No basta la inaudita, demencial y estrujante violencia que cada día viven millones para que, de nuevo, otra noticia nos sacuda, cada vez más perdiendo la capacidad de asombro y de indignación.
Y en esta ocasión se trata de un ‘crematorio’ al cual se le puso el indigno nombre de Plenitud.A las afueras de Ciudad Juárez, un predio como muchos en el lugar. Al 911 llegó la llamada reportando los pútridos olores que impregnaron el ambiente cuando las autoridades descubrieron que lo que sería un cadáver, conforme avanzaron las investigaciones, serían 383 cuerpos apilados, tratados y embalsamados, pero nunca cremados, ahí abandonados.
El crematorio, operado por José Luis A. C., el dueño, 24 años, y Facundo M. R, único empleado, no incineraba los cuerpos, entregando lo que semejaban cenizas a las familias administrando un negocio cuyo horno llevaba dos años sin funcionar. Aunque ambos responsables fueron detenidos y vinculados a proceso por acumulación y ocultamiento ilícito de cadáveres, exceso en el plazo legal para cremación y mala conservación de cuerpo e imponiéndoles la prisión preventiva, es sólo una pieza de la tremenda corrupción que, incluso, lucra con la muerte y el dolor.
No es nuevo, tampoco inusitado, este horrible hecho que nos deja ver cómo nuestra realidad está en una franca decadencia y descomposición. Este estado de guerra de baja intensidad ha colmado las morgues y servicios forenses de municipios y Estados desbordando al punto de que, sin saberlo, muchos hayamos pasado al lado de algún tráiler cuyo contenido nos haría palidecer.
Lo anterior sucedió en Guadalajara cuando el 15 de septiembre de 2018, se reportaron esos fétidos aromas comunes en rincones del país. Provenían de un tráiler que circuló por las avenidas de los municipios de la zona metropolitana y guardaba 322 cadáveres. La prohibición legal de incinerar cuerpos no identificados dejaba dos opciones: enterrarlos o mantenerlos en resguardo y ambas con costos para un sistema forense colapsado: criptas en los cementerios o cámaras frigoríficas en los servicios médicos forenses, gastos que nadie asumía hasta que alguien decidió usar un tráiler frigorífico para botar a esos cuerpos.
Responsables van y responsables vienen, todos se pasan la bolita y nadie cae, a menos de que sea un funcionario de bajo nivel quien sea el chivo expiatorio para eximir a los verdaderos culpables de una decadencia que nos envuelve y degrada.
Este horror de violencia y barbarie también nos ha alejado de lo sobrenatural y del significado sagrado del cuerpo humano que ha perdido la vida.
La doctrina católica es clara al respecto: “Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo”. (Catecismo de la Iglesia católica, No. 2300).
México no es sólo un país de fosas clandestinas, desaparecidos y asesinados; lo sucedido, de nuevo en Juárez, es una muestra de nuestra parquedad de memoria y de la tremenda indiferencia ante el dolor, insensibles a la corrupción y propiciando la mentira y el engaño, lucrando con el duelo y tratando la dignidad del cuerpo humano a un nivel más bajo que el de un animal. Este es el país del horror, ¿Hasta dónde nos seguiremos hundiendo?

