea despertar a aquellas personas del adormilamiento en que viven y narra una pequeña parábola: “Si un padre supiera a qué hora va a venir el ladrón…” Jesús invita a sus oyentes a estar siempre preparados y nos sigue invitando a que vivamos alertas, despiertos, vigilantes, ya que no sabemos el momento de la venida de Jesús.
Hermanos, vivimos en tiempos donde la distracción a crecido como nunca, nos alejamos de la realidad, dejamos de preocuparnos por lo que sucede y comenzamos a ver como normal aquello que antes nos dolía y nos indignaba, por eso nunca como ahora, resuena con tanta fuerza y urgencia, la invitación de Jesús a velar y a estar preparados. Velar no significa simplemente no estar dormidos, hay quienes aún estando despiertos permanecen distraídos, ajenos a su entorno, indiferentes a lo que pasa a su alrededor. Por eso, velar es estar vigilantes, atentos a los cuatro puntos cardinales, como los vigías; observar lo que se acerca y también lo que aún está lejos, para distinguir los signos de los tiempos. Velar nos previene de los males que pueden llegar y nos prepara para acoger los bienes que están por venir. Estar preparados, según Mateo, implica tener lo necesario para una encomienda y al intentar cumplirla no dejarse vencer por la modorra, por el cansancio o por la desesperanza. De hecho, la sociedad actual nos cerca y nos atonta, nos entretiene y atiborra nuestra atención con la promesa de bienes superficiales y banales, quiere que nos distraigamos con espectáculos y celebridades mediocres y sin luz verdadera y salvadora. Adviento es tiempo de despertar, de volver a poner la mirada en el horizonte de nuestra esperanza: en el Señor que vino (en su venida histórica cuando “el Verbo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros”), el Señor que viene (en una continua venida en nuestra propia vida, especialmente en la Eucaristía) y el Señor que vendrá (en su venida final en la gloria plena y definitiva de su Reino).
Si no despertamos, si no vivimos vigilantes, nos puede suceder lo de aquellos de la parábola, que al final se extrañan y preguntan: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o extranjero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te asistimos?…” Hermanos, vivamos vigilantes. Todos sabemos que vivimos en una sociedad marcada por el materialismo; que nos presenta la felicidad entre oropeles y frivolidades; esta sociedad nos ha ido deshumanizando poco a poco; respondemos a los comerciales televisivos, a las modas implantadas por los medios electrónicos; hemos caído en un individualismo, en un buscar la felicidad o bienestar a bajo costo. Quizá los grandes empresarios han querido adormecernos y conducirnos a través de necesidades creadas por ellos mismos. Estamos cómodos con esta vida que sigue deshumanizándose, pero como cristianos debemos despertar y quizá la pregunta muy actual sea: ¿cómo despertar? o ¿qué nos está causando este adormilamiento? Es una buena oportunidad para que analicemos nuestro diario vivir al inicio de este tiempo de adviento, que analicemos nuestra vida.
Padres de familia, los invito para que vean el crecimiento de sus hijos, que analicen su educación y formación desde todos los ángulos; que revisen los libros y vean qué tipo de educación, por no decir adoctrinamiento, están recibiendo. Esto para no asustarnos el día de mañana al verlos actuar en la sociedad. Les hago una invitación a ustedes padres de familia para que se den cuenta en qué tiempo viven, es momento de despertar; nos quejamos del rumbo que lleva la sociedad, pero no vemos lo que estamos descuidando desde la familia; esto debe llevarnos a analizar qué es lo que debemos cambiar y a qué debemos dedicar más atención y más tiempo. No olviden que, es a ustedes padres de familia, y no al Estado, a quienes pertenece el derecho de elegir el tipo de educación para sus hijos.
Hermanos, es triste que el poder unido a los privilegios empaña la vista. Muchos de nuestros políticos cuando estaban abajo, veían la realidad y luchaban por un lugar para transformarla, pero el poder los adormeció; sólo son capaces de ver su propia realidad de progreso y creen que todos han prosperado como ellos; son capaces de crear una narrativa muy alejada de la realidad y la presentan como verdad, si alguien les dice lo contrario se convierte en enemigo y empiezan a desacreditarlo. Es tiempo de que nos demos cuenta de que el mal no está fuera, el mal se anida en nuestros corazones; que nos demos cuenta que los ojos se nublan cuando el corazón es atrapado por la superficialidad y por lo efímero; que las manos se quedan vacían cuando se empeñan en acumular. El corazón pesa cuando está lleno de banalidad.
Jesús nos sigue exhortando: “Estén vigilantes”; despierten de ese adormilamiento. Hermanos, vivamos despiertos en este mundo tan complicado. Velar o vigilar, no es sólo rezar o esperar en silencio, sino que es vivir con el corazón encendido, con la fe despierta y las manos activas.
Estamos iniciando el Adviento hermanos y si alguien ha perdido el ánimo por tanta injusticia que vivimos hoy, hay que recuperar ese ánimo, ya que un cristiano sin esperanza es como una habitación sin luz, como un cielo sin estrellas. El presente que vivimos necesita de rostros iluminados por la alegría de creer, porque más vale un cristiano contento que mil recomendaciones para que la gente se acerque al Señor Jesús. El Adviento nos ofrece cuatro maravillosas semanas para reorientar el corazón. Cada vela que encendamos en la corona del Adviento, será un recordatorio de la luz que Cristo quiere encender en nosotros. Cada lectura, cada canto, cada oración, será una invitación a dejar que su venida nos renueve.
Jesús llega y viene renovando la vida de quien se cruza por su camino. ¡Salgamos a su encuentro!
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


