Es notorio que la predicación y los milagros provocan que mucha gente busque a Jesús; seguramente la mayoría le sigue por los signos y milagros, otros por la novedad de su mensaje, por lo que dice, lo que hace y lo que da. Algunos sólo lo seguían por curiosidad o el mero interés de beneficiarse de sus obras. Él dándose cuenta de lo difícil que puede ser seguirlo, y encontrándose en medio de una multitud, desea dejarles claro que para seguirlo no basta un momento de entusiasmo, de emoción, se tiene que reflexionar para tomar una decisión, ya que su seguimiento implica enfrentar consecuencias. Así que pone dos ejemplos distintos, pero con la misma enseñanza, que es: la importancia de analizar, reflexionar, de hacer bien los cálculos antes de tomar esa decisión tan importante en la vida: “¿Quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla?” o “¿Qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil?”. Jesús quiere dejar claro que, la misión que quiere encomendar a los suyos, es tan importante que nadie debe comprometerse sin antes analizar, calcular, reflexionar en la decisión que tomará.
Los dos protagonistas de las parábolas, “se ponen a reflexionar”; reflexionar para saber lo que se quiere, hacia dónde se dirige y saber con lo que se cuenta. Ya que sería una grave irresponsabilidad ser discípulos de Jesús, que no saben lo que quieren, ni a dónde quieren llegar, ni con qué medios se cuenta.
Con Jesús no podemos entregarnos a medias, al elegirlo exige la renuncia a la familia. Recordemos que la lealtad a la familia y al pueblo de pertenencia era muy valorada; los vínculos familiares eran sagrados; por tanto, si alguien quería seguir a Jesús, significaba que estaba dispuesto a renunciar a los valores culturales y religiosos de su familia. Para seguir con Jesús, no basta caminar junto a Él, es necesario romper con el pasado. Jesús exige una elección bien pensada, ya que no promete triunfos, va camino a Jerusalén donde lo espera la cruz. Por eso, seguir a Jesús no es una decisión que pueda tomarse a la ligera en un momento de euforia o de emoción. Hace falta seriedad, inteligencia, capacidad de realizar un programa para toda la vida, disponibilidad para los reveces; aceptación de la cruz, porque un cristianismo sin cruz no existe, es decir, sin una entrega total y generosa por los demás. La cruz es un sufrimiento vinculado no a la existencia natural, sino al
hecho de ser y de actuar como cristiano. Querer seguirlo es querer vivirlo, hacer de Él nuestra manera de obrar. Quien quiera irse con Él ha de posponer sus seres queridos, sus posesiones e incluso a sí mismo. Pero cuando Jesús habla de posponer, no es olvidar ni abandonar, es dar a cada uno y a cada cosa su justo lugar. Él quiere ser el centro para poder dar luz a toda la casa. Así se ha manifestado Dios en la historia de la salvación, un Dios celoso de su pueblo, que no admite que en su lugar sean erigidos ídolos de falsedad.
Hermanos, la decisión que nos pide Jesús, excluye las medias tintas, las excusas cómodas, las estrategias a modo, porque lo que nos pide es una opción radical y permanente por Él, que ciertamente como ya dijimos, no excluye a los demás, pero sí los subordina a Él. Jesús debe ser siempre el primero en nuestra jerarquía de valores y en la entrega de nuestro corazón.
Todos los bautizados formamos la Iglesia y la Iglesia es una comunidad de seguidores de Jesús. Él nos invita a que hagamos una elección para seguirlo, que seamos conscientes de lo que nos exige. Ser cristiano en nuestro mundo es algo muy difícil, es apostar por los valores cristianos, es ir contracorriente ante la cultura actual, es hacer a un lado el relativismo, es hacer a un lado el opinar y pensar como los demás para no caer mal, o sentir que formo parte de una sociedad que se dice progresista.
Hermanos, estamos invitados a hacer un alto en nuestra vida, de ponernos a reflexionar en lo que deseamos, pero también en las condiciones internas y externas que pueden modificar lo que deseamos. En medio de tantas prisas, hagamos un alto para la reflexión y preguntémonos: ¿Estoy dispuesto a poner a Cristo por encima de todo? ¿Acepto que esta misión comprometerá toda mi vida? Hermanos, tendremos que dejar muchas cosas valiosas, pero es para alcanzar lo más valioso de todo, ¡Jesús!
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Feliz domingo para todos.


