¿Cuántas veces te has sentido indigno de Dios? Como si tus caídas te hubieran quitado el derecho a volver a su casa. Tal vez incluso has pensado: “He fallado tanto que ya no merezco su perdón”. Y sin embargo, el Evangelio de hoy te revela que Dios es un Padre distinto, un Padre que nunca deja de esperarte, que corre hacia ti cuando regresas arrepentido, que no te reprocha nada, sino que te devuelve la dignidad de Hijo.
El Evangelio de este domingo narra que Jesús es criticado porque convive con los pecadores. Para responder no da una justificación, sino que trata de convencer a partir de tres ejemplos. Nos fijaremos en el último, que es conocido como la parábola del hijo pródigo.
Más bien la podríamos llamar “parábola del hijo despilfarrador”. Se trata de dos hijos. El menor de ellos pide la herencia a su padre y se va a malgastar todos sus bienes hasta quedar en una situación denigrante de miseria.
El Evangelio nos dice que terminó siendo cuidador de cerdos. Si tomamos en cuenta que para los judíos el cerdo es el animal más asqueroso y el hijo trabaja para servir a los puercos, entonces entendemos que llegó a tocar fondo, no sólo porque perdió sus bienes, sino porque también perdió el honor y la dignidad. El muchacho recapacita y vuelve a su padre quien, lejos de rechazarlo, lo recibe lleno de amor y hace una gran fiesta por el hijo recuperado.
El ejemplo desconcierta mucho, por la forma de actuar del padre. No se enoja, no reprende al hijo descarriado, no le pide cuentas de su conducta, no toma represalias, sino que arrojándose a sus brazos lo llena de besos y le devuelve la dignidad de hijo que había perdido y manda hacer una gran fiesta. Jesús te quiere hacer comprender que así ama a Dios, con un amor incondicional que no entiendes y que te desconcierta.
Basta que, como el hijo despilfarrador, reconozcas que lejos de Dios tu vida es miserable, que te arrepientas de haberlo abandonado y que decidas volver a su casa, Él te perdona, te recibe sin reproches y se porta magnánimo contigo. Lo único que te pide el Señor es que reconozcas, por un lado, tu miseria, tu pecado, tu ingratitud y, por otra parte, que te experimentes necesitado de Él y tengas la confianza de volver a su casa porque sabes que serás perdonado y que te devolverá tu lugar de hijo. Nunca olvides que Dios es un Padre amoroso que no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva.
Pese a que tú te alejes y caigas en lo más profundo del pecado, Él no te olvida. Por el contrario, todos los días espera a que vuelvas a su casa para brindarte su perdón y colmarte de su amor y sus bienes y devolverte la dignidad de hijo de Dios.
“Señor Jesús, si me alejo, búscame. Si me pierdo, no me abandones. Si me olvido, no me dejes solo. Perdóname y ayúdame a volver siempre a tu casa para vivir como hijo y no dejar que el pecado me aparte de ti”.
¡Feliz domingo! ¡Dios te bendiga!


